
Jesús Úbeda
Raúl del Pozo: un indio de Cuenca
Le daba igual que le tildaran de “facha” o “rojo”, pero se encabronaba cuando le llamaban “viejo”.

A Raúl del Pozo le aterraba la muerte. Supongo que aquel pavor le venía de la infancia: el Júcar era el Pisón, un afluente del Edén, pero también el hogar de Escila y Caribdis, el devorador de reses muertas, el asesino de su madre. Entendía que la vida era una comedia divertida pero corta y, aunque decía que no tenía afán de inmortalidad, celebraba que, cuando le tocara vestirse con el traje de madera, lo haría dejando un legado fascinante de periodismo y literatura: “Escribir es lo más asombroso del mundo –me decía– y el de escritor es el oficio superior”.
Me enteré de que entraba en el tiempo de descuento de un modo harto repugnante: un buen amigo me contó que un político iba difundiendo por los siete mares que Raúl agonizaba. Lo visité varias veces. Durante su larga convalecencia, en la que siempre le acompañó la doctora Belén, lo vi lúcido, apagado e inconsciente, divertido y agrio, hablador, apático y cansado. “Qué conversación tan intrascendente”, me dijo cuando le hablaba a Belén sobre mi inminente mudanza; en cambio, cuando le conté sobre la comparecencia de Zapatero en el Senado, sintonizó el dial y escuchó con suma atención. Genio y figura en la habitación 122 de la Clínica Cemtro.
Una vez le birlé una exclusiva –Raúl publicó su artículo sobre Dana el lunes; yo, dos días antes–. El Viernes Santo de 2023, me contó que murió Dana, la perrita de sus vecinos José Luis y Beatriz. Era una cotón de Tuléar de la que se encaprichó su mujer, Natalia Ferraccioli, por quien Raúl se desvivió hasta que esta falleció el 11 de septiembre de 2018 –su obituario es, sin duda, uno de los textos más hermosos publicados en toda la historia de la prensa patria–. Según el autor de Noche de tahúres, Dana tenía pensamiento abstracto y sabía distinguir los cantos de las diferentes especies de pájaros. Las últimas palabras de Natalia fueron: “¿Has dado de comer a la perrita?”.
El contagio de sus obsesiones a los lectores
Raúl, reportero retirado, urgía a tener la oreja pegada al suelo, como los indios: “El columnista debe escuchar, y hablar, y llamar por teléfono. Si no, se repite. Contagia sus obsesiones a los lectores”. Como aquel poeta chileno que abandonó a su hija hidrocéfala, el maestro de Cuenca confesaba que había vivido y tenía claro que no sólo de estilo se vive en una columna; que, allende las metáforas, los ritmos y las referencias, al lector había que aportarle buenas o malas nuevas. Era un rasgo exclusivo suyo. Raúl daba primicias en “El ruido de la calle”. Ahí están sus revelaciones sobre Bárcenas o sobre el rey Juan Carlos.
El periodismo fue siempre su primer amor. De joven, acudía al Café Colón de su ciudad levítica para venerar a César González-Ruano, que redactaba en cuartillas. Sus primeros textos vieron la luz en Ofensiva y en el Diario de Cuenca. En París, fue el negro de Alberto Oliveras, el locutor de Radiorama. Le quemó la casa sin querer, tapando con un trapo de seda una lámpara. Ya en Madrid, dio su primer pelotazo en Eurofoto, con un pie de foto: “La reina Fabiola abandona España deja a sus perros abandonados”. Se estrenó en Pueblo el 21 de abril de 1966, con un reportaje sobre unos poceros de su tierra: “¡Guerra a las ratas! Un viaje a las entrañas de Madrid”. Fue la estrella del diario del sindicato vertical. Firmó en Mundo Obrero, en La Calle, en Diario 16 o en Interviú. En esta última revista, entrevistó a su amigo Paco Rabal. Titular: “Franco es un asesino nacional y el Papa uno internacional”. Por ello, al actor le reventó una campaña para publicitar champán. En 1991 fichó por El Mundo; en 2007, tomó el testigo de Umbral en la contraportada. Fue un buen novelista. Cosechó más premios que Zidane. “He escrito lo que me ha salido del pijo –decía–, he burlado la censura y he llegado a este nuevo siglo en el que al puritanismo de los inquisidores sucedió el de los retroprogres, y no sé cuál de ellos es más repugnante”. Miraba los comentarios que le dejaban en sus artículos y en Twitter. Le daba igual que le tildaran de “facha” o “rojo”, pero se encabronaba cuando le llamaban “viejo”.
Raúl, que adoraba a Shakespeare desde la adolescencia, consideraba el epitafio del bardo de Avon una horterada; en cambio, levitaba con el que Lord Byron le hizo a su perro Boatswain: “Cerca de este lugar / reposan los restos de un ser / que poseyó la belleza sin la vanidad, / la fuerza sin la insolencia, el valor sin la ferocidad”. Ha muerto el mejor de todos nosotros. Quién soy yo para glosarlo. Sólo espero no haber caído en algún tópico. Los detestaba. Dale descanso eterno, Señor. La que debe de estar armando allá arriba con Lola Flores…
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