Manchego y universal

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El vacío que nos deja Francisco Nieva es verdaeramente extraordinario, no sólo en la Academia, donde era uno de sus miembros más respetados y queridos, sino en la cultura española, pues fue un creador total: dramaturgo, pintor, figurinista, escenógrafo, hizo montajes de ópera, sin olvidar su faceta como novelista. Nada de lo relacionado con el teatro le era ajeno. Fue un español manchego y universal. Visualizaba la realidad y la traducía en palabras para que fueran puestas en escena. Destacaría que fue un hombre totalmente enraizado en la tierra y la cultura española sin olvidar la vertiente cosmopolita que emana de su teatro, que bebió de autores como Genet, Artaud o Ionesco. Cuando regresó a España en la década de los sesenta y ya se visualizaba y atisbaba lo que podía ser la Transición para lo que traía las alforjas llenas de un teatro que era muy español y al tiempo muy universal. Cuando se empiezan a abrir las compuertas de la democracia, él abrió de par en par las ventanas al aire regenerador de la literatura europea y del arte universal. Con él perdemos no a una sino a varias personas a la vez, pues poseía una personalidad coherente y extraordinariamente productiva. A través de lo que él escribió de sí mismo, se puede uno hacer con el personaje, un hombre extraordinariamente generoso con enorme inquietud intelectual. Aunque ya se dejaba ver poco por la Academia seguirá estando con nosotros , pues en varias de sus salas permanecen colgadas sus litografías. Nos encontramos continuamente con él. Hace un año depositó un manuscrito, con dibujos hechos de máximas, de las que se sintió muy contento y que representó una de sus últimas satisfacciones junto con la representación de su obra «Salvator Rosa o el artista».