Don Quijote cabalga de nuevo

Crítica de ópera / Teatros del Canal. «El caballero de la triste figura», de Tomás Marco. Voces: María José Suárez, Alfredo García, Eduardo Santamaría, María Rey-Joly. Dirección musical: Manuel Coves. Dirección de escena: Guillermo Heras. Coro Intermezzo y Orquesta Sinfónica de Madrid. Teatros del Canal. Madrid, 28-I-2016.

Alfredo García interpreta a Don Quijote en la obra de Tomás Marco
Alfredo García interpreta a Don Quijote en la obra de Tomás Marco

Bien está empezar operísticamente el aniversario cervantino. De las bastantes óperas inspiradas en la obra de Cervantes es curiosamente la de Tomás Marco la más programada en los últimos años, desde su estreno en Albacete en 2005. Ha superado ya la docena de representaciones en diversos lugares, lo que algo quiere decir en su favor, pues el caso no es frecuente con las partituras contemporáneas, que se estrenan y vuelven al cajón. Efectivamente tiene mucho en su favor y, en cierto modo, la sala alternativa de los Teatros del Canal, de reducido aforo, potencia sus características de ópera de cámara, dotándola de una mayor intimidad, mezclando a los espectadores con las ovejas o sumergiéndoles en la cueva de Montesinos. Tomás Marco elabora también el libreto, empleando exclusivamente palabras de Cervantes y novelizando «El Quijote» a través de una narradora, cuyas primeras palabras son «En un lugar de la Mancha...». Hay cuatro cantantes, un coro de ocho voces femeninas, cuatro bailarines y una peculiar orquesta compuesta por pares de violines, cellos, flautas, trombones y un sintetizador de teclado con sampler, que logra ofrecer una buena dosis de variedad tímbrica y un ritmo sugerente, en el que la percusión es fundamental. En algo más de noventa minutos se nos traslada, tras un amplio prólogo, a siete de las escenas más conocidas del Quijote, para concluir con su muerte de una forma mucho más lírica y dramática que hasta entonces. Manuel Coves realiza un sólido trabajo con el conjunto orquestal a un lado de un escenario en el que unos pocos símbolos –aspas de molino, una armadura de Rocinante, etc.– centran la historia. El reparto cumple a la perfección, teniendo rodados unos papeles en los que la escritura es un continuo declamado que busca hacer inteligibles las palabras, en lo que las partes encomendadas a la soprano ofrecen más dificultad, y que no huye de tesituras a veces extremas en el caso del tenor. El espectáculo se sigue bien y, puesto que puede tener aún más recorrido, cabría sugerir alguna forma de enlazar los episodios a la manera de los «Cuadros de una exposición» o potenciar algo más los aspectos humorísticos. Y, puestos a sugerir, que se acuerden del «Don Quijote» de Halffter.