Literatura

Muere el escritor Alfredo Bryce Echenique

El escritor, autor de «Un mundo para Julius», ha fallecido a los 87 años

No fue parte del «boom» de la literatura latinoamericana de la década del sesenta. Aunque fue, como llamó José Donoso a los escritores posteriores a la generación de Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa, un miembro del «boom junior». Una etiqueta que en un escritor como Alfredo Bryce Echenique, que siempre se sintió un desarraigado, un hombre solitario y un poco apartado del mundo, no agrega ni quita nada. Porque si hay algo que distinguió a Bryce Echenique del resto de los escritores latinoamericanos de su tiempo es el hecho de Bryce Echenique siempre siguió su propio camino, un camino que lo mantuvo lejos de las modas y de los grupos y que hizo de él un escritor personal.

Nacido en Lima en 1939, en el seno de una familia perteneciente a la oligarquía (su bisabuelo fue presidente del Perú) Alfredo Bryce Echenique estaba destinado a ser, como lo habían sido sus antepasados, un rico banquero. Su abuelo materno y su padre lo habían sido. Él, en cambio, optó por la abogacía, aunque escondía una vocación secreta: la de ser escritor. Así y todo, se inscribió en Derecho, pero una vez terminada la carrera le entregó el título a su padre (al fin y al cabo había estudiado Derecho para complacerlo) le dijo adiós a la abogacía y al Perú y se marchó a Francia con una beca para estudiar Literatura en la Sorbona. Bryce tenía entonces veintiún años y su mundo, el mundo de Bryce, acababa de empezar.

Por los caminos de Europa

Un año después, cuando intentó, sin lograrlo, que le renovaran la beca, vendió el billete de regreso a Lima y decidió quedarse en Europa. Viajó por Francia, por Grecia, por Alemania, por Italia y, mientras tanto, fue escribiendo sus primeros cuentos, reunidos bajo el título de «El camino es así» y que terminó perdiendo en algunos de los tantos trenes que tomó en aquel entonces. No se desanimó, sin embargo. Ya instalado en París, donde se ganaba la vida como profesor de lengua española en un colegio, escribió de nuevo todos los cuentos y, sorpresivamente, se encontró con una voz distinta, con un estilo diferente, tan oral y tan repleto de digresiones, y descubrió que esa voz, ese tono, era suyo.

«Hay un momento, me imagino, en la vida de un escritor, en que buscando un estilo, una manera de escribir, un momento, epifánico o de revelaciones, en que finalmente se descubre el tono en que se había querido escribir», recordó Bryce sobre la escritura de aquellos cuentos, impulsado, en todo caso, por la lectura de Cortázar, cuya obra le ayudó a escribir a su manera, a soltarse del sujeto, verbo y predicado y a escribir de un tirón, por ejemplo, textos como «Con Jimmy en Paracas», que terminó incorporado a su primer libro: «Huerto cerrado», publicado en 1968.

Por entonces, (su padre había muerto poco antes de que publicara el libro) Bryce ya era un profesor en La Sorbona que, en sus tiempos libres, se dedicaba a la vida boehmia y a escribir con una disciplina de hierro. Siguiendo escribiendo cuentos, textos cortos, hasta que uno de esos textos cortos superó las seiscientas páginas y terminó siendo una novela, «Un mundo para Julius», donde Bryce retrataba, en un tono conmovedor y evocador, la vida de un niño que crece en una familia de la clase alta de Lima. Un mundo, el de Julius, que se parecía tanto al mundo que había vivido Bryce y que, para Bryce, era un mundo perdido.

«Lo que me interesa a mí, y esto lo he aprendido de Hemingway, es la buena conducta ante toda situación -explicaba Bryce-. Salir de toda situación limpio. Otra cosa muy importante es la nostalgia que uno siente. De un mundo perdido, de un mundo irrecuperable. A ese nivel mi vida es profundamente solitaria, me siento profundamente solo.»

Triste y sentimental

En 1972, cuando «Un mundo para Julius», dos años después de su publicación, recibió el Premio Nacional de Literatura del Perú, el «boom» empezaba a ser un recuerdo, con lo cual era un poco tarde para que Bryce ingresara en él. Llevado siempre por afectos privados, por intuiciones literarias, en sus libros comenzó entonces a interesarse por el mundo que conocía, ese mundo en un tiempo perdido pero que, a través de la ficción, era un tiempo recuperado: el mundo de la alta sociedad limeña. Así nacieron esas historias llenas de humor y de melancolía, de tristeza y de amor, sobre la iniciación a la vida que integran libros como «Magdalena peruana y otros cuentos», «A vuelo de buen cubero» y «Tantas veces Pedro».

«Yo soy intuitivo. No hablo de romanticismo, de “inspiración”, de que a las tres de la mañana me viene la inspiración: eso no existe, es mentira. Yo leo mucha teoría literaria –al fin y al cabo soy profesor de literatura- pero procuro olvidarla cuando escribo. Inconscientemente me sirvo de ella, pero procuro dejarla de lado para que triunfe el lado visceral de la novela.»

Lejos ya del punto de partida, lejos del mundo ya perdido de la clase alta peruana, Bryce asumió con profundo placer la categoría de ser un pobre diablo en Europa y se convirtió en algo así como «un aristócrata decadente, podrido y arruinado» pero con la ventaja de poder juntarse con quien le diera gana, guiado más bien por la intuición y por el afecto que por las relaciones sociales, de clase, altamente superficiales.

Además de profesor en la Sorbona, también fue profesor en las universidades de Nanterre, de Vincennes y de Montpellier, un mundo (el de los intelectuales latinoamericanos en Europa) que después trasladó al díptico novelesco «Cuadernos de navegación en un sillón Voltaire», compuesto por «La vida exagerada de Martín Romaña» y «El hombre que hablaba de Octavia de Cadiz». Dos novelas en las que si bien los temas ya no se refieren a la vida de la clase alta de Lima, mantienen el tono y la oralidad y la prosa sentimental tan característica de Bryce. «Yo creo que hay un mecanismo mágico, aunque no creo que haya magia en lo que yo escribo, pero en la concepción de eso, lo tonal es muy importante, muy importante, pero yo no me he planteado esas teorías sobre mis libros -dijo-. Para mí ha sido contar y nada más».

Treinta libros treinta

En 1985 dejó Francia y se radicó en España. Vivió alternativamente entre Barcelona y Madrid, volvió esporádicamente a París y a Lima y en 1997 decidió cerrar su etapa europea y regresó a Perú. Dedicado a revisitar su vida y a reecontrarse con sus afectos, especialmente con el personal de servicio, la servidumbre que lo había criado, escribió las novela «Reo de nocturnidad» y «La amigdalitis de Tarzán» y los cuentos de «Guía triste de París». También se alzón con el Premio Planeta de Novela en 2002 con «El huerto de mi amada».

El amor, la soledad, la enfermedad y la felicidad han sido, según sus críticos, los temas principales de su obra, algo que Bryce Echenique, en los ensayos recogidos en «Entre la soledad y el amor», afirma que esos cuatro temas pretenden ser, más que nada, propias palabras, «una meditación cuando menos honda sobre el núcleo ardiente de mis libros, pero también sobre lo que yo considero cuatro experiencias fundamentales de todo ser humano».

Después de una corta temporada en Europa a mediados de la década del dos mil, donde terminó la segunda parte de sus antimemorias, «Permiso para sentir» (la primera, «Permiso para vivir», había sido publicada en 1993), regresó definitivamente al Perú. Su idea siempre había sido publicar treinta libros. En vida, al menos, casi li consigue. Hace unos meses salió a la venta su libro número veintinueve: el tercer tomo de sus antimemorias: «Permiso para retirarme». Aunque todo indica que el sueño de Bryce, en breve, se hará realidad. Su trigésimo libro, que incluye su correspondencia, está en proceso de edición.

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