Irene Escolar: «Es bonito que el miedo no se pierda nunca»

Lorca la ha invadido y ella, encantada. Primero con «El público» y después con «Leyendo a Lorca». Antes, fue la hija de la Mariana Pineda del granadino

Lorca la ha invadido y ella, encantada. Primero con «El público» y después con «Leyendo a Lorca». Antes, fue la hija de la Mariana Pineda del granadino

En el mundo de primeras impresiones y conceptos curiosos –por llamarlos de algún modo– Irene Escolar tiene cabida. Sin duda. Respecto a lo primero, sólo miren. Y con lo segundo, conviene rescatar uno de esos «trending topic»: la sapiosexualidad. Aún gusta más durante una charla, o cuando cuenta que se matriculó en Periodismo por el simple hecho de «coger algo de cultura general»; no por vocación, que para eso ya pertenece a una saga con solera. O cuando le proponen un proyecto de esos de aúpa y se mete en la piel de la Escolar dramaturga –actriz incluida– para marcarse un «Leyendo a Lorca» –en el Pavón Kamikaze de Madrid– que la vacía. Un autor muy presente en su vida interpretativa, con él empezó y con él triunfó el año pasado en el estreno de «El público» –con el que está de vuelta, hasta el domingo, en La Abadía–.

–Imposible separarte del granadino, ¿no?

–Sí, «Mariana Pineda» fue la primera obra que hice, con nueve años, y el pasado cerré el círculo con «El público», una función que Lorca escribe en Nueva York durante una crisis personal y artística. Tiene su punto seguir el mismo recorrido que Federico.

–Creó una función «irrepresentable», en principio.

–Él decía que era un poema para ser silbado y, en su momento, irrepresentable, pero creo que se refería a la España de entonces. Sí estaba en su pretensión que se viera. Lo dijo: «He escrito algo que ahora nadie entiende, pero dentro de 20 años será un exitazo».

–Y ahí aparecen ustedes... Aunque todavía hay alguno que dice que no entiende nada.

–Alguno, pero de manera racional. Àlex Rigola –director del montaje– dice que es un sueño y hay que dejarse llevar como si fuera tal por las imágenes y por las ráfagas de belleza. Es una función con muchísimo sentido, no da puntada sin hilo. No es una obra surrealista, sino suprarrealista.

–Y luego está «Leyendo a Lorca», una pieza 100% suya.

–Exacto. Una de las veces que más he disfrutado en el escenario. Lo que pasa es que no lo puedo hacer de seguido porque acabo completamente vacía. Así que una vez a la semana está bien.

–¿Qué es el teatro para un chica que encarna la sexta generación de una saga de actores?

–Un refugio. El lugar en el que me he desarrollado como persona. Hay algo que me hace sentir en casa, tranquila, cómoda, feliz... Un sitio en el que experimentar, cuestionarme a mí misma y crear familias paralelas. Todo lo que me ha aportado el teatro siempre ha sido bueno y me ha hecho crecer.

–¿Por qué no termina de entrar en televisión?

–Ahí hice uno de los personajes más bonitos de interpretar: Juana la Loca. Después ya no he tenido mucho más tiempo de enfrentarme a otras cosas, me salieron ofertas, pero hay que escoger. Espero volver, lo que pasa es que hay que establecer prioridades...

–Y ahí el hábitat natural de Irene Escolar es el escenario...

–El cine me gusta, pero, sí, mi lugar es el teatro.

–Àlex Rigola le dijo que tenía que distinguir entre risas y toses...

–Sí, que el problema no era si la gente se reía o no, sino que hubiera muchas toses. Y he visto que tenía toda la razón: en «Leyendo a Lorca», primero hago introducciones de las obras que se van a ver y luego empiezo con los personajes dramáticos, y cuando interpreto hay un silencio sepulcral. Se corta el aire, aunque cuando termino y leo las introducciones, momento de relax, la gente empieza a toser como para liberar tensiones.

–¿Cómo es ese doble juego de interpretar y tener la mente en las reacciones del público?

–Nuria Espert dice que un actor tiene que dividir la cabeza en dos: una parte puesta en la interpretación y otra en estar pendiente de todo lo que pueda ocurrir encima del escenario, que es un lugar peligroso, y entre el público. Estar en esa doble alerta es la dificultad.

–¿Qué peligros hay?

–Siempre tiene que existir la amenaza, así el público percibe que el escenario está vivo. Todos trabajamos por que haya vida en él, que pase algo de verdad. Y, luego, lo que ocurre encima de las tablas es incontrolable.

–Sebas Álvaro, importante montañero, me dijo que lo que le mantiene con vida es el miedo. ¿Usted lo tiene?

–Sí, y es bonito que siga ahí y no se pierda nunca. No el que te paraliza, sino el hecho de enfrentarte a él.

–En «Leyendo a Lorca» no hay quien la ayude a plantarle cara...

–La palabra de Federico y yo. Es lo más valiente y complicado que he hecho nunca.

–Emilio Gutiérrez Caba (su tío abuelo) la compara con su abuela Irene. ¿Por qué?

–Dicen que las Irenes de la familia somos las más vocacionales. Nos parecemos, cuentan, en esa capacidad de vivir por y para nuestra profesión.

–¿Qué recuerda de ella?

–Murió cuando yo tenía siete años, pero tengo la imagen de acompañarla al teatro.

–Ha pasado el tiempo, y a esa niña ahora hay quien la llama «la mejor actriz de su generación».

–Eso sí que da miedo.

–¿Vértigo?

–Sí, porque, y no es falsa humildad, me parece que hay mucho talento. Me siento muy halagada, pero no me gusta que me comparen. La gente ya me lo demuestra confiando en mí y cuando las entradas se agotan. Veo que me han ido siguiendo y, por eso, tengo la necesidad de no defraudar.

–Devolver la entrada...

–Exacto, cuesta mucho pagarla. Cada vez soy más consciente de la responsabilidad que tengo de que esa inversión de tiempo y dinero merezca la pena.