Los oscar dispararán sobre seguro

En medio de la polémica con los afroamericanos y la sorprendente marginación del drama lésbico «Carol», numerosas pistas apuntan hacia «El renacido» como favorito frente a «Mad Max»

En 1940, cuando Hattie MacDaniel ganó el Oscar a la mejor actriz secundaria por «Lo que el viento se llevó», la sentaron aparte en una mesa para dos. Era la primera vez que se lo llevaba una actriz de color, pero la victoria era simbólica, comparada con los persistentes efectos de la segregación. Setenta y seis años después, mañana la ceremonia de los Oscar estará marcada a fuego por el boicot de unas cuantas estrellas y cineastas afroamericanos, entre los que se encuentran nombres tan conocidos como Will Smith o Spike Lee, que quieren protestar contra la ausencia de nominados de raza negra por segundo año consecutivo. Clama al cielo, dicen, que Michael B. Jordan y Ryan Coogler, protagonista y director de «Creed», no estén en la terna final; o que «Straight Outta Compton» haya sido relegada a la categoría de mejor guión original, sobre todo porque sus guionistas son, adivinen, blancos; o que, gran metida de pata, Idris Elba no esté nominado por su excelente trabajo en «Beasts From No Nation». Son ausencias más o menos graves, pero ¿no es más flagrante que una de las mejores películas del año, «Carol», no figure como candidata a mejor película y mejor director porque retrata una relación lésbica sin condenarla al ostracismo, celebrando su honestidad ante la represión moral del sistema?

Lo dice Spike Lee en una entrevista para el «Village Voice». El camino hacia la diversidad no empieza en la Academia sino en los despachos de los ejecutivos de los estudios y las cadenas de televisión. «Somos los camareros que atienden la mesa», lamenta Lee. «Y hay una gran diferencia entre servir la comida y comérsela». Cabría preguntarse entonces por qué el colectivo gay no ha levantado el hacha de guerra acusando a la Academia de homofobia por no haber hecho justicia con «Carol» (al menos «Brokeback Mountain» fue nominada, aunque perdió ante la lamentable «Crash», de Paul Haggis). ¿Demasiadas polémicas para una sola edición? Si aplicamos los argumentos sobre la diversidad que ha esgrimido la plataforma #OscarsSoWhite, está claro que podrían servir para reivindicar la presencia de otras minorías en las candidaturas. Lo que está claro es que el «pink power» de Hollywood no tiene ganas de visibilizarse en un contexto, el de la industria del entretenimiento, que aún convierte en noticia sensacionalista el «outing» de sus miembros. En ese sentido, los afroamericanos llevan ventaja: recordemos que la presidenta de la Academia, Cheryl Boone Isaacs, es de raza negra; que el cómico Chris Rock volverá a presentar la gala; y que, más tarde o más temprano, Hollywood tendrá que rendirse a la evidencia de que, en el 2043, está previsto que sean los blancos los que estén en minoría en América.

En fin. Está claro que es el año de «El renacido», a menos que la lista de premios pre-Oscar sea una gigantesca pista falsa. Si exceptuamos la prescindible «Brooklyn» y la notable «La habitación», la 88ª edición de los Oscar es especialmente testosterónica. Frente al discutible y pseudomístico western de supervivencia dirigido por Alejandro González Iñárritu, una sola película se merecería todos los Oscar habidos y por haber, y es «Mad Max. Furia en la carretera». Es un milagro que la obra maestra de George Miller haya llegado tan lejos. Es «El caballero oscuro» del 2015, la superproducción de prestigio, alabada por la crítica, que los académicos votan para legitimar el atrevimiento, conceptual y presupuestario, de los estudios. En este caso, les saca cien cabezas a sus competidoras. Es una película sin concesiones, el ruidoso golpe en la mesa de un cineasta de setenta años que despliega su talento sin ceder al ansia de trascendencia que suele malograr, al menos en parte, el cine de Iñárritu. Le va a venir fatal al ego del cineasta mexicano otra lluvia de Oscar después de la de «Birdman», porque precisamente es el exceso de narcisismo, y la voluntad explícita de toserle en la cara a sus modelos (Tarkovski, Kurosawa, Malick), lo que desequilibra «El renacido». A los académicos, no obstante, les encantan las hazañas épicas, y el mito de un rodaje imposible y en condiciones climáticas inhumanas es un impuesto de valor añadido para que salga victoriosa de la ceremonia. Puede haber sorpresas, pero no en la categoría de mejor actor: en su quinta nominación, y a pesar de que Michael Fassbender está impecable como «Steve Jobs», ha llegado la hora de Leonardo DiCaprio. Charlotte Rampling, que no dudó en quitarle hierro a la cuestión de la diversidad de un modo un tanto ofensivo, tiene tantas oportunidades para ganar el Oscar como mejor actriz como las tuvo Emmanuelle Riva por «Amor». Es decir, ninguna. Brie Larson está magnífica en «La habitación», aunque da la impresión de que la película pertenece a Jacob Tremblay, el niño de nueve años que ni siquiera está nominado.

Hollywood adora los «comebacks», o lo que es lo mismo la resurrección de intérpretes en decadencia, aunque no siempre los premia: Mickey Rourke, por «El luchador», y Michael Keaton, por «Birdman», se fueron a casa de vacío. Este año lo de Sylvester Stallone por «Creed» está cantado, como si la comunidad hollywoodense, que nunca se tomó a Rocky Balboa demasiado en serio, haya decidido que, ahora que el botox ha hecho mella en sus ojos indolentes, hay que darle un Oscar a su tenacidad, por creer ciegamente en el boxeador que, allá por 1976, encarnó el sueño proletario americano. La actriz secundaria debería ser para Jennifer Jason Leigh en «Los odiosos ocho», que, después de estar desaparecida en combate durante unos años, ha regresado con hambre atrasada encarnando a una poseída demoníaca en un western hablado y sangriento. La suya es una interpretación a tumba abierta, como lo es la que hace, sólo en el plano sonoro, en la extraordinaria «Anomalisa». Pocas actrices estarían dispuestas a entregarse al juego tarantiniano desde una desnudez tan rabiosa y visceral, donde la técnica, que la hay, está camuflada bajo un manto hemoglobínico que la convierte en un monstruo anacrónico, como llegado a destiempo desde otro mundo. Cierto: que ganara sería pedir peras al olmo. Quizás Alicia Vikander, que es lo único bueno de «La chica danesa», tiene más números para alzarse como mejor actriz secundaria.

Y hablando de «Los odiosos ocho», otra de las ausencias más incontestables en una edición plagada de ellas es la de Quentin Tarantino en una categoría que nunca se le ha resistido, la de mejor guión original. Ha pagado el peaje de firmar la que posiblemente sea su película más agresiva, la más pendiente de sus gustos y la menos complaciente con el público. Resulta más extraño aún que Aaron Sorkin, guionista estrella de «El ala oeste de la Casa Blanca» y «La red social», no esté nominado por «Steve Jobs». Tal vez la brillantez estructural con que desmonta los mecanismos del «biopic» y la velocidad de vértigo de sus diálogos han provocado jaquecas en los 6.000 miembros de la Academia. ¿Demasiado moderno para un censo que, de media, ronda los 62 años?