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Memoria de un fugitivo

El año pasado se publicaba, con merecida repercusión, «Cárceles y exilios», volumen memorialístico de Nicolás Sánchez-Albornoz centrado en los avatares políticos y aventureros deparados por su visceral antifranquismo, incluyendo, por supuesto, su ya legendaria fuga de la colonia penitenciaria de Cuelgamuros, en El Valle de los Caídos, junto a su camarada Manuel Lamana (Madrid, 1922 –Buenos Aires, 1996). Ahora es de éste de quien podemos leer «Diario a dos voces», un singular texto rememorativo que remite a los meses de febrero a abril de 1939 y a las incidencias de la huida republicana hacia Francia, los primeros y duros días tras la frontera, la pesadumbre de la derrota y una cierta esperanza en la propia sobrevivencia.

La singularidad de este material que, en su conjunto, constituye una auténtica novela, radica en un doble protagonismo autorial; por un lado, aunque combinándose, las vivencias de José Luis Lamana, padre de Manuel , en sus primeros pasos hacia el exilio; y, por otro, las de su hijo, entonces adolescente, también transterrado junto a su madre y hermanos; ambas voces separadas por las vicisitudes de esa dramática diáspora. A finales de 1952, ya muerto el padre, le llega a Manuel el manuscrito de sus diarios y tendrá una original iniciativa: escribir, reconstruyéndola en la memoria, la crónica paralela de esos meses, según recuerda haberlos vivido. El resultado es espectacular; a la minuciosidad descriptiva del clima, la intendencia o las penalidades de un ya mítico campo de refugiados como Argèles-sur-Mer, se encara la reminiscencia más reflexiva, ponderada y generalista, no menos conmovedora, de quien, como Manuel, desde su escritura en 1985, afronta todo un ejercicio de implicación ética, compromiso civil y simbólico reencuentro paterno-filial.

Este libro supone también una meditación ensayística sobre el destierro como nefasta quiebra de la convivencia nacional; así se explica la aparición aquí, episódica aunque no banal, de ese judío de origen español, sefardí por lo tanto, víctima heredera de otros seculares exilios. Estas «dos voces» contrapuntean la experiencia íntima con la conciencia colectiva de un país escindido. Un breve pero útil material fotográfico y el esclarecedor prólogo de Manuel Rivas completan la sorprendente excepcionalidad de esta inolvidable, singularísima obra.