Actualidad

La eterna duda entre ser y no ser

El Teatro Español estrena «¿Quién es el señor Schmitt?», una obra dirigida por Sergio Peris-Mencheta y con Javier Gutiérrez y Cristina Castaño en sus papeles principales.

El Teatro Español estrena «¿Quién es el señor Schmitt?», una obra dirigida por Sergio Peris-Mencheta y con Javier Guitérrez y Cristina Castaño en sus papeles principales.

Publicidad

¿Quién es el señor Schmitt? Esa es la cuestión. El señor y la señora Carnero cenan tranquilamente en casa, cuando de pronto suena el teléfono. Nada raro, salvo que los Carnero no tienen teléfono. El misterioso interlocutor, después de varias llamadas, insiste en querer hablar con un tal señor Schmitt. Todo es extraño, pero aún lo es más cuando descubren que la casa en la que están encerrados no parece la misma, todo ha cambiado, los cuadros, los libros no son suyos, la ropa de sus armarios no les pertenece... y hasta la llave de la puerta no funciona, está cerrada. El pánico se apodera de todo. La pesadilla no ha hecho más que comenzar. ¿Son acaso el señor y la señora Carnero los señores Schmitt y no lo saben? ¿Quién está loco? ¿Quién posee la verdad? ¿Él? ¿Ella? «¿Los otros»? ¿El espectador? «¿Quién es el señor Schmitt?» es una propuesta del francés Sébastien Thiéry que llega al Teatro Español adaptada y dirigida por Sergio Peris-Mencheta, con Javier Gutiérrez y Cristina Castaño en los papeles principales, acompañados por Xabier Murúa, Quique Fernández y Armando Buika.

Un embrollo kafkiano

«De las obras que he dirigido ésta es de las que menos puedo decir, incluso en el programa de mano hay poca información porque es una sorpresa continua –comenta Peris-Mencheta–. Y pido a espectadores, críticos, blogueros y tuiteros que la vean, que cuiden de no destriparla». Porque la pieza es un tipo de obra nada común. Lo que empieza como una sorprendente comedia, de pronto se convierte en un thriller de suspense para terminar acariciando el drama y finalmente la tragedia. «Aunque escrita en clave de comedia absurda o surrealista, va mutando hacia la tragedia existencialista, por eso es de difícil etiquetado o catalogación. El género cambia a medida que la función avanza hasta el punto de parecer un embrollo kafkiano, no en vano Thiéry bebe de Ionesco, de ahí el homenaje que le hace en el título», explica el director. «Ese drama existencial que plantea es lo que me atrajo de ella. No es una comedia al uso. Sales removido del teatro», afirma. «Thiéry tiene la prodigiosa capacidad de escribir una obra meramente existencialista utilizando el atajo del humor absurdo, inteligente y rápido que desencadena la sorpresa». En el fondo se trata de la pérdida de identidad y «no hay mayor tragedia que esto. Si no, no se entenderían los nacionalismos, por ejemplo. O la violencia del “forofismo” futbolero. El tema no es tanto que tengamos esa necesidad de identificarnos, como los referentes que elegimos para ello. Y, si me tocan esos referentes soy capaz de todo», señala Peris-Mencheta.

Publicidad

La obra juega con quién es realmente uno y qué busca en la vida, con lo real y lo inventado. Una reflexión acerca de la identidad que incluye tres ángulos de visión de la persona, lo que creemos que somos, lo que los demás piensan que somos y lo que somos en realidad.

Publicidad

«Tres visiones que tendemos a fundir en una y que el teatro disecciona, lo que llamamos realidad antes de entrar es otra cosa al salir», apostilla el director. Por eso habla de quiénes somos en una sociedad que nos lleva a renunciar a ser nosotros mismos y de lo que nos obligan a hacer hoy en un mundo lleno de influencias externas que nos dice qué debemos pensar, a cuestionarnos si somos realmente libres o estamos condicionados y mediatizados por esas influencias. «Más bien “mediotizados” –matiza–, y esto tiene que ver con la alienación del individuo que mata el pensamiento propio dejándose llevar. Nuestro grado de libertad real es directamente proporcional a las horas que pasamos leyendo, yendo a un museo, al cine o al teatro y mirando para adentro», afirma Peris-Mencheta. ¿Nos dejamos fagocitar, pues, por los grupos de opinión –redes, tertulianos, etc.– sin luchar por un criterio personal? «Nos falta mucha terapia en general. Y una educación en donde prime el humanismo que ayude a desarrollar el criterio personal, que no nos compare permanentemente, que nos aleje del rebaño, que nos enseñe a vivir, y no a sobrevivir». Desde ese punto de vista, la pieza trata de poner en alarma la conciencia, de darle un toque de atención, «como cualquier obra de teatro que merezca la pena, porque esa es su misión, como la del arte en general, despertar conciencias».

Para Javier Gutiérrez, «este es un personaje difícil de interpretar, pero también es un regalo, un caramelo envenenado. Resulta complicado porque te hace transitar desde el humor más absurdo a la tragedia existencialista, sales de escena en hora y media pasando por diferentes estados de ánimo. Es un antihéroe, un antisistema que se rebela contra los poderes establecidos que tratan de manipularlo y que se niega a engrosar esa mayoría silenciosa», explica. «El espectáculo es hilarante, divertido, pero deja un poso agridulce porque nos interpela a todos y abre una reflexión acerca de quiénes somos realmente. Lo que hace el autor es quitarle la careta a estos personajes que viven de forma relajada y complaciente para que acaben experimentando una pesadilla y se enfrenten al ser humano o al ciudadano que son en realidad». Una obra que, desde el principio, no busca cerrar la historia, sino que quede abierta y sea el público quien le ponga su propio final.