Los Dardenne: misma receta, menos sabor

Cannes afronta una jornada «social» con «La fille inconnue» de los hermanos belgas y la Manila sucia de Brillante Mendoza.

Cannes afronta una jornada «social» con «La fille inconnue» de los hermanos belgas y la Manila sucia de Brillante Mendoza.

Hay tantas maneras de comprometerse con la realidad como cineastas con los pies en la tierra. Ayer, en Cannes, competían, sin ir más lejos, dos métodos diametralmente opuestos de acometer ese compromiso. Por un lado, el de los hermanos Dardenne, que, en «La fille inconnue», utilizan el drama de una joven doctora de un barrio de los suburbios de Seraing para, como admitieron en la rueda de prensa, recordar la falta de responsabilidad colectiva de Europa respecto a la situación de los inmigrantes. Por otro, el de Brillante Mendoza, que, en «Ma’Rosa», pasea su cámara digital por los barrios más pobres de Manila para reivindicar la solidaridad familiar como origen de la supervivencia de las clases desfavorecidas.

Jenny (Adèle Haenel) no abre la puerta de su consulta cuando, una hora más tarde del cierre, suena el timbre. Al día siguiente, la Policía le informa de que el cadáver de la mujer a la que desatendió, de origen africano, ha sido hallado en las inmediaciones. Como en otras películas de los Dardenne, la culpa desata la búsqueda de la redención, y esa búsqueda, a su vez, pone de manifiesto una red de culpabilidades ocultas de las que nadie quiere hacerse responsable. Jenny, cual Sherlock Holmes «amateur», iniciará una investigación para poner nombre a esa mujer, para restituir su dignidad a la vez que cumple con su deber moral.

En «La fille inconnue», Jean-Pierre y Luc Dardenne vuelven a pisar terreno conocido. Como en la mayor parte de su obra («Rosetta», «El silencio de Lorna», «El niño de la bicicleta», «Dos días, una noche») la mujer, a la que consideran «el futuro de la sociedad», encarna la idea de una ética insobornable. «Se sienten responsables, libres y hacen avanzar la sociedad», admitió Luc. No necesitamos saber nada de Jenny para entender su obsesión por hacer justicia. Desterrar lo superfluo y utilizar la repetición para que emerja la verdad del mundo siguen siendo dos puntos clave en el método de los Dardenne. El problema es que, en este caso, la fórmula magistral abusa de situaciones un tanto forzadas, que brotan del relato con menos fluidez de la habitual, como dando la impresión de que los grandes cineastas belgas, galardonados en dos ocasiones con la Palma de Oro, se están durmiendo en los laureles.

Algo parecido le ocurre, salvando las largas distancias, a Brillante Mendoza, que ha encontrado en lo que podríamos llamar una sucia poética del miserabilismo una manera tan eficaz como poco sutil de convertirse en director festivalero retratando las enfermedades sociales de Filipinas. En su favor hay que admitir que su postneorrealismo digital, repelente a las buenas prácticas de la puesta en escena, consigue que la ciudad de Manila respire, huela (mal), convulsione ante nuestros ojos.

Otra cosa es lo que cuenta «Ma’Rosa». Una madre coraje y su marido yonqui, propietarios de una tienda de alimentación 24 horas y traficantes de droga al por menor, son arrestados por un grupo de policías corruptos que les exigen una elevada cantidad de dinero a cambio de no ir a la cárcel. La primera parte de la película está centrada en esa denuncia social que Mendoza, a lo «Kinatay», le lanza a la cara al espectador. Lo más curioso es que la urgencia del drama en un contexto en el que la separación entre lo público y lo privado es inexistente, y el chantaje, la traición y la delación están a la orden del día, es más bien flácida y pierde su capacidad de conmovernos.