Literatura

Swing, jazz y charlestón: antes del rock ya había adolescencia

La música afroamericana llegó a España durante la primera mitad del siglo XX: drogas duras, moda y noches golfas aparecen en el relato de un libro desmitificador sobre la sociedad de nuestro país, que ni estaba tan atrasada ni, desde luego, era tan aburrida

Cartel de conciertos
Cartel de conciertos

La música afroamericana llegó a España durante la primera mitad del siglo XX: drogas duras, moda y noches golfas aparecen en el relato de un libro desmitificador sobre la sociedad de nuestro país, que ni estaba tan atrasada ni, desde luego, era tan aburrida

El rock & roll construyó su propio mito y fagocitó a todos los demás con su promesa de eterna juventud. Se dice que con Bill Halley y su «Rock Around the clock» comenzó todo: la rebeldía, el sudor en la pista de baile, la provocación, el sexo y las drogas. Sin embargo, eso no es cierto en absoluto. Incluso es inexacto para el caso de un país periférico como el nuestro. La lectura de «Bienvenido Mr. USA. La música afroamericana en España antes del rock & roll», de Ignacio Faulín, es una invitación a los cafés, salas de baile y clubes nocturnos que se movían al margen de la corriente más popular –la copla o la zarzuela–, al son de ritmos negros antes de la llegada del rock. Este relato desmiente tópicos, porque una España era analfabeta, sí, pero había otras, como esa que en Madrid y Barcelona bailaba según la moda más candente y consumía drogas tan duras como en los años 80. La adolescencia ya estaba inventada.

La primera enseñanza del libro, para el autor, fue «la sorpresa al descubrir que en fases críticas de nuestra historia la música circulaba intensamente. Somos un poco cenizos con nuestra cultura, que siempre vemos más atrasada de lo que está, y tendemos a identificar la política con la sociedad y los modos de vida. Pero el jazz llega a España en 1919, al mismo tiempo que en países de nuestro entorno, durante la Guerra Civil y en la primera posguerra existió un intenso intercambio cultural». En el libro, Faulín asegura que Madrid era, durante los años 40, una de las ciudades más modernas y cosmopolitas del mundo. «Es el reverso de lo que habitualmente se dice y escribe. Cuando se habla de la posguerra se centra mucho el foco en la política, que podía ser negativa, pero lo cierto es que la gente se divertía. Aunque parezca raro, había muchas subculturas populares incluso anteriores a los ‘‘teddys’’ de Inglaterra o a los ‘‘rockers’’».

«El baile de San Vito»

«Pero no nos adelantemos –pide el autor–. Antes, en 1903, llegó a España el primer género afroamericano, el ‘‘cakewalk’’, un estilo de raíz específicamente negra» que causó estupor en la sociedad española. Todos los ritmos nuevos siguen el mismo proceso de asimilación en la sociedad (y aún lo hacen hoy en día): de la burla inicial por parte del «establishment» cultural se pasa a la difusión minoritaria que va calando en algunas capas de la sociedad a pesar de la oposición de las generaciones anteriores, y, finalmente, su popularización. Un artículo en «La Vanguardia» lamenta «la decadencia del tiempo y los bailes desco yuntados del nuevo estilo frente a la elegancia del minué y el vals de nuestros abuelos. ¡Parece que tienen el baile de San Vito!», lamenta un cronista. Después llegaron el «one-step» y el «two-step» y toda una fiebre por el baile. Cuantos más estilos se conociesen, más a la moda se andaba: así nacieron el «turkey trot» (trote del pavo), «monkey glide» (deslizamiento del mono), el «camel walk» (paso del camello), «bunny hug» (abrazo del conejo), «grizzly bear» (el del oso), «eagle rock», «chicken scratch» (rascarse como un pollo), «snake hip» o «kangaroo dip» (inclinación del canguro) entre los más celebrados. Pero ninguno triunfó tanto como el «fox-trot», que también tiene un origen en danza animal (fox, en inglés, es zorro). Emilia Pardo Bazán y Julio Camba dejarán testimonio de las noches del Ritz y el Palace en el Madrid que vive la neutralidad bélica de 1914 como casa de acogida de la burguesía internacional. Este estilo causará fiebre entre las élites igual que lo hace el «Boston vals» y «las plumas, las boas y los escotes turbadores se exigen para cantarlos», tal y como recoge el libro.

Efectivamente, en 1919 llegará el jazz, que será recibido por la prensa como «música escrita y tocada por locos para que bailen los micos». El jazz y el charlestón. Así definía un artículo a la subcultura juvenil de las «flapper», chicas que frecuentaban estos ambientes musicales, casi como si fuera la mujer de hoy en día: «La nueva muchacha parece definirse por los bienes y servicios que es capaz de consumir. Activa y liberal, consume kilos de cosméticos al año, suele practicar deportes poco antes reservados a los hombres, luce una silueta muy delgada y el pelo corto con flequillo de chico insolente».

Aunque el subtítulo anuncie que el relato se centra en la música afroamericana, Faulín contextualiza el panorama con el acervo propio, como el género típicamente español (en realidad, casi madrileño) de la revista. Transformistas, vedettes, cómicos y bailarines se mezclan en un género bufo que sortea la respuesta de un público asilvestrado. Tan propios y tan picantes eran estos espectáculos, que hasta se inventó para ellos una palabra castiza: la sicalipsis. Estamos en la edad de oro del erotismo español, que tendrá su cénit en el cuplé. Por cierto que Julio Romero de Torres, el pintor que dio forma a algunos de esos mitos eróticos de la mujer española, prefería las noches del Hotel Palace, adonde acudía a escuchar a la excéntrica Jazz Band White And Black en compañía del torero Juan Belmonte.

Y, como es casi inevitable cuando se habla de la noche, había condimentos que alegrasen (o anestesiasen) el alma. En 1925, la diferencia entre droga y fármaco era inexistente, según recoge Faulín en el libro, y las boticas administraban a cinco pesetas el gramo de heroína. Morfina, cannabis, opio, láudano y otros tantos productos tenían un precio por gramo equivalente a una docena de huevos. No debía ser algo tan infrecuente, si en 1926 la cupletista Luisa Vila estrenó el «Tango de la cocaína», cuya hedonista letra decía así: «Cuando el querer me hizo pensar, / cuando el amor yo vi alejar,/ fue la morfina el consuelo / para mi anhelo feroz calmar... / ¡Viva el champán que da placer, / quiero olvidar, quiero beber! / Mi juventud ya declina / ¡dadme a probar cocaína!». ¿Había tanto vicio? «Bueno, según algunas crónicas parece que así era. Pero está lleno de matices porque en realidad lo más frecuente era el hachís que venía del Sáhara español, pero he investigado en bibliografía que está llena de anécdotas al respecto», cuenta Faulín.

El periodista César González Ruano describe el ambiente del Maxim’s, el club de jazz de referencia en Madrid, con un párrafo que en sí mismo vale una serie de televisión: «La puerta la guardaba un negro gigante con una librea aparatosa que vendía cocaína en unos frasquitos de color marón que contenían un gramo y que eran de la casa Merck... fue el bar de los modernos de entonces, había orquesta de baile, ruleta, todo lo que cualquier niño bitongo, todo lo que cualquier golfo con clase pudiera desear. Acudían las exportadoras de la cocaína, las inductoras en esos paraísos a los clientes embriagados. Las colegas españolas y nuestras chicas ‘‘nardo’’ se dieron al vicio con incontrolada aplicación. Nuestras mundanas serían menos mundanas pero más apasionadas; en su adicción a la coca, en su afición por la morfina, por la droga inyectada; también en sus destapes integrales y sus poses provocadoras superan a las francesas». Cosas parecidas podían decirse del Bar Chicote o del Palace en Madrid y de templos de Barcelona como el Apolo, el Principal y el Hot Club.

El tópico de la censura

«Se dice que en los años 40 todo era copla y no es cierto. Es cierto que los géneros nacionales estaban en un plano superior de aceptación popular, pero la música norteamericana, como el «hot jazz», estaba muy presente y esa historia queda por contarse. O antes de eso la música swing, que se veía a través de las películas y que los jóvenes españoles imitaban. Aquí se les llamaba los ‘‘pollo swing’’ y se movían por ambientes que escapaban a la censura y a la represión», dice Faulín. «Hay ciertos tópicos acerca de la censura. La verdad oficial es que el jazz es un ritmo extranjerizante y negroide y no recomendable, pero hay demasiados tópicos al respecto. Nunca pasaron a la acción contra el jazz porque era lo que la gente quería. En realidad, somos un poco impresionables con este tema, lo digo tal cual. Ni siquiera en los años 60 con el twist, al que el régimen también criticó. Las intenciones de las censores no pasaron de eso, porque era algo que no se podía parar», asegura Faulín.