Cultura

¿Se nos está olvidando escribir a mano?

La proliferación de las pantallas abre un debate sobre la efectividad de las nuevas plataformas: ¿hemos perdido práctica en el movimiento de muñeca o simplemente estamos aprendiendo a comunicarnos de una manera completamente diferente?

Los  «Cuadernillos Rubio» se convertieron en el mejor compañero de los veranos de toda una generación
Los «Cuadernillos Rubio» se convertieron en el mejor compañero de los veranos de toda una generación

En mitad del fecundo panorama filosófico del siglo XIX, la lucidez de alguien tan irreverente y polémico como Schopenhauer ponía de manifiesto la existencia de dos tipos de escritores. Esta sencilla y escueta categorización distinguía básicamente entre aquellos que escribían por el tema mismo, es decir, que habían tenido ideas o experiencias que les parecían dignas de ser comunicadas, y aquellos que escribían por escribir y en cuya necesidad de dinero basaban toda su vocación. «Como te prometimos, te enviamos esta postal para que veas el sitio donde estamos. Decirte que estamos siendo muy felices estos días. Ayer estuvimos en Ayamonte y mañana cogeremos un ferry hasta Isla Cristina. Ya tenemos los billetes para Portugal. La abuela como siempre, con sus claveles. El tiempo nos acompaña y nos acordamos mucho de ti, ¡aunque me llames pesado! Nos debes un beso por tu cumpleaños. Dale unos cuantos a mamá y a papá. Te queremos mucho. Fdo: Rafa y Pepa». Creo que mi abuelo y en general todos los del mundo pertenecían sin ningún tipo de duda a ese primer grupo. Un grupo que encontraba en la letra manuscrita la forma más efectiva y directa de manifestar con premura que la abuela seguía volcando toda su creatividad en las servilletas de papel que utilizaba para crear claveles o expresar la dimensión exacta de un ejercicio tan antiguo como echar de menos.

Esa necesidad de coger un lápiz, un bolígrafo, una pluma estilográfica o, en el peor de los casos, un portaminas y trazar palabras en el papel que expresen todo aquello que queremos congelar en el tiempo es una práctica que hoy en día parece extinta si nos atenemos a la desaparición de medios como las cartas, las dedicatorias en los libros, las postales, las felicitaciones navideñas o las propias redacciones. Todos ellos depositarios de un espacio, una repentina terapia de expresión, un sentimiento y una época que han ido sustituyéndose de forma progresiva por el emoticono de un mono tapándose los ojos, el «sticker» de la Veneno instándote a que practiques el oficio más viejo del mundo o el «meme» de turno de Julio Iglesias con el que ya no hace falta utilizar expresiones como golfo para referirse a la rutina disoluta de alguien, sino que basta con mandar la cara del cantante acompañada siempre del inconfundible «y lo sabes».

El roce de la tinta

En medio de este cambio de paradigma, de evolución en los métodos de comunicación y de extinción inminente del ejercicio de escribir a mano en aras de la irrupción tecnológica, cabría plantearse la siguiente cuestión: ¿se nos está olvidando escribir a mano o simplemente estamos aprendiendo a comunicarnos de manera diferente? El filósofo, ensayista y traductor Fernando Castro (Plasencia, 1964) no solo niega esta posibilidad, sino que además apuesta por la idea de que, en todo caso, escribimos demasiado: «Podría jugar con la idea, post-Derrida, de que, si la historia de la filosofía fue, entre otras cosas, el “olvido de la escritura” y, por tanto, un fono-logo-centrismo, la época actual global y neoliberalizada está marcada por el desquiciamiento de la escritura. No creo que estemos tanto en una “amnesia” o disolución de la misma cuanto en una super-presencia, en una suerte de déficit de escrutinio por hiperactividad. Escribimos demasiado, lo compartimos todo y no somos capaces de poner freno. Nos hemos convertidos en anómalos delirantes de la super-escritura», indica.

La cuestión que hace referencia al hecho de si escribimos de manera distinta le genera sin embargo una visión más positiva y alejada del dogmatismo académico, tal y como señala: «Cuando no privilegias un “modo” de escribir, como es mi caso, te resulta difícil caer en un discurso catastrofista como si solamente mereciera ser leída la prosa decimonónica, indexado lo (presuntamente) académico o amparado en la nostalgia (viejuna) un ejercicio que “habría que hacer” con pluma de ganso». Moverse en el ecosistema de pantallas actual complica la convivencia entre ambos formatos, pero en ningún caso la imposibilita. En su libro «Lectura Transmedia», el doctor en Comunicación Social Francisco Albarello señala un concepto de especial interés que ayuda a comprender mejor la relación entre ese matrimonio de conveniencia que forman la escritura y la tecnología. Leemos y escribimos en un mismo aparato. Y el hecho de que estas dos prácticas ocurran en el mismo lugar nos fuerza inevitablemente a tener que adaptar la segunda a la primera.

La utilización del whatsapp y el uso que hacemos actualmente de las plataformas de mensajería digital es la actividad más nítida para ejemplificarlo: el chat puede llegar a entenderse como un género en sí mismo. Esa especie de dicotomía entre el lenguaje escrito –que tiende a ser más pensado, formal y estrictamente distante– y el lenguaje oral –que se acerca a la proximidad y a lo espontáneo– se han encontrado con un registro que consigue tener entidad por sí mismo. Un registro que posee sus propias herramientas y códigos de comunicación y cuyo aprovechamiento a la hora de expresar un pensamiento depende única y exclusivamente de la voluntad individual que presente el usuario.

Existe sin embargo una brecha generacional caracterizada por la nostalgia y la falta de práctica actual en las aulas (apenas se escriben dictados o se ejercita el estilo) e impulsada por el recuerdo de cómo se movieron una vez las manos que escritores como Javier Marías, Víctor del Árbol o Federico Moccia siguen conservando intacta para preservar el carácter artístico y artesanal de la tinta. El primero escribe a máquina y tiene el impulso de corregir encima del papel de manera concienzuda las posibles faltas que haya detectado hasta dar por buena la página.

El segundo, ex Mosso de Esquadra y autor, entre otras, de la novela finalista del XIII Premio Fernando Lara de 2008, «El abismo de los sueños», sigue confiando en los cuadernos rayados y en el bolígrafo para ordenar sus ideas y esquematizar los capítulos de sus obras: «Empieza siendo algo pequeño, una palabra. Y crece hasta convertirse en algo universal», admite al tiempo que añade: «Aprendí a escribir imitando la caligrafía de mi padre para parecerme a él. Hay un componente sentimental en todo esto. Además, me gusta mucho el roce de la tinta en el papel blanco. No es virtual, existe algo que crece ante tu vista y cuando escribo a mano me tomo la libertad de no corregir, me centro en la escritura propiamente dicha». El catalán también reivindica la necesidad de preservar la escritura manual «ya no solo por las conexiones neuronales que implica, sino por el hecho de mantenernos apegados a algo que nos conecta con la esencia misma del aprendizaje». En el caso Moccia, el fenómeno de ventas italiano también se refugia en la calidez de los bocetos hechos a mano para dotar de romanticismo y autenticidad a sus historias, porque la sensación de estar dibujando palabras en nada se parece a la de teclearlas.

La Olivetti

Todos comparten ese elemento relacionado con el espíritu de los amanuenses que se contrapone, en cierta medida a la mirada de Castro: «Empecé escribiendo a mano y con lápiz, pasé por la máquina Olivetti, la eléctrica y los primeros ordenadores. Dicté artículos desde teléfonos fijos, mandé textos por ese aparato obsoleto llamado fax y ahora toda va (aparentemente) como la seda con internet». ¿Existe realmente una orfandad de la escritura manual? Si pensamos en el viaje en ferry a Portugal de mi abuelo y en su manera de reclamarme un beso a través de la tinta de un bolígrafo o en los cuadernos de Víctor del Árbol, todo cabría indicar que sí, pero negar las posibilidades que ofrece el mundo tecnológico en términos de comunicación no solo resultaría necio, sino también peligroso. Las palabras siguen reclamando que alguien las escriba para que, como diría aquel, no se las lleve el viento, pero la elección de las herramientas con las que hacerlo –sea un teclado, una pantalla, un boli o, Castro dixit, el dedo del pie– es algo que solo corresponde al interés que muestren las futuras generaciones por no convertir el arte de la escritura en un simple recuerdo.