La insoportable levedad de Tulsa

Miren Iza experimenta una metamorfosis musical utilizando bases electrónicas para cantar al amor efímero en «La calma chicha».

La primera escucha del tercer trabajo de Tulsa, «La calma chicha» (Gran Derby Records), abre un enorme signo de interrogación antes de emitir un juicio. A Miren Iza la conocíamos por sus composiciones folk de aire clásico, y al pasar los minutos y los cortes de su trabajo, de fino sustrato electrónico, uno no sabe cómo reaccionar, pero dan ganas de cerrar la opinión con una exclamación de aplauso. Iza ha estado cuatro años en compás de espera, en calma chicha, volviendo a juntar las piezas de sí misma. Y empezó a grabar el trabajo como un juego, buscando un lenguaje nuevo: «Casi como empezar de cero. Los sintetizadores eran para mí un leguaje desconocido y en cierto modo es como volver a agarrar una guitarra por primera vez, cuando sientes que es un instrumento marciano igual que me parecía un ordenador y tratas de sacar algún sonido pero todo es extraño». Sin embargo, la austera perfección de las bases electrónicas de este disco, que han tejido durante un año de laboratorio doméstico Charlie Bautista, Javier Vicente, «Carasueño», y la propia Iza, hacen crecer las canciones en el aire de una manera sutil que dan ganas de volver a escuchar, para ver si a la siguiente descubres el truco. «Yo soy muy impaciente y en el disco está todo calculado. Colocábamos una capita sobre otra, todo medido, y elegíamos, de entre un millar de sonidos de sintetizador, ese ruidito que apenas aparece un segundo. En algún momento fue necesario manejar la ansiedad, controlarnos nosotros mismos en lo desconocido, pero por laborioso que resultase, también era artesanal. Creo que ahí reside una de las contradicciones que hay en el disco», señala la vocalista, que presenta el trabajo dentro del ciclo SON Estrella Galicia, en Madrid.

Consciencia e inconsciencia

También en la voz de Miren Iza hay algo diferente: «Sí. Dejé de fumar porque sentía que necesitaba tener más aire en la voz», cuenta revelando una más de las mudanzas de la artista en los últimos tiempos. Pero es que hace falta una voz sin intención para cantar versos indolentes como «me conformaré con ver la vida pasar y nada de esto será trascendental». Es el tono perfecto para hablar del amor efímero, la temática de este trabajo. «Sí, es un canto al amor que viene y no sabes si se quedará, pero es bueno porque no hay preguntas». Aunque en el disco podemos barruntar que no va a permanecer. «Mi casa vacía será tu casa vacía», canta Iza como si fuera un verso de Pessoa o un préstamo de Robert Musil. Hay momentos del disco en los que se asiste al milagro de la música pop, cuando música, letra y voz parecen haber nacido del mismo chispazo para estar juntas. «Descarté muchas canciones y el método de trabajo fue ir de una en una, por orden, y así construir un disco con unidad», cuenta. «Y si hay una apariencia de sencillez, creo que es una de esas consecuencias no controladas. Sí que buscábamos ligereza en cada canción al elegir un tipo de acordes y es posible que venga de ahí. Todo el disco está afectado de una mezcla de consciencia e inconsciencia a la vez. No había un plan para publicarlo ni tampoco tenía sello para hacerlo. Así que sentíamos esa irrealidad y al mismo tiempo estábamos metidos en un proceso muy absorbente». Sin dramatismos, las letras de Iza se mueven por el desencanto y se asoman con ironía a la premonición del fracaso, como son las historias de la gente corriente, o la «Common People» de Pulp, a la que rinden un pequeño homenaje en un título. «Pensé en los textos con cierto descreimiento. Me interesaba esa mezcla con la ligereza, huir voluntariamente de la gravedad». Tanto de la fuerza que ata los objetos (y canciones) a la tierra como de la solemnidad que aplicamos a nuestros asuntos. Pero eso no quiere decir que las canciones sean en vano.