Cultura

Rattle: natural y diáfano pasado, el rescoldo y la ceniza

Dirección: Simon Rattle. Obras: Haydn, Britten, Rachmaninov, Adams y Brahms. Música: Orquesta Sinfónica de Londres. Palacio de Festivales, 11 y 12-VIII de 2019.

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Siempre hay que admirar en Rattle la capacidad para aclimatarse a cualquier estilo y a cualquier tipo de música. Calibra milimétricamente los planos, maneja el ritmo con autoridad y flexibilidad, y proyecta siempre texturas claras, con lo que su discurso siempre es aireado y ligero, nunca pesante; a lo que contribuye un fraseo absolutamente exento de énfasis, aparentemente espontáneo. El mismo que, hablando, mostró en una animada y reveladora rueda de prensa. Esta actuación santanderina al frente de la que es su nueva Orquesta desde hace unos meses, transcurrida ya su larga singladura de casi 20 años al frente de la Filarmónica de Berlín, ha confirmado estas impresiones. Aparecen en el Festival cántabro por segunda vez consecutiva como residentes. Repetirán todavía el año próximo. Por las dificultades y la relativa rareza de la obra, que se escuchaba por primera vez en Santander, hemos de referirnos en principio a la ejecución de «Harmonielehre» de John Adams, singular sinfonía en tres movimientos de 40 minutos en la que pueden apreciarse los rasgos de extracción minimalista del autor, entremezclados con potentes disonancias y conexiones wagnerianas a través del tejido parsifaliano del segundo movimiento. Rattle supo organizar todo con temple, seguridad y férreo mando el gigantesco complejo, desde los furibundos acordes del comienzo al poderoso cierre, con la orquesta a toda presión gritando a plena voz una misma y mantenida nota, pasando por el acogedor y lírico segundo movimiento, titulado evocativamente La herida de Amfortas. Disfrutamos mucho con una soleada, bienhumorada, de sorpresas armónicas bien resueltas, «Sinfonía nº 86» de Haydn, en la que Rattle expuso de manera diáfana el cambiante tejido.

La didáctica «Guía de orquesta para jóvenes» de Britten nos reveló las posibilidades de la excelente orquesta, que pudo lucir las habilidades de sus solistas. Vino luego la plúmbea y rapsódica, eventualmente meliflua «Sinfonía nº 2» de Rachmaninov, torrencial y repetitiva, demostrativa de la poderosa inspiración melódica e instrumental de su creador y también de sus limitaciones estructurales y de su falta de sentido de la medida. Pieza muy del gusto del director de Liverpool, que ofreció desde el principio una ejecución tan intensa como clara y explícita, con clímax excelentemente conseguidos. La velada culminó con otra «Sinfonía nº 2», la de Brahms, que fue bellamente mecida en su inicio. Apuntamos la sobresaliente frase del primer trompa en la coda. Luego, lentitud, expresivos clímax dramáticos, en el «Adagio», ligereza y destreza en el «Allegretto», que sonó efectivamente, como se pide, «grazioso», y animación, organización cabal y acentuación espirituosa en el «Allegro con spirito». Rattle fue cambiando la colocación de la orquesta según la obra a tocar y regaló dos bises: una «Gymnopédie» de Satie orquestada por Debussy y una «Danza eslava» de Dvorák, nueva demostración de la calidad de maestro y formación.