Cultura

Prat de la Riba: El hombre que antepuso Cataluña a Dios

Es «el padre de la patria»: transformó el regionalismo en nacionalismo, evolucionó una lengua minoritaria a un idioma oficial y convirtió el sueño de la burguesía barcelonesa en un partido político hegemónico.

Es «el padre de la patria»: transformó el regionalismo en nacionalismo, evolucionó una lengua minoritaria a un idioma oficial y convirtió el sueño de la burguesía barcelonesa en un partido político hegemónico.

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Josep Tarradellas, el ex presidente de la Generalidad en el exilio, quien acordó con Adolfo Suárez la restauración de la autonomía, escribió en abril de 1981 una carta al director de «La Vanguardia» alertando sobre Jordi Pujol y su proyecto político. El viejo catalanista avisaba de que el plan de los vencedores en las elecciones de marzo de 1980, CiU, no era la convivencia autonómica, sino el desarrollo del autogobierno hasta la ruptura con España. Por aquel entonces Pujol prologaba un libro sobre Prat de la Riba señalando que la política eficaz era hacer nación a través de la lengua.

El catalanismo considera a Enric Prat de la Riba como el «padre de la patria» porque transformó un regionalismo en un nacionalismo, evolucionó una lengua minoritaria en un idioma oficial, y convirtió el sueño de la burguesía barcelonesa tardoromántica en un partido político transversal y hegemónico. Su figura era perfecta para la recreación del «padre». Nació en el campo (Castellterçol, 1870), de padres propietarios rurales y adinerados, lo que permitía ligar el paisaje con sus emociones, algo típico de los nacionalismos de última hornada. Con apenas once años encontró entre los papeles de su tío un ejemplar de «La Reinaxensa», una publicación dedicada a rescatar o reinventar la tradición cultural catalana. En sus páginas vio, escribieron otros, que la lengua que hablaba en su pueblo también se escribía. El Prat niño se convertía así en demostración del movimiento cultural que estuvo en la génesis de la reivindicación política.

El muchacho, como buen burgués, marchó a Barcelona a estudiar. Allí anunció por carta a un amigo que a partir de ese momento solo escribiría en catalán. La soltura con el idioma se la proporcionó el desamor: se dedicó a escribir versos sin parar. Luego, el amor a la tierra, como ha escrito el historiador Ángel Duarte, acabó amortizando el de la inalcanzable mujer de las primeras letras.

En la Universidad se afilió al Centre Escolar Catalanista, en 1887, y en la memoria que después escribió como secretario de la sección de Derecho se lee: «La religión catalanista tiene por Dios a la Patria». La influencia del carlismo, en su exaltación de la tradición y de las leyes viejas, medievales, como forma auténtica de gobierno, estuvo muy presente, tanto como el federalismo de Almirall, y el proteccionismo clásico barcelonés. Prat era hijo del regeneracionismo que había afirmado la decadencia de España, de su proyecto y del Estado, y que parecía confirmarse con el Desastre del 98. La solución era reorganizar el país sobre la base de las naciones autonómicas. En este sentido deben entenderse sus palabras cuando asumió la presidencia del Centre Escolar: «Vengo a hablaros de la patria catalana, que, pequeña o grande, es nuestra única patria».

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No había en el pensamiento de Prat el deseo de independencia de Cataluña, sino de que el pueblo catalán liderada al resto de pueblos de España, al constituir una etnia «superior» en la política, cultural y economía. Era la suya una nación civilizadora, «imperialista» al decir del historiador Enric Ucelay-Da Cal, que acaudillaría la regeneración. En este sentido, poco tiene que ver con el racista Sabino Arana, o con el catalán Pere Corominas, quien desde Madrid escribía a su hermano, en febrero de 1899, que en la capital solo había «fanáticos, asnos y eruditos», pero «nadie inteligente». Prat, más leído, había tomado del alemán Herder la idea del «Volkgeist», ese espíritu del pueblo para crear, y de Von Savigny el vínculo entre las leyes y el temperamento popular.

Con este ideario, Prat publicó junto a Muntañola el «Compendi de doctrina catalanista» (1894) a modo de catecismo, que vendió casi cien mil ejemplares. El propósito era transformar el movimiento cultural en un partido político y nacionalizar a las masas. Para eso era imprescindible constituir un partido, acceder a las instituciones, y convertir entonces la educación y la cultura en un instrumento de construcción nacional.

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Periódico propio

El 1 de enero de 1899, los catalanistas fundaron su diario: «La Veu de Catalunya», cuya dirección asumió Prat de la Riba. Dos años después, fundaron la Lliga Regionalista con el objetivo de influir en la política nacional para dirigirla hacia un régimen de autonomías. La crisis del sistema de partidos, el pesimismo regeneracionista y la desafección general fueron aprovechadas por aquel partido burgués creado por Prat de la Riba para triunfar en las elecciones de 1901. A partir de entonces, la Lliga se convirtió en la fuerza hegemónica catalana.

El discurso era muy claro: las señas de identidad catalanas estaban por encima de izquierdas y derechas –escribió en «La nacionalidad catalana» (1906)–, era algo transversal, relacionado con un idioma, un arte (el románico), un Derecho y una única política, la nacional. Se trataba de un proyecto conservador, al decir del historiador José María Marco. Prat de la Riba consideraba que el liberalismo había generado el individualismo que desvertebraba la sociedad, generando un tirano: el estatismo. Propuso entonces utilizar las instituciones para crear una comunidad nacional homogénea, compuesta por personas cuya única identidad y vocación fuera el constituir nación. Para eso había que romper el centralismo, y ese obrerismo republicano de Lerroux que rompía la «unanimidad nacional». Era ingeniería social autoritaria y antiliberal.

Las victorias electorales permitieron a la Lliga de Prat el proponer al gobierno en 1911 la formación de una Mancomunidad con las cuatro diputaciones provinciales. Era la pieza siguiente del plan. El presidente Canalejas lo aceptó, pero su asesinato retrasó la negociación. El conservador Dato aprobó el acuerdo con un Real Decreto, de diciembre de 1913, extensible a toda España. La Mancomunidad comenzó su andadura en abril de 1914, con Prat de la Riba como presidente. Su labor tuvo dos direcciones: formar una élite cultural e institucional que catalanizara a las masas, una política social que desvinculara a los obreros del lerrouxismo, y una mejora de las infraestructuras para visualizar la superioridad del autogobierno frente al «Gobierno de Madrid».

Esto no supuso que Prat de la Riba se decantara por el independentismo. A partir de ahí comenzó a reivindicar un proyecto de estatuto de autonomía para Cataluña porque consideraba que el Estado construido desde Castilla había fracasado y que el autogobierno de las nacionalidades era la respuesta. La petición de mayores competencias en economía y transportes se encontró con la negativa de Dato y de Romanones.

Sin embargo, la negativa de las instituciones a iniciar ese proceso rupturista hizo que la Lliga articulara un golpe de Estado. El mecanismo fue la reunión de una Asamblea de Parlamentarios como poder alternativo, convocada para el 19 de julio de 1917. El gobierno Dato prohibió la reunión y sacó al Ejército a las calles de Barcelona. Los parlamentarios de oposición se reunieron en un pabellón del parque de la Ciudadela, con personajes como Melquíades Álvarez, a quien querían encargar los asambleístas el gobierno que surgiera del golpe, Cambó, Giner de los Ríos, Pablo Iglesias Posse y Alejandro Lerroux. La asamblea aprobó la propuesta de que se convocaran constituyentes para reformar el Estado. La reunión fue interrumpida por la policía y la Guardia Civil, que desalojó pacíficamente la sala. La Lliga lideró todo aquello, pero ya estaba en manos de Cambó. Prat, enfermo, poco tuvo que ver. De hecho, murió el 1 de agosto de 1917.

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Tras la muerte de Prat de la Riba se produjo su «santificación» como «padre de la patria». Él mismo había dicho que la construcción nacional necesitaba de héroes con los que se identificara la masa, y sobre los que proyectar cualquier tipo de proyecto futuro. Por esto, sobre todo al final del franquismo, se convirtió en la excusa para predicar la independencia de los «países catalanes», la obligación de desconectar con España, de desligarse de su cultura, de sublimar la lengua como hecho diferencial y para crear la comunidad homogénea sobre la base de una sola identidad cultural.