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«Ricardo III»: Mi reino por una moto

Autoría: William Shakespeare. Versión: Miguel del Arco y Antonio Rojano. Dirección: M. del Arco. Intérpretes: Álvaro Báguena, Chema del Barco, Israel Elejalde, Alejandro Jato, Verónica Ronda. Teatro Pavón Kamikaze, Madrid. Hasta el 17 de noviembre de 2019

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Ya al comienzo de la función, Israel Elejalde se lo deja bien claro al público: lo que van a ver representado no es un ‘Ricardo III’ convencional y escrupulosamente fiel al texto de Shakespeare. Y, a modo de gamberra provocación, advierte incluso el actor que pueden decir, llegado el momento, “mi reino por una moto” (cosa que luego en realidad nunca dicen) y quedarse tan anchos.

Pero lo cierto es que cualquiera que haya seguido un poco la carrera de Miguel del Arco ya esperaba que así fuera. Si hay un denominador común en la forma que tiene el director madrileño de poner en escena un clásico es su incisiva manera de ir desbrozando cada obra hasta dar con su esqueleto dramático y filosófico; hasta dejar desnuda y bien visible la esencia de un texto que luego él vuelve a engalanar con otros ropajes distintos, más propios de nuestros días. La opción no tiene por qué ser la única ni indefectiblemente la mejor; pero a él, desde luego, le funciona divinamente. Es una forma de hacer teatro que domina a la perfección y en la que está un peldaño más arriba –lo voy a decir se pongan como se pongan los flipados que solo ven ‘contemporaneidad’ cuando viene de fuera- que cualquier director, ya sea español o extranjero.

Centrándonos en ‘Ricardo III’, el resultado no puede ser más convincente. No sé si habrá polémica o no por los guiños relacionados con Franco, el periodismo, el rey emérito, Cifuentes, Villarejo, etc., que se suceden a lo largo de la función; pero no creo que sean, ni de lejos, lo más importante ni tampoco lo más llamativo. Más allá de las anécdotas traídas con gracia e ingenio a la dramaturgia, lo que de verdad sorprende es precisamente lo más hondo y fundamental: la nítida y espeluznante fotografía que el director –con la inestimable ayuda de Antonio Rojano, que firma con él la versión- hace de la naturaleza del poder y de la inapelable perversión de sus mecanismos. Es una obra que contiene el mismo grito poético de los grandes románticos del XIX –precisamente fueron ellos quienes recuperaron y pusieron en valor la literatura de Shakespeare-; un grito lastimero, terriblemente escéptico, mordaz, cargado inevitablemente de ironía y de una reveladora, y a la vez dolorosa, hermosura.

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Y ese grito no puede sonar más atronador y espantable en el escenario, proferido por un inmenso Israel Elejalde, en el papel protagonista, que hace una auténtica exhibición de versatilidad - amoldándose a esa original mixtura lingüística de la versión, en la que conviven el lirismo más desgarrador y el puro cachondeo- y demuestra, como muy pocas veces tiene oportunidad de hacer, que sabe manejarse en la comedia con la misma soltura que en el drama, que es el género donde preferentemente ha ido asentando su brillante carrera.

No obstante, a pesar del destacado y lógico peso que tiene Elejalde, es este el ‘Ricardo III’ más coral que yo haya visto nunca. Solo seis actores dan vida a todo el resto de personajes en un continuo entrar y salir de escena que exige tanta destreza como concentración. Cristóbal Suárez y Verónica Ronda están tan extraordinarios como de costumbre, pero llamarán mucho la atención esta vez Manuela Velasco y Alejandro Jato. La primera, porque muestra una desenvoltura y una ductilidad que quizá otros papeles anteriores en su carrera no le habían permitido tanto; el segundo porque, siendo casi un desconocido en los teatros, rezuma ya una seguridad en cada personaje fuera de lo común.

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Lo mejor: El pavoroso final, que viene a colocar a todos en el mismo ángulo de la crítica.

Lo peor: En algunas escenas podrían haberse limado más algunas reiteraciones.