Montserrat, siempre conmigo

Han pasado ya once meses y parece que fue ayer que se nos fue, pero también parece que haga una eternidad porque ella ha logrado entrar en la eternidad. Hay personas que, aunque ya no puedas compartir con ellas la realidad, sí que te acompañan siempre, porque lograron ser parte de ti. Es lo que sucede con unos padres fallecidos y justo lo que a mi me sucede con mi madre musical. No se si hoy podría escribir estas líneas sino fuese por ella, porque un milagroso día llegó a mis manos un LP de belcanto de RCA y me quedé prendado con la voz que cantaba Norma, Imogene y la reina Isabel I. Si «Casta diva» me deslumbró, la escena final de «Il pirata» me emocionó. Era pura belleza, oro, diamante... Así, de pronto, un buen día pasé de Mina y Vanoni a Caballé, de la música ligera italiana a la ópera. Y Montserrat fue la protagonista de mi primera ópera –«Roberto Devereaux»– en este teatro de la Zarzuela.

Tuve la gran suerte de vivir en Barcelona no sólo en los años gloriosos de esa querida ciudad sino también en los del Liceo de Pamias, cuando ella cantaba y estrenaba papeles cada Navidad de forma altruista. No cobraba y, a cambio, Pamias le regalaba una joya. Disfruté de gran parte de su repertorio y además con los grandísimos colegas que la acompañaban gracias a la agencia de su hermano Carlos: Verret, Bumbry, Cossotto... por citar solo tres mezzos. La vi triunfar –aquel inolvidable «Don Carlo» de eterna nota final, la «Caterina Cornaro» con Aragall y Brusón...– y también sufrir –la «Anna Bolena» varias veces canceladas y nunca en plenitud, el olvido de la letra en «Un bel di vedremo» en un concierto pucciniano, el «Tristán»...–y también vengarse – «Vespri siciliani»– masacrando con su fiato a un tenor que no quiso ayudarla en los ensayos. Ella descubrió a Carreras, cambió a Juan Pons de bajo en el coro a barítono solista y apoyó a muchos jóvenes. También lo hizo dando clases. Recuerdo de su impresionante curso en el Auditorio Nacional cuando tumbó en el suelo a la entonces joven Isabel Rey, la puso el pie en el vientre y le mostró cómo controlar el fiato.

Fue una extraordinaria cantante y una persona que supo hacerse a sí misma partiendo de una familia muy humilde, que se sabía dotada de unas condiciones y un sitio de privilegio y lo hacía ver a través de la autoridad y firmeza con la que expresaba sus opiniones entre risas contagiosas o con miradas inquietantes. Tuvimos una relación muy especial, manifestada en grandes y pequeños detalles como las postales que me enviaba de cada teatro donde actuaba. Encuentros, desencuentros, reconciliaciones... Siempre cariño mutuo. La Zarzuela fue el escenario que elegí para el último programa de la serie «Melómanos» que se emitió en TVE 2 en «prime time» allá por 1989. Quise que fuese precisamente ella la protagonista de aquel programa resumen. La amaba y la amaré siempre.

El Teatro de la Zarzuela fue también su casa durante muchos años y aquí nos regaló muchas maravillas: «Norma», «Roberto Devereux», «Andrea Chenier»..., tantos y tantos títulos. Y alguno en malos momentos, como un «Idomeneo» del que salió muy disgustada. Bien ha hecho Daniel Bianco en ofrecerle, hoy 7 de septiembre, un merecidísimo homenaje al que se ha unido un número interminable de amigos y admiradores: Ainhoa Arteta, Yolanda Auyanet, María Bayo, Maite Beaumont, Mariola Cantarero, Nancy Fabiola Herrera, Pilar Jurado, Marina Monzó, María José Moreno, Isabel Rey, Sabina Puértolas, Virginia Tola, Celso Albelo, Rubén Amoretti, Gabriel Bermúdez, Andeka Gorrotxategi, Airam Hernández, Ismael Jordi, Simón Orfila, Joan Pons, Juan Jesús Rodríguez, Nuria Espert, etc.