Las (no) ficciones de Catherine Lacey

La escritora estadounidense se estrena como novelista con «Nunca falta nadie», una historia oscura pero divertida

La escritora estadounidense se estrena como novelista con «Nunca falta nadie», una historia oscura pero divertida

Mientras intentaba hacerse un nombre como ensayista, Catherine Lacey comenzó a escribir historias sueltas, muy cortas, basadas en su viaje por Nueva Zelanda. Poco a poco, esa acumulación de pequeñas ficciones tomó la forma de una novela, “Nunca falta nadie”, publicada en España por Alfaguara. Su título en inglés, “Nobody is ever missing”, viene de una frase de la “Canción del sueño 29”, del poeta John Berryman, que introduce el libro y que Lacey confiesa que le obsesionaba en el momento de escribirlo. Así que su paso al mundo de la ficción fue un tanto azaroso y, aunque tiene casi lista una segunda novela –que se llamará “The Answers”, en inglés (“Las respuestas”) y saldrá en abril de 2017–, no pretende dejar de lado la escritura de no ficción. De hecho, ahora aplica a ella las lecciones de su faceta como novelista: “Escribir ficción es más parecido a una escenificación, es como actuar. Me permito perderme un poco en el proceso, mientras que al escribir ensayos soy más organizada. Ahora, estoy tratando de traer un poco de esa agilidad a mi escritura de no ficción”, explica, “Me doy cuenta de que antes no consideraba el ensayo una forma de arte”.

En “Nunca falta nadie”, las fronteras entre realidad y ficción se desdibujan en la mente de la narradora constantemente. El lector es absorbido por los pensamientos de Elyria, que ha dejado una vida cómoda y tranquila en Nueva York para viajar por Nueva Zelanda haciendo autostop. Ha dejado también a su marido, sin siquiera avisarle, y ahora viaja y piensa en su relación, en el suicidio de su hermana Ruby y en su madre alcohólica. En su vida neoyorquina, Elyria era escritora de telenovelas y ahora las recordará constantemente, haciendo comparaciones con la teatralidad de esas historias y la propia vida. En una escena en que hace como que entrevista a su hermana, dice que ésta le sigue el juego porque “ella también quería vivir una ficción, seguir el juego de roles”. Sin embargo, la autora admite que no planificó ese diálogo entre realidad y ficción a la hora de escribir, pero que “muchas veces las cosas toman forma al ser vistas en perspectiva. Quizá no entendemos realmente cómo está formado el mundo y por ello, a veces, no entendemos por qué somos como somos”, reflexiona.

Su novela, aunque atravesada por un hilo muy fino de humor, es más bien oscura. Daphne Merkin, de “The Newyorker”, la describe como una novela existencialista posmoderna. “No estudié literatura, así que no estoy muy segura a qué se refiere con eso. Tampoco me interesa saberlo”, dice Lacey. “De todos modos, no creo que nos hayamos alejado demasiado del existencialismo clásico; mucho de lo que se está haciendo hoy en día va por ahí”, apunta. Su personaje, en todo caso, sí que se pregunta por el sentido de la vida, por cómo se debe vivir y las exigencias sociales que conlleva una vida “normal”. El amor, el suicidio y la memoria –“muchas veces los recuerdos son creados por una mano y borrados por la otra”, reflexiona Elyria– también atraviesan sus cavilaciones. Muchas preguntas y ninguna respuesta. Así lo prefiere Lacey a la hora de leer y, por tanto, de narrar: “Cuando leo, no busco mensajes ni respuestas, sólo una voz que tome un tema y lo mastique, que me permita pensar en un mundo distinto. Si escribes honestamente, el resultado es en parte producto de lo que lees”.

“Nunca falta nadie” tuvo mucho éxito en el mundo anglosajón y ya se ha traducido a cuatro lenguas. La autora dice que desde su publicación ha tenido que contestar varias veces a la pregunta: “¿Qué tiene usted en común con su personaje?”. No le agrada que se asuma que, al tener una protagonista femenina y estar narrada en primera persona, la novela forzosamente debe estar basada en su propia vida. Probablemente también porque Elyria es una mujer que atraviesa una crisis realmente profunda. “A los escritores hombres nadie les hace esa pregunta”, dice, y luego lo piensa mejor: “Aunque es verdad que ahora les están dando duro. Hoy en día el escritor blanco y heterosexual tiene que trabajar el doble... que es lo que todos los demás hemos estado haciendo siempre”. Pero Lacey no quiere llevar la conversación a temas de género; de hecho, explica que lo que puede tener en común con su personaje es que se considera primero una persona y, luego, una mujer. “Se asume que los lectores de ambos géneros pueden identificarse con los personajes masculinos, pero no sucede lo mismo con los femeninos. La verdad es que el género de Elyria tiene poca importancia”, explica.