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Literatura
Alfredo Bryce Echenique: pérdidas, nostalgias y melancolías
El escritor, que ha fallecido a los 87 años, deja una obra de estilo característico

En un cuento de «La esposa del Rey de las curvas» (2010), Alfredo Bryce Echenique calificaba la vida como «chata y angustiosa, y, a la vez sumamente aburrida, muy a menudo, y, para colmo de males, sin un desenlace conocido». Y, sin embargo, el desenlace previsto ya estaba en el horizonte, ya se asomó en su despedida, siquiera de la literatura, por medio del tercer tomo de sus «Antimemorias» -palabra tomada de las «Antimémoires», de 1967, de su admirado André Malraux- en 2021, que llevó por título «Permiso para retirarme» (tras «Permiso para vivir» y «Permiso para sentir»). Cada renglón de su obra exhalaba melancolía y humor, inseguridad y patetismo, ternura y absurdo. Aquel tercer volumen autobiográfico, tendente a una imaginación y a unos sentimientos que eran más reales que los datos históricos, se componía de «retazos y momentos de una vida dedicada a la literatura, la amistad y el amor».
Era el adiós literario después de más de cinco décadas que tuvo un debut muy especial y que aún podía rastrearse en los años noventa si uno entraba en alguna librería de La Habana. Así, en 1968 publicaba en la isla caribeña la colección de cuentos «Huerto cerrado», que había recibido un reconocimiento en el premio Casa de las Américas. En él, por supuesto, ya estaban anclados los elementos que iban a caracterizar su narrativa: un protagonista, en este caso el joven Manolo, enfrentado al paso de la niñez a la adolescencia, como extenderá a su obra más celebrada, «Un mundo para Julius». Y, sobre todo, siempre un trasfondo de pérdida, de nostalgia, de tristeza suave, por cualquier causa: un desamor, un alejamiento, una sensación de existencia fracasada, la incomodidad de sentirse ajeno a la vida limeña… Por algo dijo que Lima se amaba más desde España que desde Perú.
Si tuviéramos que encapsular a Bryce Echenique en alguna generación, sería la de los narradores del llamado «post-boom», en la línea de José Emilio Pacheco, Luis Rafael Sánchez, Antonio Skármeta, Eduardo Galeano o Ricardo Piglia. Pero, en realidad, tenía más similitudes con su compatriota Mario Vargas Llosa: una misma relación de amor-odio con Perú, un traslado a París, en su caso en la década de los sesenta, con el propósito de ser escritor, o su vínculo barcelonés, en especial con la agencia literaria Carmen Ballcels. De hecho, en la editorial Anagrama están disponibles la mayoría de sus títulos, entre ellos, el que considero más entrañable, por así decirlo, de toda su ficción: «Tantas veces Pedro», que tuvo una primera edición en España en Plaza & Janés en 1977.
Es en esta deliciosa novela donde quizá se nota más su cariño por España, más en concreto por la isla de Menorca. Bryce se instaló en el pueblo de Fornells, en efecto, para retirarse -en esa ocasión del mundanal ruido-, y acabó haciendo el relato más divertido y original de toda su trayectoria. El Pedro (de apellido Balbuena) del título, como en casi todas sus creaciones, era un tipo que iba de un lado a otro, viviendo diferentes obsesiones (especialmente de tipo amatorio en la figura de Sophie, de la que se prendaba por una fotografía) y mezclando en todo ello la realidad con sus propios apuntes literarios. Porque el protagonista era, cómo no, un escritor peruano con flaquezas de tipo neurótico, muy enamoradizo y sarcástico que buscaba, al modo platónico, un objetivo de amor para atravesar el mundo. Pero, por más que transitaba por California, Francia o Italia, y se encontraba con diferentes mujeres, ese «primer amor» ficticio era inalcanzable. Y la vida se reducía, al fin, a pérdida, nostalgia, melancolía.
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