Heras-Casado, batuta pata negra

Recibe en Nueva York el premio al Director del Año

Repone fuerzas en Madrid antes de volver a cruzar el océano. El martes recibe en Nueva York el premio que le consagra como Director del Año. «2013 ha sido completo. Empezó muy bien y no podía haber acabado mejor». Llevaba tres meses sin dejarse caer por España y lo echaba ya de menos: «Necesito pisar mi tierra, mi Albaicín, mi Granada». La irresistible ascensión de Pablo Heras-Casado (Granada, 1977) no conoce una fórmula mágica, sino el trabajo constante y diario de quien hoy está arriba, aunque recuerda (y se lo recuerda a él también) «que he pasado mi época de entre diez y quince años en galeras, como diría Verdi, antes de salir con las grandes orquestas y recorrer el mundo. Yo toqué mucho con mis grupos amateurs, me formé y cuando me encontré lo suficientemente preparado, salí. No he perseguido titulares sino el máximo nivel. La edad tampoco me condiciona porque no me considero ni muy joven ni muy mayor», aunque sí reconoce que los últimos años han sido para él como un sprint: «En estos cuatro ha habido muchísimas primeras veces que no he vivido de manera dramática sino que han llegado a mi de forma natural», explica.

Berlín, Año Nuevo

Josep Pons, hoy director de la Orquesta del Liceo, fue uno de los primeros batutas que se fijó en sus maneras. Apuntaba el chico de pelo ensortijado. Le vio algo, le siguió y apostó por él. Mortier, en la Ópera de París, también se dejó seducir por su manera de trabajar y le invitó al podio en «Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny», en septiembre de 2010, con la Fura dels Baus como responsables de la escena. Mañana (es un decir, será los días 31 de diciembre y 1 de enero) es Barenboim quien le cede el atril de la Ópera de Berlín para que despida 2013 y dé la bienvenida a 2014.

«Hábleme de la noche de «Rigoletto», su primera vez en el Metropolitan hace poco más de un mes», le decimos. «Fue mágico. Me acordé de tantos que no estaban allí. El Met es un templo». La crítica norteamericana fue unánime y le colocó en el trono de nuevo rey. «Me sentí en casa, con buen espíritu, buena forma, dirigiendo a una orquesta de ensueño. Ya tengo un futuro en esa casa», dice. ¿No querrán ahora decir en EE UU que le han descubierto y que usted en realidad se llama Paul? «Soy muy consciente de mis raíces. Y hablo como albaicinero, granadino y español. Me siento muy de mi barrio. Y mis raíces sé dónde están», asegura con firmeza. Le comentamos que, además del jabugo, la marca España puede tener en él un producto de primera, exportable y muy musical: «Me encanta esa comparación», dice mientras no deja de reír. Y cuenta en voz baja que después de tanto tiempo de no probarlo (porque fuera de España no lo pide) aterrizó y se puso delante de un plato bien cortado: «Después de meses en barbecho era como probarlo por primera vez». Le creemos.