«El crédito»: el órdago a la banca de Galcerán

Carlos Hipólito y Luis Merlo protagonizan un cara a cara con chantaje de por medio en otra ración de mala uva del autor de «Burundanga»

Cuesta creer a Luis Merlo y a Carlos Hipólito, o al menos comulgar con su explicación, cuando los dos protagonistas de «El crédito» aseguran que el nuevo texto de Jordi Galcerán «no está hablando de la crisis, del momento coyuntural por el que atraviesa España ni de ningún personaje reconocible». Veamos: un tipo bien parecido acude a pedir un préstamo a un banco. Una cantidad «considerable, pero razonable», aseguran los actores. Cuando el director de la sucursal se lo deniega, hará algo que nunca, ningún empleado de ninguna sucursal, esperaría: contraatacará con una sofisticada amenaza que le tocará allí donde a cualquier varón españolito más le puede doler. Y no cuento más, porque los protagonistas de la que se presenta como una de las funciones de la temporada ruegan encarecidamente que no desvelemos la clave central de un texto con sorpresas, una vuelta más de tuerca alrededor de la mezquindad y las reacciones humanas, con la firma de un autor que ha conquistado al público con «El método Grönholm» y «Burundanga» y ha firmado otro puñado de interesantes comedias, dramas y thrillers, siempre sin perder de vista que el objetivo es el espectador, desde «Palabras encadenadas» a «Carnaval» o «Fuga».

Como la experiencia suele ayudar, lo primero, claro, es saber si los entrevistados, Hipólito y Merlo, han tenido que pedir un crédito alguna vez. «Yo hace tiempo, pero sí. Tuve la suerte de que me lo dieron», ríe el primero. «Sé lo que es eso. ¡Hombre! Y también sé lo que es el crédito de ampliación de hipoteca», añade el segundo. Y comparte una curiosa confesión: «Yo tengo complejo de delincuente. Cada vez que voy a pasar la aduana de un país creo que me van a detener. Y cuando he ido a un banco porque, como todo hijo de vecino, he empezado a tener dificultades económicas, por muy "thriller"que sea, me comporto de otra manera». «Te quitas la gorra», bromea Hipólito. Los dos intérpretes, que coinciden por primera vez –ni el teatro, ni el cine ni la televisión habían unido sus nombres–, charlan con LA RAZÓN sobre un montaje que dirige Gerardo Vera, quien hace doblete en cartelera con «Maribel y la extraña familia» en el Teatro Infanta Isabel.

Un tema resbaladizo

Hipólito da vida al director de la sucursal y Merlo, al «Don Juan» que acude en busca de financiación. Pero cuidado, no se trata de convertir a las entidades financieras en el demonio de todos los males: «No es cuestión de la banca, sino del sistema en el que estamos. Ellos son una herramienta más de quienes nos gobiernan... Aunque bueno, quizá éstos sean también la banca. La verdad es que es un terreno resbaladizo», cree Hipólito, y añade: «Las personas de la banca con las que hablamos son peones como nosotros. En este macrosistema económico, los que mandan son los mercados. Son quienes gobiernan ahora mismo». Aunque, como el propio Hipólito explica al comienzo de este artículo, «la obra no tiene nada de coyuntural, tiene vocación de ser eterna, porque trata de la peripecia humana de dos personas y eso puede pasar en cualquier momento». Y añade: «Siempre seguirán existiendo los bancos y esas mesas de despacho donde uno se sienta en un lugar, se supone que de poder, y otro en una posición aparentemente más frágil. Es una obra sobre el poder y el ser humano».

Galcerán es experto, prosigue Hipólito, en partir de una situación realista y apretar poco a poco los resortes que distorsionan la situación, «siempre de una manera muy creíble. Ésa es su gran habilidad. La obra está dialogada de una manera magistral, adornada con una carpintería teatral brutal que mantiene la atención del espectador siempre alerta... y es muy divertida». Sabe de lo que habla: el actor madrileño fue uno de los protagonistas de «El método Grönholm», un éxito al que cabría aplicar la misma descripción. «El sello Galcerán se ve aquí, es una obra muy dinámica que está en la calle, con la cual todo el mundo se puede identificar, como podía ser presentarse a un proceso de selección, lo que ocurría en el "Grönholm". También está llena de un humor muy inteligente. Ojalá se convierta en otro éxito igual». Y al desear ese éxito, Merlo subraya: «El único país que conozco en el que la rentabilidad, la calidad y el prestigio están reñidos es España. No son incompatibles, pero aquí, si algo es comercial, parece que ya no es bueno».

Puestos a buscarle una etiqueta al texto, Merlo habla de «un género que no existe pero que a mí me encanta: una comedia de relaciones». Para el actor, en escena «se provoca una relación de fondo. A mí me gusta siempre jugar, como lector, a imaginar qué pasará con esos personajes cuando la obra termine». Los protagonistas, explica Hipólito, «son dos personajes que a lo largo del texto hacen un viaje personal, cada uno, y conjunto a veces, a través del humor y de sus respectivos dramas personales».

El director tiene éxito social, un buen trabajo, una mujer estupenda... «Pero todos nos vamos dando cuenta de que todo eso es una máscara. No sólo no tiene controlada su vida, sino que está en una situación terrible», cuenta Hipólito. «Es un personaje muy divertido porque es un tipo temperamental». Al otro lado de la mesa está el personaje de Merlo, quien resume en una frase que oyó a alguien el espíritu que define a su papel: «"Lo que me molesta de no tener dinero es el tiempo que pierdo buscándolo". Mi personaje es mucho más libre que el del director, porque vive muy al día, pero eso, en esta sociedad, tiene un precio: la subsistencia diaria. Son dos esclavos del sistema, cada uno a su manera, aunque el mío parezca más libre». Insisten en que la obra no habla de la crisis, pero Merlo llama la atención sobre un hecho: «Ahora cuesta más vivir al día. Los mendigos van cada vez mejor vestidos. Es fácil imaginar que a este personaje hace quince años le era mucho más fácil vivir "gualtrapeando". Hoy tiene que currárselo más».