Carmen Balcells: adiós, madrina

Carmen Balcells, en una imagen de archivo.

La agente literaria, que representó a más de trescientos escritores de habla hispana y portuguesa, falleció a los 84 años este domingo.

Se atribuye a Juan Carlos Onetti una frase más relacionada con la intendencia cotidiana que con la alambicada literatura que le caracterizó: «Gracias a Carmen Balcells voy al mercado cada mañana». Decir que ha muerto la más emblemática agente literaria de las letras españolas e hispanoamericanas sería quedarse corto, porque Carmen Balcells (nacida en Santa Fe de Segarra, Lérida, en 1930) no era sólo la decidida defensora profesional de los autores que representaba, dura y expeditiva con las editoriales que pretendieran vulneran sus derechos, infatigable perseguidora de las más ventajosas condiciones económicas para «sus» escritores, sino que además ostentaba un singular ojo crítico en la percepción de los mejores valores literarios, oficiaba de protectora matrona, proveedora del bienestar y la dedicación exclusiva que la buena escritura requiere. La conocida como «Mamá grande», en parafraseada alusión al universo del autor de «Cien años de soledad», sabía combinar la fina ternura intelectual con el seco exabrupto motivado, y aunaba una mordaz capacidad para el sarcasmo con la sabia discreción del silencio. Quien fuera precursora en nuestras letras de la conocida agresividad anglosajona en el campo de la representación literaria, llegó a gestionar la obra de seis premios Nobel: Miguel Ángel Asturias, Pablo Neruda, Camilo José Cela, Vicente Aleixandre, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa. Desde una aparente bonhomía, que no engañaba a amigos y colegas, con la contundencia de una bíblica «mujer fuerte», quien ahora nos ha dejado supo desterrar, de un cierto panorama editorial, abusivos contratos vitalicios que encadenaban al escritor a raquíticos porcentajes sobre la ventas de sus libros, intolerables cláusulas de letra ínfima y muy taimada intención.

w una lista impresionante

Empezó Carmen Balcells de la mano, hacia la mitad de los años cincuenta, del escritor rumano exiliado en España, también agente literario, Vintila Horia, sobre el que siempre mantuvo un admirado reconocimiento. Su posterior estancia en París, en contacto con la vanguardia cultural europea, supuso el despegue definitivo de una actividad que, más allá de la estricta dedicación profesional, constituiría un elegante modo, de sentimental inteligencia, de estar en el mundo. Su primer representado fue Luis Goytisolo, al que iría sumando una interminable lista, de la que sólo cabe contrapuntear algunos señeros nombres: Terenci Moix (evocado como dicharachero y encantador), Manuel Vázquez Montalbán (del que recordaba su penetrante mutismo y legendaria timidez), Carlos Barral (culto y sibarita en su trato), Jaime Gil de Biedma (intimista y entrañable para con su entregada agente literaria) o un introvertido y cordial Juan Marsé. Al cumplir éste 60 años, Carmen Balcells le organizó una fiesta de aniversario que ha pasado a unos inexistentes anales de la diversión y el buen gusto, con el escritor y editor Mario Lacruz cantando al agasajado «El tiempo pasará», la mítica canción de Casablanca. Capítulo aparte merecería su decisiva implicación en el denominado «boom» hispanoamericano; aparte de los citados premios Nobel, Alfredo Bryce Echenique, Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Álvaro Mutis o Isabel Allende, entre otros muchos escritores, se vieron cohesionados bajo una gestión que no era sólo administrativa o mercantil, sino que agrupaba tendencias estéticas, caracterizaba estilos literarios y les marcaba generacionalmente co-mo integrantes de una renovación de las letras en español.

w el gozoso vivir

José Donoso comenta en su «Historia personal del “boom”» cómo Carmen Balcells propiciaba, y de algún modo presidía, frecuentes encuentros, tertulias o fiestas, directamente, entre los más señalados protagonistas de esa auténtica revolución de lo latinoamericano; y cómo esos foros estaban presididos por el desenvuelto buen humor y la alegre despreocupación de un gozoso vivir. Y es que con muchos de ellos se había creado una curiosa situación de dependencia, de alguna forma mutua, aunque definida por un carácter providencial del que la propia Carmen hablaba de este modo, en palabras recogidas en el imprescindible libro de Xavi Ayén «Aquellos años del boom»: «Yo les hacía todos los recados, les buscaba piso, les solucionaba trámites, me encargaba de que tuvieran siempre folios y cintas de tinta para la máquina de escribir, les abría cuentas bancarias...». Todo ello más allá, por lo tanto, de las atribuciones del mero gestor comercial; pero sin descuidar en modo alguno el aspecto profesional de severos contratos y transacciones. Hasta Carmen Balcells ese panorama era muy diferente; Vargas Llosa lo precisa en el último libro citado: «Las relaciones que, hasta esa época, existían entre escritores y editores en el ámbito de la lengua eran patriarcales y subjetivas». Quizá a partir de ese momento pasarían a ser «matriarcales», pero nada subjetivas, sino claramente fundamentadas en el derecho y la razón que asistían a los intelectuales. La ya mítica agente literaria lo tuvo claro desde el principio; siguiendo sus propias declaraciones: «Cuando tienes a un autor como Gabriel García Márquez, puedes montar un partido político, instituir una religión u organizar una revolución. Yo opté por esto último». Ciertamente. Al leer algún libro de éstos u otros señalados autores podemos tener la convicción de que, en líneas generales, su dedicación profesional se encuentra dignamente correspondida. En buena y decisiva parte, esto no hubiera sido posible sin la labor decidida y valiente de Carmen Balcells. Genio –vivo– y figura –contundente– hasta la actual sepultura, que no impedirá en modo alguno recordarla como un puntal imprescindible de nuestra mejor literatura contemporánea.