Teatro

Una lección a medida para una diva

«Master class». Autor: Terrence McNally. Dirección: Agustín Alezzo. Dir. musical: Susana Naidich. Intérpretes: Norma Aleandro, Carolina Gómez, Santiago Rosso, Lucila Gandolfo, Marcelo Gómez, Hugo Argüello. Iluminación y sonido: Mariano García. Teatros del Canal. Madrid, 10-X-2013.

Norma Aleandro y Lucila Gandolfo, en un momento de la función
Norma Aleandro y Lucila Gandolfo, en un momento de la función

Aunque pueda parecer paradójico, no todo monólogo dramático ha sido escrito para lucimiento del intérprete, lo que no quiere decir que éste luego no brille. Grandes soliloquios aspiran a transmitir la idea, a sublimar la palabra o a desvelar la verdad que subyace. Ahí están Samuel Beckett, Jean Cocteau o Fernando Arrabal. La emoción de la palabra en «Días felices» o la vibración de la biografía latente en «Carta de amor» destierran cualquier sospecha de complaciencia actoral, por más que luego ofrezcan, en conjunción con la liturgia escénica, un vehículo para que la actriz, en ambos ejemplos, vuele alto. Curiosamente, hay otro tipo de monólogos, los enmascarados como obras de varios personajes –«Días felices» también lo es un poco, pero de otra forma– que están al servicio de un actor. La actriz argentina Norma Aleandro logró uno de sus grandes éxitos en 1995 con «Master Class», un texto de Terrence McNally que retrata a la célebre soprano Maria Callas en las últimas clases magistrales que «la divina» impartió en la Juilliard School de Nueva York. Esta tragicomedia eficaz con la que Aleandro regresa ahora a España, sirve, para bien y para mal, como exponente laro de ese tipo de textos, los que se extienden como una alfombra para que se luzca la actriz.

¿Dije actriz? Perdón, quizá debería decir gran dama o diva, aunque Aleandro huya de estos calificativos. Lo digo sin la admiración del «fan» ni las segundas intenciones del detractor, como constatación tan sólo de que Aleandro pertenece a esa categoría que va más allá de lo puramente artístico a la que por trayectoria, logros artísticos y experiencia, tan sólo acceden unas pocas elegidas. En España, acaso la Espert. En Inglaterra, quizá Vanessa Redgrave. El peligro que acecha a quienes provocan el aplauso sólo con poner un pie en escena es dejar que la diva se imponga a la actriz.

Con una plataforma que parece diseñada a medida, como es el texto de McNally, Aleandro roza ese peligro pero logra alejarse de él. Actriz, con mayúsculas, sigue actuando –algunos se olvidan de hacerlo con los años y prefieren gustarse–, no recurre a trucos e imparte, desde el momento en que entra por la puerta convertida en la Callas, su propia lección de actuación. Lo que dice McNally sobre el movimiento de las manos –nunca si no sale del alma, reprende Callas a una soprano– lo cumple a rajatabla con un refinado y sobrio movimiento corporal. De lo que la profesora exige a una tímida alumna, tener personalidad y estilo, va sobrada. Su repertorio no es operístico, sino tonal y gestual. No vemos a Aleandro, sino a una soprano de voz acabada y corazón roto por Onassis, una mujer entregada en cuerpo y alma a su profesión y de trato difícil, capaz de triturar a sus alumnos, pero en nombre del arte.

Sin embargo, al montaje que dirige Agustín Alezzo, además de pesarle cierto clasicismo, le falta esa punzada de calor que sitúa a la palabra antes que al artista. Lady Macbeth o Amina son historia de la ópera no porque las cantara la Callas, o al menos no sólo por eso, sino porque son criaturas que conmueven. «Master Class» no es, valga el símil, una ópera memorable: el pianista Santiago Rosso o los cantantes Marcelo Gómez, Carolina Gómez y Lucila Gandolfo, que se entregan con potencia y belleza en sus minutos de gloria, son tan sólo comparsas de un personaje central, devorador de emociones y de atención, un agujero negro que lo absorbe todo sin dejar que la obra, estructurada como sucesión de consejos y recuerdos de la maestra, emita luz dramatúrgica en ningún momento, salvo un poco en sus regresiones a corazón abierto. Con todo, asistir a una lección de teatro con una mujer como Aleandro, al ritmo de Verdi, Puccini y Bellini, merece siempre la pena.