Marisa Paredes, la actriz que quiso ser espía

La ex presidenta de la Academia de Cine recibirá el próximo sábado el Goya de Honor que otorga la institución por su dilatada carrera

La ex presidenta de la Academia de Cine recibirá el próximo sábado el Goya de Honor que otorga la institución por su dilatada carrera.

Pese a haber estado nominada en dos ocasiones, ninguna estatuilla de los Goya había llegado hasta sus manos. Pero ahora sí le llegará, la Academia del Cine –que presidió entre 2000 y 2003–, ha otorgado a Marisa Paredes (Madrid, 1946) el Goya de Honor 2018, que le será entregado en la gala del próximo 3 de febrero. El jurado destacó su «prolífica y prolongada carrera», que «mantiene con absoluto vigor, apostando en numerosos trabajos por proyectos cinematográficos nacionales e internacionales definidos por el riesgo y el prestigio». Una dilatada y sólida trayectoria que incluye teatro, televisión y casi ochenta películas. Comenzó en los años sesenta, participó en los ya míticos «Estudio 1» y, pese a etapas tan interesantes como las vividas con Fernando Fernán Gómez y Antonio Isasi, su verdadero lanzamiento nacional e internacional le vino en los noventa como musa de Pedro Almodóvar. Además, José María Forqué, Jaime de Armiñán, Fernando Trueba, Martínez Lázaro... y una muy larga lista de directores. Entre los extranjeros, Roberto Benigni, Manuel de Oliveira y Guillermo del Toro. Actriz multipremiada, el Goya de Honor tiene el valor de reconocer toda una trayectoria artística.

Mil vidas en una

«Estoy muy agradecida a la Academia que me ha otorgado el honor de este premio», dijo ayer en su sede. No venía de una familia del mundo de la interpretación, pero pronto descubrió su vocación. «Desde pequeña tuve claro qué podía proporcionarme este mundo, la posibilidad de hacerme mucho más interesante la vida, de hacer que tuviera unos valores y de mostrarme algo que no era lo habitual. Podía ser portera, reina, espía... y toda esa magia de la transformación me atraía, sabía que eso era lo que quería hacer. Imaginaba que la vida dentro del teatro tendría otro color, pero también era una forma de escapar de una realidad muy dura, una forma de huir de ella». Después de haber llegado hasta aquí, «tengo la sensación de no haberme equivocado», afirma. «Me he sentido feliz y he podido desarrollarme y crecer». De aquella primera época «me queda mucho, sobre todo, el amor a una profesión a la que he entregado mi vida y con la que me hecho persona adulta, aunque me queda mucho por aprender y hacer». En ella, tan importante han sido los «síes» como los «noes». «Siempre he buscado aquello que creí más interesante. Ha habido de todo, proyectos rechazados equivocadamente por no haberlos sabido ver y otros muchos que resultaron bien. Elegir es uno de los riesgos que corremos todos los actores». Lo que está claro es que «trato de dejarme la vida y el alma en todos los proyectos. La vida profesional es como un viaje de tren que no para, cada director te aporta algo».

Sobre las denuncias de las actrices americanas y su polémica con el manifiesto de las francesas, Paredes piensa que «tienen todo el derecho de parar esto y defender la autoestima y la libertad de las mujeres. Han tenido el valor y el arrojo de denunciar una situación humillante que les ha hecho pasar momentos muy duros y esto tiene una importancia enorme. Con las francesas creo que ha habido algo de confusión, ellas tienen sus razones, quizá lo que pretendían decir es que no se saque de madre. Lo importante es que esto siga, que no sea algo coyuntural del momento». Y en cuanto a su discurso de la gala de entrega, explica: «He pensado mucho, pero hay días que ni quiero hacerlo. Todo el mundo me pregunta, pero no es tan importante. De momento tengo varias ideas para desarrollar. Trataré de no aburrir, de hacerlo rápido y simpático. Hay que contar con los nervios y las emociones del momento, trataré de controlar».