Cine
Torrente frente a una realidad esperpéntica
En una España polarizada que se nueve por consignas políticas reaparece el provocativo personaje de Santiago Segura, el antihéroe español del siglo XXI. Llega tras una estratégica campaña de promoción
En medio de secretismo, rumores, imágenes robadas y polémicas desatadas, se estrena al fin “Torrente presidente”. La sexta entrega de las desopilantes hazañas del “brazo tonto de la ley”, antihéroe por excelencia (antihéroe, ojo, no héroe… que todo hay que explicarlo, como bien sabe el propio Segura) de la España del nuevo milenio, que quizá no se diferencie tanto de la del anterior. Por eso, después de mucho meditarlo y de una sucesión de éxitos dentro de la más canónica y no menos hispánica comedia familiar, Santiago Segura ha decidido volver al ataque, en un momento en el que la situación nacional clama por cronistas satíricos a la altura de Berlanga y Azcona… O a la bajura de Ozores y Lazaga. Cosas ambas que Segura sabe combinar con gracia, superando sin duda modelos como “Las autonosuyas” o “Qué vienen los socialistas”.
Por eso y quizás para llevarnos la contraria a quienes durante años, sin despreciar su nueva línea de trabajo, que en absoluto carece de méritos (entre ellos el de no ganar ni un Goya desde 1999, precisamente con la primera “Torrente”, lo que a estas alturas es un elogio), temíamos que hubiera abandonado definitivamente su faceta más satírica y políticamente incorrecta. Sentimiento resumido por esa frase lapidaria que se convirtió en vox populi (broma intencionada): “Es que ya no se pueden hacer películas así”. Hoy, ha decidido demostrarnos lo contrario. Veremos.
Torrente: los orígenes
Mucho se ha escrito y hablado sobre los orígenes e influencias de este personaje desastrado y, en palabras de su creador, “machista, borracho, guarro, cerdo…”, amén de reaccionario al peor estilo carpetovetónico, subproducto residual del franquismo más populista, populachero y popular, con sus tics nacionalistas elevados al cubo (de la basura). No cabe duda de que Segura, uno de los directores más cinéfilos, cultos y clasicistas de nuestro panorama, bebe de la tradicional comedia y humor negro españoles, esperpénticos y escatológicos, siempre con raíces en un realismo social metamorfoseado en sainete surrealista por su desmesurada naturaleza cómica y paródica.
De un lado están, por supuesto, las comedias de Berlanga y Azcona, pero también las de Ozores, el cine del “landismo” y hasta Chiquito de la Calzada. Menos evidente, pero justa y necesariamente reconocibles, encontramos influencias de “La Codorniz” de Álvaro de la Iglesia y su escuela, del inmenso Gila, del Gundisalvo de Mingote, del señor Barragán y de los mejores tebeos de Bruguera, donde Torrente se hubiera sentido cómodo en compañía de Mortadelo y Filemón, Anacleto o la familia Cebolleta, con su abuelo a la cabeza.
De hecho, el éxito del personaje de Segura influyó a su vez en que algunos de ellos volvieran a la vida en las pantallas. Menos habitual es señalar su parentesco con los viejos buenos tiempos de “El Jueves”, con personajes como el Makinavaja de Ivá, el profesor Cojonciano de Óscar, Martínez el facha de Kim o Quico el progre de Martín (los extremos se tocan). No se olvide que Segura fue colaborador de “El Víbora”, donde se publicó la adaptación al comix (así, con “x”) del propio Torrente y donde también vieron la luz las historietas más salvajes del censurado Vuillemin o de Ralph König.
Todos estos elementos se fueron sumando y depurando, arrancando del simpático y peripatético personaje que Segura interpretara en “El día de la bestia” de Álex de la Iglesia e incluso de su propio y olvidado Evilio, protagonista de inolvidables cortos de costumbrismo splatter nihilista. Al tiempo, su erudita cinefagia inscribe esta tradición netamente ibérica en el territorio surrealista y desopilante del "spoof" o parodia del cine hollywoodiense, en este caso del policíaco y de acción, con un ojo en "Harry el Sucio" y otro en Stallone y sus derivados, apropiándose ingeniosamente de los modos y malos modales de Zucker y Abrahams, los Wayans, la Troma e incluso, más atrás, de Mel Brooks y el primer Woody Allen.
La fascinación del mal
Desde el primer momento, creciendo de secuela en secuela, Torrente, encarnado por un Segura en estado de (des)gracia, despertó corrientes de antipatía y simpatía inéditas en la escena cultural española desde hacía décadas. Taquillazo tras taquillazo, sus cinco entregas, que involucraron a los más variopintos personajes de la farándula, la prensa rosa, el esperpento televisivo y el escándalo político nacional junto a alguna que otra estrella de Hollywood y de la historia del cine español (de Alec Baldwin a Tony Leblanc), dividieron a crítica y público. Más a los primeros que al segundo, que lo celebró yendo en masa a nuestros cines como nunca antes (o después) pasara.
El hecho es que Torrente, con su repulsiva apariencia barraganesca, su discurso derechoso barriobajero, racista, machista y nacionalista, cayó simpático. Tanto que algunos lo adoptaron como abanderado de su descontento con la política nacional, confundiendo al personaje con su creador, así como obviando su naturaleza satírica. Lógico, porque Segura domina el arte de la ambigüedad y tras la brocha gorda de sus chistacos, gags, parodias e invectivas escatológicas y sicalípticas, hay una sutil capacidad para el fino hilar con los tejidos del carácter, la historia y la cultura españolas un tapiz que recoge a la perfección nuestras imperfecciones. Porque Torrente es feo, pero es nuestro. Nos duele, como a Unamuno le dolía España. Cada país tiene el “brazo de la ley” que se merece. Si los USA se merecen a Harry Callahan, los ingleses a 007 y los franceses a Maigret, nosotros merecemos este deshecho humano, que sigue siendo humano, demasiado humano y, sobre todo, español. Demasiado español.
Al tiempo que éxito y dinero, Torrente recaudó insultos e incomprensión a un lado y otro de nuestro espectro (casi más fantasma que espectro) político y cultural. Algo que se ha repetido con las primeras imágenes conocidas de su nueva entrega, donde se revela que Torrente llega a presidente (si llega) gracias a Nox, partido que evidentemente remite paródicamente a Vox. ¿De qué nos asombramos o asustamos? ¿Con qué otro partido podría presentarse Torrente? Queremos que Torrente nos caiga mal y no podemos, porque revela mucho de nosotros mismos. Pero eso no quiere decir que nos guste. Quiere decir que es un perfecto instrumento quirúrgico para operar a corazón abierto en nuestra cerrada sociedad, una vez más tan polarizada como para no entender que el humor de Segura es quizás, sí, ese humor de la mítica “tercera vía”, que representaron sus antepasados ilustrados del “nuevo humor” (Tono, Jardiel, Neville, Mihura, López Rubio...), “La Codorniz”, “Hermano Lobo”, “El Jueves” e incluso “El Víbora”. La invención de un humorista que, pese a lo que pueda parecer, confía quizá ingenuamente en el sentido común del ciudadano y hasta del crítico de cine.
Torrente es la caricatura cruel del facha grotesco y descerebrado, esencial y destilado, y como tal no tiene cortapisas ni autocensura alguna, lo que le permite, aún siendo impresentable, decir verdades como puños que no por serlo le convierten en modelo a seguir. Que funciona lo demuestra cómo otros personajes similares han surgido y triunfado después siguiendo el mismo esquema, como el Antonio Recio de “La que se avecina”, espléndido Jordi Sánchez, o el Mauricio Colmenero de “Aída”, estupendo también Mariano Peña. Personajes igualmente carpetovetónicos, rancios y ultraconservadores que roban a menudo el protagonismo de sus respectivas series. Porque en medio de su desfachatez y fanatismo, la estulticia ingenua de su ideología radical les permite poner el dedo en la llaga de la hipocresía y la corrupción de quienes se supone deberían ser sus opuestos morales, políticos y sociales. Torrente es, como la mejor sátira, doblemente incorrecto, pues incomoda por igual a un extremo y otro de la escala política. Esta es la prueba del algodón que habrá de superar “Torrente presidente”.
El hecho de que Torrente se haya convertido en héroe para algunos sectores ideológicos de nuestro país es tan triste como esperable, pero lo que subraya es la genial intuición de su creador. No debería resultar motivo de censura o cancelación alguna, pues señala tanto hacia quienes lo adoptan como bandera, como hacia quienes las bromas, exabruptos, ofensas y sarcasmos del personaje ponen en evidencia por su falta de tolerancia, sentido del humor, valores firmes y respeto hacia la diferencia. Precisamente aquellas virtudes progresistas y liberales (en sentido político, no económico) de las que presumen.
Torrente no es nuestra respuesta a Dirty Harry, Rambo o James Bond, es nuestro Godzilla. Un monstruo torpón pero inevitablemente simpático, al que nos gusta ver destruir no ciudades, edificios y ejércitos, sino certidumbres políticas, lugares comunes, tópicos nacionales y nacionalistas tanto como trivialidades buenistas woke de segunda mano. Pero claro: nos gusta verlo dentro de la pantalla. En la ficción. Nadie en su sano juicio, por mucho que le entusiasme el viejo saurio nipón, querría verle pasar delante de su casa, pisoteándolo todo y lanzando su aliento radiactivo contra sus seres queridos. Por eso, amamos a Torrente, sucio, facha, machista, corrupto, grosero y "faltosu", pero nunca, nunca, querríamos a un verdadero Torrente presidente. ¿Es tan difícil de entender?
El «perturbado» corto del Goya de Santiago Segura
Ahora que estamos a punto de ver cómo Segura ha afrontado el desafío, en plenas guerras culturales de cancelación y autocensura, de volver a la vida a su Torrente, subamos la apuesta: ¿Se atreverá algún día a resucitar de las cenizas, literales y figuradas, a su Evilio, asesino en serie de barrio, sin techo y arropiero, con doble moral católica, apostólica y romana, amén de sádico chiflado abusador de menores, protagonista de sus primeros y estupendos cortos? Eso sí es todo un desafío. Qué raro se hace recordar que en 1993 ganó Santiago Segura su primer Goya, ni más ni menos que por el cortometraje “Perturbado”, por el que ahora igual acabaría en la cárcel.