El sueño de una noche de verano

Crítica de Pop / Rufus Wainwright. Concierto de Rufus Wainwright (Universal Music Festival). 16-VII-2016. Teatro Real.

Rufus Wainwright, ayer, con su piano, su guitarra y su voz de tenor cálida y ondulante
Rufus Wainwright, ayer, con su piano, su guitarra y su voz de tenor cálida y ondulante

La última vez que Rufus Wainwright se subió al escenario del Teatro Real, el 22 de julio de 2013, lo hizo para celebrar su 40 cumpleaños, entonces con un montaje con orquesta sinfónica y en el que la ópera –una de sus grandes pasiones– jugaba un papel determinante. En esta ocasión, la puesta en escena era bien distinta, con el piano y una guitarra acústica como únicos acompañantes. Una sobriedad que contrasta con el barroquismo y el exceso melodramático de muchas de las aventuras musicales del canadiense.

La reciente publicación de «Take All My Loves», un ambicioso trabajo en el que el autor de «Prima Donna» se apropia de varios sonetos de William Shakespeare, había permitido a su autor desplegar un desvergonzado catálogo de amores, pasiones, misterios y celos, dentro de un relato que tiene mucho de confesional, como en realidad ocurre siempre que hablamos de Rufus Wainwright. La noche de ayer, aunque el guión fuese otro –en un amplio recorrido que abarcó desde sus primeros trabajos a esta última obra–, no fue una excepción, mostrándose dicharachero, jocoso, cercano, transparente, a ratos melancólico y también abatido al hablar de las víctimas del atentado terrorista en Niza cuando presentó «Les Feux D’artifice T’appellent», aria final de su primera ópera, cuya acción se sitúa precisamente en un 14 de julio en Francia.

Más que un showman, es un travieso y brillante entretenedor que durante casi dos horas convirtió el Real en un mágico mundo de emociones desbocadas, baladas de porcelana y ciertas dosis de cabaret. Wainwright, aunque esta vez no tirase de Judy Garland, recorre su particular camino de baldosas amarillas, olvidándose la letra de «California» y consciente de que quizá no sea un extraordinario pianista, pero sí un artista total, capaz de evocar en el mismo minuto a Kurt Weill, Frank Sinatra, Elton John o Enrico Caruso.

Por momentos sí se echó en falta un ropaje orquestado para ciertos temas, pero la elegancia de Wainwright al recuperar algunos de sus clásicos, como «Danny Boy» o «Jericho», bien sirvió para subrayar el valor de esta solitaria puesta en escena; un monólogo que el músico de Rhinibeck ejecutó con su habitual soltura y una versatilidad vocal que acaba con el más mínimo riesgo de caer en la rutina.

En el primer tramo rescató canciones como «Vibrate», con esa letra en la que confiesa haber intentado bailar algún tema de Britney Spears, para después reconocer que está mayor para esas cosas. Mostró durante buena parte de la actuación su faceta más pop, mientras bromeaba sobre el Brexit o unas recientes vacaciones en Cuba, además de prometer que tras el verano empezaría a estudiar español para poder decir algo más que «gracias». Más oscuros sonaron cortes como «In a Graveyard», dentro de un concierto que resultó especialmente notable en su tramo central, justo tras volver de un pequeño set con la guitarra acústica en el que estrenó «Only the People that Love», que formará parte de su próximo álbum.

Justo después retomó su cita con Shakespeare a través de los sonetos 43 y 20, musicados con el nombre de «When Most I Wink» y «A Woman’s Face». Ambos aparecen en su último trabajo con unas ricas orquestaciones, de manera que la empresa no se aventuraba fácil. Sin embargo, en su íntima desnudez sonaron con redoblada intensidad y un atrevimiento en línea con la propia temática de los versos, especialmente del segundo, que parece descubrir la bisexualidad del bardo de Avon.

Lejos de excentricidades, Wainwright, que en su gira norteamericana venía de celebrar el décimo aniversario del delicioso «Rufus Does Judy», repasó, aunque fuera de forma puntual, buena parte de su discografía, desde los primerizos «Poses» o «Want One», con temas como esa oda a las pequeñas adicciones que es «Cigarettes and Chocolate Milk», a los más recientes «All Days Are Nights» y «Out of The Game». Situó su pop de cámara en una versión sin ningún tipo de artificio, con puntuales virguerías vocales y melodías juguetonas al piano cuando y como le dio la gana, dentro de un conjunto mucho más serio de lo que pudiera parecer a primera vista, para acabar despidiéndose con un bis que apostaba a ganador gracias a «Going to Town» y la siempre emocionante «Hallelujah».