«Vania (escenas de la vida)»: Delicada cata chejoviana

Autor: Antón Chéjov. Director: Àlex Rigola. Intérpretes: Luis Bermejo, Ariadna Gil, Irene Escolar y Gonzalo Cunill. Teatros del Canal. Madrid. Hasta el 7 de enero.

Tercer montaje basado en «Tío Vania» que se estrena esta temporada en Madrid. (Esperemos que ya sea el último, porque la cosa se está yendo un poquito de las manos). Como un experto en semiótica, o simplemente como un modernísimo cocinero con sus recetas, Rigola ha trabajado sobre el texto de Chéjov para deconstruirlo minuciosamente y acendrar cada uno de los significantes que definen a los personajes y sus conflictos, presentándolos luego, ante el espectador, bajo otro envoltorio diferente. Concebida solo para 60 espectadores, que se sientan dentro de una especie de caja de madera de muy pequeñas dimensiones en la que también están los actores, la función ya parece buscar en su propia naturaleza escénica la pureza de los significados que determinan toda la trama, haciendo que el público participe de ella casi desde dentro, acompañando a los personajes tanto física como psicológicamente. Para propiciar esa comunión entre el público y los cuatro únicos personajes de esta versión –unos Vania, Sonia, Astrov y Elena que aparecen en realidad con los nombres propios de los actores–, el director ha tomado algunas decisiones bastante originales y, a la vista de los resultados, muy provechosas. La esencia de la historia sigue siendo la de unos pobres diablos que se aburren, se emborrachan y sueñan con una quimérica felicidad que les es siempre esquiva, y que tratan a la desesperada de buscar acomodo emocional y vital en una sociedad que se muestra inclemente con sus miserias particulares. Sin embargo, la función, tanto en la forma como en el tono, se aparta arriesgadamente del juego dramático convencional en el que habitualmente hemos visto representar el texto. De manera que aquí los personajes, que también hacen las veces de narradores, huyen generalmente de la batalla dialéctica para la cual les ha preparado el autor y prefieren dirigirse directamente al público con sus preocupaciones, exponiéndolas de forma reposada casi siempre, reflexiva, bajo una suerte de melancolía sostenida y en un código interpretativo más cinematográfico que teatral; pasan como si nada de la segunda persona, que impera en la acción propiamente dicha, a la primera, que sirve para contextualizar su mundo interior ante el espectador; y, de esa primera persona a una tercera que les permite explicar sus relaciones con el resto de personajes y, de paso, introducir a estos en la acción para que también ellos puedan ir tomando sucesivamente la palabra. Tan introspectiva y analítica es la propuesta que, deliberadamente, el director pasa por alto la famosa escena del disparo, con el clímax que ella genera, y prefiere que Vania traslade sus recriminaciones a Elena, que representa su verdadero fracaso existencial tanto o más que el profesor. Estupendas las interpretaciones de Gonzalo Cunill, como el taciturno Astrov; Irene Escolar, dando a Sonia el poso de sensatez que requiere; Ariadna Gil, en la piel de una Elena más cercana que de costumbre –ninguna propuesta teatral había encajado tanto con sus cualidades como actriz–; y, muy especialmente, Luis Bermejo, que hace un fascinante recorrido por Vania entrando de lleno en su dolor, su cinismo, su locura o su inteligencia.