Cultura

«Sueños y visiones de Rodrigo Rato»: El duro despertar de un plácido sueño

Autoría: Pablo Remón y Roberto Martín Maiztegui. Dirección: Raquel Alarcón. Intérpretes: Javier Lara y Juan Ceacero. El Pavón Teatro Kamikaze. Hasta el 21 de septiembre de 2019.

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Ingeniosa, diferente, aguda, divertidísima, mordaz... Todo eso y más es esta portentosa obra, sencillísima en apariencia y muy compleja en el fondo, que dirige de manera soberbia Raquel Alarcón sobre un texto escrito por Roberto Martín Maiztegui y el cada vez más aclamado Pablo Remón. Con un ritmo endiablado y en un escenario prácticamente desnudo –cinco sillas dispuestas de diferentes maneras conforman toda la escenografía–, dos únicos actores, haciendo un trabajo tan gamberro como sublime, recorren la vida del político Rodrigo Rato desde su infancia hasta su ingreso en prisión, incorporando para ello un sinfín de personajes relacionados con su biografía. Por si eso no fuera ya difícil, el relato, en un alarde de acrobacia dramatúrgica, se ubica dentro de una analepsis y se desarrolla de una manera fragmentaria en la que, incluso, se introducen voces narrativas que rompen caprichosamente la cuarta pared con referencias metateatrales y aclaratorias sobre qué es verdad y qué es pura invención en la historia que se está representando. Pero, ojo, todo se entiende y se sigue a la perfección desde la butaca sin hacer el más mínimo esfuerzo. Lo cierto es que esa doble naturaleza del texto, ese hermanamiento entre realidad histórica bien documentada y ficción cotidiana disparatada, no puede manejarse de manera más honesta artísticamente y más oportuna. Porque no se utiliza de forma tendenciosa o victimista para juzgar a unos personajes poderosos y ajenos al ciudadano corriente al que representa el espectador, sino que sirve como un satírico y eficaz recurso para meter al público dentro de la historia, y para que vea en ella con claridad y sonrojo –en este sentido el final es una genialidad– que solo cuestionamos moralmente algunos pelotazos económicos cuando han dejado de beneficiarnos.

Lo mejor

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Como en toda gran obra, hay una absoluta renuncia a socorridas y facilonas arengas

Lo peor

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Las situaciones y personajes son tan concretos que el texto difícilmente puede trascender su tiempo