Historia

Testigos de la Revolución

Tatiana Baranets: «Mi hija pequeña se quedó impresionada con lo que vio en el mausoleo de Lenin»

«Tengo 95 años y a lo largo de mi vida he visto muchas cosas. Soy siberiana, de un pueblo cerca de Novosibirsk. Mi familia tenía caballos, vacas, gansos, gallinas, carneros... Apenas sentí los cambios que trajo la Revolución. Mi padre era una persona humilde, de pocas palabras. No le gustaban los mítines y vivíamos tranquilamente. después la vida se organizó el koljós en el pueblo y a nosotros nos quitaron a los animales. Pero mi padre no se quejaba y se puso a trabajar como contable en uno de ellos, pues tenía que mantenernos de alguna forma. Estudié en una escuela de comunicaciones. Me gustaba instruirme. Me insistían mucho para que me metiese a pioneros y komsomoles, pero no lo hice, no era lo mío. Eso sí, durante la guerra fabriqué estaciones de radio para nuestros militares, era un encargo muy importante que tanto mis colegas como yo cumplimos con todo el rigor. Lenin, Stalin... eran nuestros dirigentes. En un principio, sus figuras no despertaban ningún sentimiento encontrado. Eso llegó más tarde, cuando se supo lo que hicieron. Recuerdo que una vez al visitar el mausoleo de Lenin en la Plaza Roja con mi hija pequeña, la niña se quedó impresionada con lo que vio y al salir preguntó en voz alta si íbamos a ver ahora la momia de Stalin. Fue un momento incómodo porque él aún estaba vivo... menos mal que no le escuchó nadie porque por cosas menos graves la gente caía presa».

Aleksandra Kireeva: «Mi sobrina formó parte del Partido comunista, me pareció muy atrevido»

«Tengo 87 años. No me acuerdo de la Revolución rusa, pero sí de la guerra, cuando llegaron los alemanes. Fue terrible. Vivíamos en la provincia de Riazán. Era una niña, pero recuerdo los bombardeos y otras salvajadas. En el invierno de 1941 hacía un frío de 40 grados bajo cero. Nos decían que no saliésemos mucho porque los nazis nos quitarían la ropa y las botas de fieltro. Teníamos miedo cuando pasaban sus tanques y, especialmente, cuando una motocicleta-espía entraba en nuestro pueblo para ver si había soldados soviéticos. Después recuerdo que nuestra aviación empezó a bombardear sus tanques. Dos aviones arrojaron bombas y se marcharon pero uno fue derribado y cayó cerca de nuestra huerta. El piloto sobrevivió, pero le encontraron los alemanes, que le torturaron durante tres días. Cuando les echaron de la aldea, pudimos acercarnos al lugar y ver el cuerpo del piloto soviético, más bien lo que quedaba de él. No tenía ojos, ni orejas, también le habían mutilado otros órganos. Durante un tiempo antes de la guerra vivíamos bastante bien, teníamos tanto pan que no sabíamos cómo comerlo. Pero la guerra lo cambió todo. Después de ésta seguimos mal un tiempo, aunque poco a poco la vida recuperó su ritmo. Sobre la Revolución no sé mucho. Éramos niños y no nos interesaban esas cosas. Nunca llegué a formar parte del Partido Comunista. Mi sobrina sí que lo hizo y a mí eso me pareció hasta un acto atrevido».

Evgueni Materenko: «La revolución trajo a gente más trabajadora y acabó con los maleantes»

«Nací en 1945 y recuerdo los últimos años de Stalin en el poder, también el día de su muerte –5 de marzo de 1953–. Había un eclipse de Sol, una especie de presagio. Recuerdo que mucha gente lloraba, había personas muy afectadas por su fallecimiento. Llegaron después años turbios, empezaron a liberar a gente de las cárceles y no sólo a los presos políticos, sino también a los bandidos. En la familia éramos 12 hijos, 9 niños y tres niñas. No vivíamos mal, pues el Estado nos ayudaba. Por eso sentíamos respeto por los líderes soviéticos aunque las cosas empezaron a cambiar con el tiempo. Fui un pionero. Entonces eran muchos los que querían llevar esa corbata roja. Luego ingresé en el Komsomol. Estudié en la Escuela de Artillería de Odesa, a donde fui tras dos años de servicio militar. Mi vida ha estado relacionada siempre con el Ejército Rojo. Entre otras misiones, estuve en Afganistán, del 86 al 89. Participé en la retirada de nuestras tropas del país. Estaba al frente de un regimiento que tuve que disolver luego y volverme a Moscú. Ahora soy pensionista y dirijo una organización de veteranos de guerras. En mi opinión, la Revolución tuvo efectos positivos porque la gente se volvió más trabajadora con los bolcheviques. No había vagos ni maleantes. La gente siempre estaba ocupada y eso hoy ya no pasa y algunas profesiones obreras están al borde de la desaparición porque los jóvenes tienen otros intereses».

Maria Ivanova: «¿Stalin? no me despertaba ningún sentimiento, estaba demasiado ocupada»

«Tengo 89 años. Llevé una vida muy difícil. Cuando empezó la guerra, vivía en las afueras de Moscú, en Bolshoe Golubino. Fue terrible. Ya ni recuerdo cómo pudimos sobrevivir porque nuestra casa se quemó y para no morirnos comíamos hasta la hierba. Tanto antes como después de la guerra vivíamos mal. Para conseguir un trocito de pan teníamos que recorrer 4 kilómetros. Éramos nueve hijos en casa. La guerra lo destruyó todo y sólo a partir de los años cincuenta la vida se empezó a normalizar. Los precios bajaron un poco, el koljós también comenzó a ayudar... Antes, todo lo que se producía lo enviábamos al frente, era la consigna de aquellos tiempos. Yo primero trabajé en el koljós, trasladando unos sacos pesados sobre mi espalda, y después ingresé en una fábrica donde también hacía un trabajo duro, que ha sido lo que ha marcado mi vida. Para muchos de nosotros era la única forma de sobrevivir en aquellos tiempos difíciles. Mi pueblo era pequeño, todos éramos trabajadores. Que yo recuerde no hubo represaliados. La opinión que teníamos de los dirigentes soviéticos no era ni buena ni mala. ¿Stalin? No despertaba ningún sentimiento

especial, éramos niños, estábamos demasiado ocupados con las tareas cotidianas. ¿Mi opinión sobre el comunismo? La verdad es que ahora mismo no sé que decir... En su momento llegué a formar parte de las juventudes comunistas, pero nunca ingresé en el partido».