«Los políticos tendrían que copiar el sentido del deber público de Augusto»

«Augusto Prima Porta», una de las grandes esculturas que existen del emperador

El historiador Adrian Goldsworthy publica una semblanza del primer emperador de Roma.

Augusto es un emperador sin leyenda y la leyenda, en la Historia de Roma, aseguraba que la posteridad recordara tu nombre. Julio César arrastraba el mito del general conquistador, de memorialista de sus grandes victorias; Tiberio, el del viejo militar perdido en el absurdo laberinto de la política y la Administración; Calígula, Claudio y Nerón dejaron en la imaginación de docenas de generaciones su impronta de tiranos desmedidos, sus escándalos execrables, ciertos o no, pero, desde luego, mil veces revisitados por la televisión, el cine y la literatura. Pero ¿quién se acuerda de Augusto? Él trajo la «Pax Augusta», expandió las fronteras de sus dominios hasta lugares donde nunca habían llegado las águilas de las legiones, reformó el sistema tributario, creó un sólido y permanente ejército (y una flota naval que vigilara las aguas del «Mare Nostrum»), amplió los caminos y las calzadas de las provincias, ejerció la diplomacia como nadie lo había hecho con anterioridad –pactó con el reino Parto, su peor adversario-, mejoró las comunicaciones, terminó con las luchas intestinas que habían hundido la República en una secuencia interminable de guerras fratricidas que habían agotado la paciencia de muchos romanos y, a lo largo de su prolongado gobierno, puso las bases fundamentales para que el imperio sobreviviera doscientos años más como el centro del mundo en el continente europeo. Ninguno de estos logros, sin embargo, ha conseguido que su figura resplandezca con el mismo brillo que la del Marco Aurelio o Adriano (inmortalizado por la novela de Marguerite Yourcenar). El mes de agosto se llama así en su nombre, pero casi ningún escolar lo recuerda y las decenas de esculturas de los museos que conservan su imagen no llaman la atención de los visitantes cuando permanecen junto a las estatuas de otros miembros conocidos de la familia Julio-Claudia. Ni siquiera la restauración y apertura del «Ara Pacis» , uno de los grandes monumentos que dejó a su muerte en la ciudad del Tíber, ha sido suficiente para que su semblanza despierte la curiosidad del público y su existencia se evoque con el mismo temor o admiración que la de otros hombres de su tiempo. ¿Por qué?

El problema de morir en la cama

La respuesta del historiador británico Adrian Goldsworthy, autor de «Augusto. De revolucionario a emperador» (La esfera de los libros), una exhaustiva monografía sobre este dictador camaleónico y perturbador, es sencilla: la falta de una narración épica, un aspecto que convirtiera su biografía en una tragedia, en un hecho marcado por ninguna heroicidad. «El problema es que murió de viejo, en la cama, y no ha dejado un drama como el de Marco Antonio, que es mucho más divertido para la mayoría. Augusto fue un gran trabajador. Todos los días se reunía con la gente, hablaba con los senadores, se dedicaba al trabajo administrativo. En cambio, Julio César murió asesinado a los pies de una gran estatua. Eso hace que te recuerden». Es cierto que Shakespeare no le dedicó ninguno de sus dramas y que el cine jamás le ha hecho un «biopic», como aquel de «Cleopatra», dedicado al turbulento amor de la reina de Egipto y su amante romano (que, luego, se convirtió en el de Elizabeth Taylor y Richard Burton). Pero la realidad sitúa a Augusto muy lejos de la imagen serena que puede desprender en un acercamiento inicial, ese político de perfil bajo, sin destacadas ni remarcables cualidades bélicas o pasionales. Irrumpió en la política con apenas 18 años y, desde esa edad, tuvo que medirse a temperamentos mucho más templados y astutos, oponentes temidos y con el carácter violento que forjaba la política de Roma en esa época. Y a todos los derrotó. Hijo adoptivo de Julio César, de pulso frío y temperamento paciente, Augusto acabó con Lépido y el gran Marco Antonio. «Existe un mito alrededor de Marco Antonio. Él mismo se encargó de aventar esa fama de ganador de batallas. Pero si repasas su vida no participó en tantas durante las guerras civiles. De hecho, pasó más tiempo en Roma, haciendo política, que en el frente, con los soldados. Augusto, en cambio, era un buen general, pero, sobre todo, tuvo a otro a su lado que era excelente: Agripa. Sin duda, Augusto tenía dotes personales, porque siempre trabajó con Agripa y siempre tuvo su lealtad. Incluso, Agripa cedía sus triunfos militares al propio Augusto. La batalla naval de Accio, donde Marco Antonio fue derrotado, resultó un triunfo muy sencillo».

Augusto resultó un político pragmático, capaz de adecuarse con sorprendente idoneidad a cada época; de cambiar con rapidez según requiriera la situación. «Al principio era bastante sanguinario, luego un gran hombre de estado. Y entre medias, entre esos dos puntos, puso los cimientos de un imperio. Es cierto que no puedes quitar su juventud. De joven se reveló ante los demás con la misma virulencia y crueldad que cualquier otro dictador de ese momento. A pesar de que luego se contuvo con el poder. Pero lo cierto es que sí fue un asesino». De esta manera, Goldsworthy resume cómo, al morir Julio César, reaccionó Augusto. El joven político redactó listas públicas de enemigos. Los hombres que aparecían en ellas eran condenados sin dilación. Casi todos sus opositores cayeron en estos años iniciales y, cuando logró reunir el poder bajo su mando, ya no quedaba nadie en Roma que dispusiera de oportunidades para enfrentarse a él. «Augusto cometió errores, pero se repuso de ellos y continuó. Tenía claro que quería llevar las riendas de Roma. Cuantas más victorias obtenía, más adeptos le seguían, porque la gente pensaba que iba a conseguir un gran futuro. La violencia que empleó al principio, junto con la generosidad que mostró después, fueron claves en su éxito». Augusto se mostró como un hombre hábil con las multitudes y las manejó con una enorme inteligencia. «Fue un populista. Siguió la característica de su tío abuelo, que también lo era. Dotó a las ciudades de cloacas, edificios, monumentos. No dejó sólo urbes más bonitas. Augusto invirtió dinero en la economía general. Un aspecto importante es que cuando acudía a los juegos se encargaba de que el pueblo le viera divirtiéndose, lo que hacía que los demás le observaran como a un igual. Todo lo contrario de lo que hacía Julio César, que asistía a estos entretenimientos pero estaba trabajando, redactando cartas o despachando asuntos urgentes». Para entender a Augusto hay que responder a una pregunta esencial: ¿realizó los deseos de Julio César o se convirtió en emperador siguiendo los suyos? «Hay una parte de herencia de César. Pero Julio sólo dispuso de seis meses para llevar a cabo ese plan. Augusto, en cambio, contó con mucho más tiempo y, a base de ensayo y error, desarrolló su principado». Aquel reinado es hoy un buen ejemplo de lo que un gobernante es capaz de hacer con un estado titubeante, exhausto y en crisis. «Una vez que tuvo el poder, se esforzó por mejorar las condiciones de vida de la gente. Hoy, el político sólo se preocupa por alcanzar el poder y luego se olvida. Pero Augusto mejoró la sociedad, hizo carreteras y los impuestos eran justos. Ese sentido del deber público es lo que los políticos actuales deberían copiar».