Pollini, la vejez de un grande

Obras de Schumann y Chopin. Piano: Maurizio Pollini. Teatro Real. Madrid, 27 de enero de 2016.

Volvió Maurizio Pollini al escenario del Teatro Real en una oscuridad potenciada por el decorado cinematográfico de esa preciosa e imaginativa «Flauta mágica» que se representa estos días. El concierto se inscribía dentro del ciclo de La Filarmónica, pero ha exigido la colaboración del Teatro Real ya que ésta es la única sala madrileña en la que Pollini se aviene a tocar.

Al artista milanés le trajo la noche de reyes los setenta y cuatro años y, la verdad, le pesan. No sólo al andar, con sus pasos algo torpes y el cuerpo inclinado hacia delante, sino también en sus interpretaciones. Han sido incontables veces las que le he escuchado, desde aquella inolvidable y larguísima en Múnich, en sus inicios, cuando nos largó en forma de propinas, uno tras otro, todos los nocturnos de Chopin hasta las más recientes en Salzburgo. No está, evidentemente, en su mejor etapa, pero siempre hay momentos admirables, nacidos de una intensa introspección. No los hubo sin embargo en la pieza inicial, el «Allegro en si menor, op.8», en donde su admirada técnica no pudo con el brío de la partitura, faltando claridad en las notas. La «Fantasía en Do menor, Op.17», interrumpida antes de su final por un público ignorante que en su mayoría acudía sólo por el nombre del pianista, tuvo momentos como en sus mejores tiempos, pero se vio perjudicada por una utilización excesiva del pedal y poco contraste en las dinámicas, algo que perjudicaba el vuelo de la música.

El nivel cambió sustancialmente en la segunda parte, con un mix un tanto peculiar de obras: desde la «Barcarolla en Fa sostenido mayor, Op.60» y, tras ella, con los «Nocturnos nº 1 y 2, Op.55», concentrados, íntimos, poéticos, con notas que llegaban al corazón. Impresionante la «Polonesa-Fantasía en la bemol mayor, Op.61», en la que Pollini parecía buscar nuevos enfoques, y no tanto la «Balada n.1 en Sol menor, Op.23», a la que pudo haber llegado algo cansado, volviendo a faltar claridad y con alguna duda en su trascurso. Era una de las piezas predilectas de Chopin, como se lo comentó a Schumann y sus ecos han llegado hasta el cine, así en «El pianista». Importó poco, porque la potencia de la «stretta» final cautivó a la audiencia, que obtuvo más «chopines» de propina.

Una seria observación al teatro: no es de recibo que permanezcan cerradas sus puertas laterales y que su acceso se realice tan sólo por tres puertas centrales. Lo peor no son las colas interminables al entrar para pasar los arcos de seguridad, sino lo que puede suceder si un día hay un incidente dentro del teatro. Lo del Madrid Arena se quedaría pequeño, porque todo el teatro está obligado a salir por dos únicas puertas giratorias. ¡Cuidado!