Peter Gelb, el verdugo de Plácido Domingo

El director del metropolitan optó por evitarse problemas y abrir la puerta al tenor para que él la empujara.

Cincuenta y una temporadas consecutivas, una detrás de otra. Plácido Domingo es, aunque desde el martes ya no lo sea, una de las voces de las que ha podido enorgullecerse el Metropolitan.

Cincuenta y una temporadas consecutivas, una detrás de otra. Plácido Domingo es, aunque desde el martes ya no lo sea, una de las voces de las que ha podido enorgullecerse el Metropolitan. De hecho, hace un año celebraba la redonda efeméride de cinco décadas de su debut. Peter Gelb, director general poderosísimo de la casa, no dudó entonces en homenajearle, entregarle una placa que daba fe de su trabajo y abrazarle al tiempo que esbozaba una amplia sonrisa. Era impensable que doce meses después quien había sido un talismán se convirtiera en veneno.

La «Luisa Miller» que cantó en 2018 fue su última representación en el escenario de Nueva York. No lo sabía el tenor entonces. Gelb, tampoco. En agosto se publicaron dos reportajes en los que se le acusaba de presunto acoso sexual. Solo dos de las 20 denuncias tenían nombre y apellidos: Patricia Wulf y Angela Turner Wilson. Ahí arrancaron los problemas para Domingo. Gelb trató de lidiarlos, pero llegó un momento, a medida que se acercaba el día del estreno de «Macbeth» que no pudo cantar en el que ante la presión de dentro de la casa tuvo que elegir. Verle posar el lunes en la alfombra roja junto a la diva Anna Netrebko lanzaba señales. Ella daba prestigio. De Domingo no había rastro, ni siquiera una imagen oficial durante los ensayos. La disyuntiva era: ¿sacrificar a uno de los artistas que más brillo, lustre y éxitos han dado a la casa en aras de la paz social u otorgarle el beneficio de la duda y ser fiel al «in dubio pro reo»? Sobre Domingo no existe denuncia alguna, subrayemos este punto. Gelb optó por evitarse problemas mayores y abrirle la puerta para que él la empujara y se marchase. Para que fuera Domingo quien dejara su huella en el picaporte en su retirada definitiva de ese teatro. Escribió un comunicado triste, absolutamente amargo en el que daba las gracias al Metropolitan y el poderosísimo director general, que no quería perder a ninguno de sus patrocinadores, deseaba evitar manifestaciones MeToo a las puertas del teatro y abogaba porque los empleados no se le sublevaran, respiró aliviado. Quienes sentían náuseas al cruzarse con el cantante por los pasillos habían ganado. Domingo cantó en el ensayo general, su última actuación en el Met, y se despidió sin nadie en el patio de butacas. Después de 51 años en la casa dando lo mejor de sí se quitaba el maquillaje frente al espejo de su camerino por última vez. Demasiado amargo, demasiado injusto para quien lo ha dado todo por ese teatro. Veremos si el interesado ejemplo de Gelb lo siguen la Ópera de Los Ángeles, cuya investigación tardará meses, seguro, y la Ópera de Washington, dos instituciones líricas importantes en Estados Unidos. No sabemos tampoco cuál será la postura del Covent Garden. Europa no le ha dado la espalda, todo lo contrario, pero será interesante conocer si finalmente lo apea del cartel. En España el Teatro Real y la Zarzuela han cerrado filas entorno al tenor desde el primer momento. El Palau de les Arts, tras unos primeros momentos de tibieza, ha dicho que mantendrá «Nabucco». Y mientras, la vida sigue. La siguiente parada de Domingo será Zúrich.