El imán del mondadientes

Crítica de clásica. Obras de Rimski-Korsakov, Liadov y Rachmaninov. Piano: Sergei Redkin. Orquesta Sinfónica del Teatro Mariinsky. Director: Valery Gergiev. Auditorio Nacional. Madrid, 26-1-2017.

La Razón
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La eficacia gestual, la facilidad de comunicación, el ascendiente sobre los músicos, la tensión que es capaz de crear en el curso de un concierto son atributos incontrovertibles de Valery Gergiev, un stajanovista dispuesto a dirigir si es preciso los siete días de una semana aun cuando lo tenga que hacer en lugares geográficos distintos. Un fenómeno. En este programa estrictamente ruso, que servía para conmemorar los primeros cinco años de La Filarmónica, Sociedad de Conciertos, se han podido apreciar de nuevo aquellas cualidades del maestro y comprobar de qué manera ejerce su autoridad desde esa peculiar mímica y esa manera de marcar, tan clara e incitante, con los brazos en compás abierto y la mínima batuta –una especie de mondadientes– aleteando al tiempo que las manos volanderas. Gergiev obtiene de su orquesta, que es muy buena, con cuerda elástica y sensible, madera de toque delicado, y metal poderoso, no tan agresivo como el de otras formaciones del Este, unas prestaciones magníficas, en las que hay precisión, robustez, vibración contagiosa, a través de un espectro sonoro más bien penumbroso. Pese a evidentes acumulaciones tímbricas indiscriminadas en ciertos «forte» y al espesor de algunas texturas, escuchamos interpretaciones de altura, idiomáticas, intencionadas, expresivas. El dibujo del cuasi impresionista «Lago encantado» de Liadov fue espejeante, de perfiles atractivamente difusos. Puntual, exacto, rutilante el acompañamiento en la «Rapsodia sobre un tema de Paganini» de Rachmaninov al joven y premiado Sergei Redkin, dotado de dedos ágiles, mecanismo preciso y capaz de reproducir limpiamente difíciles octavas y escalas y de cantar como los ángeles la variación XVIII. Espectacular fue el regalo postrero de Gergiev: final de «El pájaro de fuego» de Stravinski.