Picasso: todos los caminos conducen al «Guernica»

Hay un antes y un después del mural. Esa genealogía pictórica es la que relata a través de 180 obras la exposición que presenta el Museo Reina Sofía, tan compacta como interesante, y que muestra obras nunca antes vistas.

El «Guernica» fue ayer el cuadro más retratado: sigue siendo un imán
El «Guernica» fue ayer el cuadro más retratado: sigue siendo un imán

Hay un antes y un después del mural. Esa genealogía pictórica es la que relata a través de 180 obras la exposición que presenta el Museo Reina Sofía, tan compacta como interesante, y que muestra obras nunca antes vistas.

El camino hasta llegar al «Guernica» se antoja limpio y claro. Lleno de Luz. A pesar de Picasso. O precisamente por él. En 1937, cuando el artista pinta lejos de su país la obra encargada por el Gobierno de la II República para el pabellón de la Exposición de París, un mural en blanco y negro que se ha convertido en el grito antibelicista más famosos del siglo XX, las bombas ya han caído en España. Los hermanos se matan entre sí y Europa y el mundo gritan. Picasso no hace oídos sordos, pero antes de este trabajo ya hay un caldo de cultivo previo, que en esta exposición queda perfectamente reflejado. «Es un elemento central pero no el único, aunque ninguna obra haya suscitado tantos comentarios e interpelaciones. Es una pieza que representa lo mejor y lo peor y que sigue hoy generando significados». Así presentaba el director del Reina Sofía, Manuel Borja-Villel el cuadro sobre el que pivota «Piedad y terror en Picasso: el camino del Guernica», que celebra los 80 años que han pasado desde que el artista pintó la obra y los 25 que se cumplen desde que se trasladó del Casón del Buen Retiro al Reina Sofía. Después se adentraba en la exposición, que como decíamos tiene un pre y un post, un antes y un después. La segunda mitad del siglo XX le hace darse cuenta al malagueño de que la realidad no es tan seguro como él piensa. ¿Qué está pasando en el mundo? Los fascismos hacen acto de presencia. Ahí está la radio, el mundo se convulsiona «y es cuando decide crear una especie de antimonumento en un mundo en el que ya no se reconoce», explica el director.

Lo que tiene que estar

Hasta derivar en ese grito universal que es el mural, Picasso pinta bodegones de colores chillones, con frutas y mandolinas. Interiores de residencias acomodadas, con buenos muebles y decoraciones vistosas en las paredes. Son los años veinte, a mediados. Una buena parte de las obras, de las 180 que se exponen (algunas préstamos únicos), han viajado expresamente para esta exposición. Lo explicaba la responsable de colecciones del Reina Sofía, Charo Peiró, que se pidieron las obras que tenían que estar, «pues en este caso, además, las obras tenían que entrelazarse. Y lo hemos conseguido, desde las más grandes a las más pequeñas». Y los préstamos llegaron.

Se buscaban piezas muy precisas, obras muy concretas, unos títulos y no otros. Obras clave, explica Borja-Villel, como «Las tres bañistas», fechada en 1925 y proveniente de la Tate, o un dibujo de los años 30 con el motivo de la muerte de Marat, que posee un significado muy concreto para las que la colaboración de la familia ha sido fundamental. La exposición camina paso a paso en dirección al terror y a la guerra. Va abocada al grito y al llanto y pone en cuadros cómo, después de concebir ese gigantesco mural de más de siete metros, Picasso sigue haciendo obras que repasan ese terror. El capítulo documental es impresionante y conviene detenerse en cada vitrina y escudriñar cada documento, cada carta, cada información aparecida en prensa, como, por poner un ejemplo, el discurso de Ángel Ossorio en la inauguración el 11 de julio de 1937, o un reportaje de «Cahiers d’Art», número 4-5 de 1937.

Timothy J.Clark y Anne M. Wagner, historiadores de arte y profesores eméritos de la Universidad de Berkeley (EEUU), han sido los comisarios. Él asegura que con esta exposición se ha liberado del maleficio picassiano de un artistas que «te agarra y no te suelta. Plantea cuestiones irresolubles en esa belleza y ese terror del que no puedes escapar». Destaca Clark la infatigable energía para trabajar del equipo español. Doce años antes de parir el Guernica con dolor sabía que algo estaba barruntando. En esas tres bailarinas hay horror, pánico y muerte. Esas tres mujeres le gustaron bastante más que el «Guernica» y es en ellas donde plasma el terror, el pánico que se cuela a través de la venta abierta. «Nunca vi nada. Siempre viví en mi. Tengo tantos paisajes interiores que los que pueda ofrecerme la naturaleza nunca serán tan bellos», escribe. Las mujeres (con un frutero, sentadas en un sillón) se van estilizando y explora el pintor un territorio nuevo en el que ya se enfrenta a la monstruosidad y la otredad tanto de uno mismo como de los demás.

Anne M.Wagner quiso destacar una cosa: los dibujos en blanco y negro y en color son claves, pues en ellos aborda la muerte de inocentes hasta llegar desembocar en el gran mural: «Estudia a las mujeres de una manera diferente. Existe una transformación de su pensamiento. Dibuja a las madres sufridoras y lo hace incluso como un arma, sus pechos dejan de ser parte del alimento para convertirse en armas. No hay hombres y esa es la razón por la que el cuadro ha atraído de forma poderosa al público en el siglo XX y ha comunicado tanto. Hizo una obra de sufrimiento de madres, niños y animales. Los cuerpos que antes abrazaban ahora se convierten en armas», explicó. Y ahí están para dar fe una imponente colección de «Mater Dolorosa», hembras que lloran, que gritan con la boca desgarrada. Y Timothy J.Clark subraya que Picasso es totalmente griego en el sentido de la tragedia. Cuando se llega al «Guernica» después de barruntar el horror, la fuerza del cuadro, que es inmensa, queda aplacada por una nube de «selfies»: todos, absolutamente todos buscan un retrato con el cuadro de fondo. Increíble, pero es cierto. Ayer lo comprobamos en el pase para la Prensa. «Lo verdaderamente impresionante es que ochenta años después siga impresionando», señala en director del Reina Sofía. Y lo suscribimos dispuestos a detenernos a tres metros y pico de la tela en algún punto que nos haya pasado desapercibido. Y los hay. La luz, el caballo lastimoso, el niño muerto, las bocas desgarradas, el quinqué, una ventana en el margen derecho... se antojan novedades. Y esos bordes que atisbamos que están tan dañados y tan heridos como la propia escena que representa. Y las sombras que proyectan las figuras.

Mujer sin hijos

No solo hay pintura, dibujo y exhaustiva documentación. No faltan las esculturas, que instruyen en la manera en que trabajaba con materiales encontrados para darles una nueva dimensión. Y después del «Guernica» la vida sigue para esas mujeres que se retuercen aún más, con barrigas imposibles e inflamadas y con las costillas a punto de estallar, como esa Dora Maar que no pudo darle un hijo y que estremece con solo verla. Se percibe claro en un pieza magistral, una de las obras más impresionantes que cuelgan de la exposición: «Mujer arreglándose el pelo», de 1940, procedente del MoMA de Nueva York. En el bastidor señala el artista la fecha de finalización de cuadro, el 19 de junio: las tropas nazis habían entrado en París el día 14.

La exposición proyecta también documentales, como un proyecto inconcluso firmado por Robert Flaherty, en cargo del MoMa en 1945 y que el artista no pudo acabar. Asusta ver cómo después de tantos años las imágenes siguen gozando de una frescura y una actualidad asombrosa. Justo el día, que como casi todos (que horrible desgracia que se convierta en costumbre) el metro de Moscú se llena de muerte. En 1950 Picasso le interpelaba a François Gilot: «¿Qué es la belleza?. Eso no existe», se respondía. Una verdad como un puño. No tenemos más que mirar a nuestro alrededor.