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Obituario
Raúl del Pozo, el último tahúr
Nos ha dejado el maestro en adoquinar artículos, un acuchillador de metáforas, un aserrador de verbos, un desmitificador de iconos y un crupier de adjetivos que repartía palabras como cartas

El maestro colgó su teléfono de baquelita, como hacía cada viernes al despedirse de Carlos Alsina en 'Más de uno...', pero esta vez ha resultado ser siempre. Ese gesto cotidiano y festivo para la audiencia de Onda Cero -el auricular regresando a su horquilla y la línea apagándose de forma abrupta- resuena hoy como el punto final de una voz irrepetible del periodismo español. En las redacciones aún sobreviven supersticiones de nuestros antecesores, pequeños mitos que circulan como si fueran leyes. Uno de ellos sostiene que las muertes de las figuras conocidas llegan de tres en tres: la llamada «regla del tres». Me niego a creer en esas aritméticas del destino. Pero lo cierto es que acabamos de despedir a Fernando Ónega, a Antonio Lobo Antunes y ahora también se ha ido Raúl del Pozo. Una contabilidad macabra, mitad aprensión, mitad memoria, que confiemos en que termine aquí por mucho tiempo.
Con la marcha de Raúl del Pozo, tan inmenso que contenía multitudes, desaparece una de las voces más singulares del periodismo español de las últimas décadas. Fue un maestro en adoquinar artículos, un acuchillador de metáforas, un aserrador de verbos, un desmitificador de iconos y un crupier de adjetivos que repartía palabras como cartas sobre el tapete verde del idioma. Tenía en el rostro las arrugas inevitables que deja el paso del tiempo, pero dentro conservaba intacta la mocedad del oficio, esa juventud que solo atesoran quienes siguen creyendo que cada columna es una apuesta diaria contra la banalidad porque, como diría Bertolt Brecht, «lo malo es quedarse quieto cuando no van contra ti». En él convivían muchas gentes: el escritor y el reportero, el observador de la calle y el jugador de sinestesias, el cronista político y el narrador que sabía que la realidad siempre tiene algo de novela... Y también el truhan, el disfrutón, el seductor de vidas y palabras.
Nacido en 1936 en Mariana, una pequeña aldea de la serranía de Cuenca, en los años duros de la Guerra Civil se curtió en ásperas geografías y montes silenciosos que lo acompañarían como una patria interior. Aunque pasó gran parte de su vida en Madrid, nunca dejó de ser, como dijo tantas veces, un conquense madrileño. De su patria chica heredó la mirada limpia del que observa el mundo con curiosidad y cierta distancia. Antes de dedicarse a las teclas y las columnas fue maestro de escuela en un pequeño pueblo, y esa circunstancia aclara una de sus virtudes más reconocidas: la generosidad con los jóvenes. Tenía la costumbre de llamar «maestro» a los periodistas que empezaban. No lo hacía como un elogio vacío, sino como una invitación a aspirar a lo más alto del oficio, recordando que en los antiguos gremios ese era el título reservado a quienes dominaban un arte. Probablemente, con el tiempo, esa actitud terminaría convirtiéndolo en un periodista de consenso.
Su escritura sin descanso
Su vocación por la escritura comenzó pronto. En su tierra natal publicó en medios locales como el semanario 'Ofensiva' y en revistas estudiantiles, donde descubrió el mundo de las imprentas, el ruido metálico de las linotipias y el olor de las páginas recién salidas del taller. Allí se volvió adicto a contar la vida, como él mismo recordaría después. Pero el verdadero salto llegó cuando se trasladó a Madrid y entró en la redacción del legendario diario 'Pueblo' -que se componía tanto ante las máquinas como en la famosa whiskería-. Aquella redacción se convirtió en un territorio mítico del periodismo español: un lugar de reporteros temerarios, de noches largas, de vasos que al chocar perdían licor, de disputas políticas y de apuestas de póker. Un barco pirata donde convivían algunos de los periodistas que más tarde marcarían la Transición. Allí aprendió el oficio en su forma más pura: salir a la calle, escuchar, preguntar, volver a la redacción y escribir. Escribir sin descanso.
Raúl del Pozo nunca dejó de sentirse reportero. Incluso cuando se convirtió en uno de los grandes columnistas del país seguía entendiendo el género como una forma breve de reportaje: sencillamente, un reportaje de quinientas palabras. Ese concepto explica bien su estilo: una escritura que mezclaba observación directa, intuición política y un lenguaje preñado de imágenes insospechadas. Su firma pasó por algunos de los medios más influyentes de la España contemporánea. Escribió en 'Mundo Obrero', 'La Calle', 'Interviú', 'El Independiente', 'Diario 16' y en la revista 'Tiempo'. Pero su nombre quedó definitivamente asociado al diario 'El Mundo', donde durante décadas firmó una de las columnas más personales y reconocibles de la prensa española… Unas páginas que no fingían emociones porque las invocaban, pues quien estaba al otro lado del teclado era poeta antes que otra cosa.
Desde esa tribuna construyó un género propio. Sus artículos eran piezas literarias donde convivían la política, la noche madrileña, los escritores, los toreros, los empresarios, los camareros del Café Gijón o los personajes anónimos que circulaban por las lindes del poder. En sus textos podían aparecer ministros y buscavidas, vates y banqueros, conspiraciones parlamentarias y recuerdos de tugurios desaparecidos. Tenía el extraño talento de convertir cualquier detalle en nudo gordiano. Sus columnas eran pequeñas escenas de una España que cambiaba minuto a minuto, retratada con ironía, con mucha melancolía y con una prosa llena de telares perfectamente entretejidos.
El gran viajero del periodismo
Amén de columnista, fue también un gran viajero del periodismo. Ejerció como corresponsal y enviado especial en distintos lugares del mundo. Estuvo en Moscú antes de la perestroika, en Londres, en Roma, en Lisboa durante la Revolución de los Claveles, en Buenos Aires y en otros escenarios donde la historia se abría paso a zarpazos. También fue testigo de momentos cruciales del siglo XX, desde el lanzamiento de misiones espaciales en Cabo Cañaveral hasta los regateos políticos que transformaron Europa. Su vida coincidió con una época viva de la historia española y supo contarla con una mirada íntima y personal, mezcla de sal, vinagre, curiosidad, ironía, belleza, épica y poesía, sin dejarse nunca ningún pelo en la gatera.
La literatura siempre caminó como un ave sobre su hombro. No se limitó a contar el día a día y cultivó la novela con títulos que revelan su interés por los ambientes nocturnos, los personajes ambiguos y las historias cargadas de tensión. Entre sus obras destacan 'Noche de tahúres' (Almuzara), una novela que recrea el mundo oscuro de los jugadores y las timbas; 'La rana mágica'; 'Los reyes de la ciudad'; 'Una derecha sin héroes'; 'Cautivos de la Moncloa' y 'El reclamo', novela con la que obtuvo el prestigioso Premio Primavera. También dejó recopilaciones de artículos y libros que reunían lo mejor de su producción periodística, como El último pistolero. Su primera incursión narrativa había llegado muchos años antes con la novela corta 'Hay gorriones en la tumba de Judas', escrita cuando todavía buscaba su lugar en el oficio.
Su carrera también tuvo tiempo para los reconocimientos, como atestiguan los numerosos premios y distinciones recibidos. Entre ellos destaca el Premio González-Ruano de Periodismo, uno de los galardones más prestigiosos de la prensa española. También recibió la Medalla de Honor de la ciudad de Madrid, un reconocimiento a su condición de cronista apasionado de la capital, ciudad que retrató durante décadas con una mezcla de cariño, ironía y fascinación. Madrid fue para él un escenario inagotable: sus cafés, sus tertulias, sus conspiraciones políticas y sus noches interminables alimentaron muchas de sus páginas.
Quienes lo conocieron recuerdan a un hombre cordial, irónico, supersticioso y profundamente fiel a la amistad. Era capaz de sentarse en una mesa con periodistas jóvenes y tratarlos con el mismo respeto que a viejas glorias de redacción. Su curiosidad era inagotable. Seguía llamando por teléfono para contrastar datos, leyendo con ansiedad y escrutando el mundo con el mismo interés que cuando empezaba. Antes de escribir tenía un pequeño ritual: crujirse los dedos, como si afinara las herramientas antes de entrar en combate con la página en blanco.
Un cambio radical
Fue también testigo del cambio radical que sufrió la profesión de plumilla en las últimas décadas. Vio desaparecer las redacciones ruidosas de los periódicos de papel y transformarse en espacios silenciosos dominados por pantallas. Observó el nacimiento de internet, las redes sociales y la IA. Pero nunca renunció a su idea primigenia de la faena: un periodismo que solo -¡solo!- consiste en salir a la calle, escuchar y contar lo visto y oído. Esa convicción, tan antigua como el propio oficio, fue la columna vertebral de toda su carrera.
Por eso su figura representa también el final de una generación de periodistas que entendieron el oficio como una manera de estar en el mundo. De parecerse solo a sí mismos. Aquellos que escribían con urgencia, discutían con pasión y creían que la palabra era un "tomahawk" contra la realidad. Raúl del Pozo pertenecía a esa raza de columnistas que entendían el periódico como una comarca literaria donde la actualidad se mezclaba con la memoria, la política con la vida y la noticia con la parábola.
El teléfono de baquelita del maestro ya no volverá a sonar. Allí donde pisaron sus zapatos quedará el eco de su voz porque, como escribió Bécquer, «hay voces que podrán no volver, pero nunca se olvidan». La gente como él nunca desaparece del todo: permanece en las frases que dejó escritas y en la memoria de quienes aprendieron a leer la realidad a través de su mirada.
Se dice que el alma de los muertos debe cruzar la laguna Estigia en la barca de Caronte y que, para hacerlo, se precisa de un óbolo colocado bajo la lengua como pago al barquero. Confío en que Raúl lleve esa moneda bien guardada para el viaje porque, si alguien supo pagar el precio de cualquier aventura, fue él. Me gusta imaginar que, en la otra orilla -donde tal vez haya una redacción impensable y otra noche interminable de conversación y literatura-, el viejo reportero ya estará tomando notas, dispuesto a contar también esa historia que siempre parece la penúltima y que, de algún modo, siempre huele a imprenta.
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