Cultura

Los españoles viven en casa

Casi tres décadas después de la caída del gobierno comunista húngaro en 1989, el escritor András Forgách descubre en unos documentos desclasificados que su madre fue colaboradora secreta de la Policía Estatal Húngara para la Protección del Estado. «Las minucias encierran una enorme significación», decían desde Moscú, y siguiendo esta máxima los húngaros, como el resto de los habitantes del eje soviético, eran espiados de forma delirante. Los informes se acumulaban refiriendo con detalle hechos sin importancia, pero que, aun así, requerían «informes de informes». La sorpresa de Forgách, que adoraba de forma muy especial a su bella madre, es fácil de imaginar, y también su mezcla de indignación y desconcierto cuando descubre que la Señora Pápai, nombre en clave de su madre, también informaba sobre sus propios hijos.

«El expediente de mi madre» es un libro de estructura compleja. El autor lo divide en tres partes. En la primera recupera su historia familiar, no solo la de su madre, también la de su padre, periodista y asimismo espía de quien tomó el nombre su esposa cuando enfermó con graves problemas psicológicos que desembocaron en Alzhéimer. Un matrimonio judío inusual, completamente en contra de su pueblo y del Estado de Israel que repetía con auténtica fe las máximas comunistas. El padre fue destinado a Londres con su familia gracias a su ingenio y a su dominio del inglés y desde allí siguió «informando» durante cuatro años.

Forgách reconstruye la historia familiar añadiendo a pie de página los largos informes de la policía y también los de su propia madre, que hablaba hebreo y húngaro y escribía en esta última lengua con muchos errores y de forma tan hilarante que la primera parte resulta a veces inevitablemente divertida a la vez que una muestra del reconocimiento de un hijo que quiere que su madre se exprese con su propia voz.

«Bruria y Marcell», el nombre real de sus padres, es el título de la segunda parte del libro. De forma poética, dejando fluir los sentimientos, el hijo cuenta la vida de sus padres, «comunistas convencidos las piedras angulares del sistema / El periodista y la enfermera», «Cómo iba yo a saber que mi padre era espía / Un espía de pacotilla pero espía al fin y al cabo mi padre / Y su nombre era Pápai».

Sentir orfandad

Y, por fin, la tercera parte, en la que Fórgacs toma la palabra para convertirse en protagonista y explicar lo que supone «la muerte de la propia madre», cómo desmantela todo lo compartido y desarraiga los momentos más íntimos, todas las vivencias de la infancia y los elementos que las acompañaban. Diez años después de su desaparición, había intentado poner orden en aquel caos pero no lo consiguió, y sigue haciéndolo ahora porque «no se puede no hablar de ella».

Un libro, en definitiva, de múltiples capas y registros, inteligente, conmovedor y muy crítico al describir una época y los daños que ocasionaron algunos testarudos dogmatismos. Como le pasó a su propio padre: «No fue la primera persona inteligente en volverse tonta por sus creencias».