Un «Billy Budd» imprescindible

«Billy Budd», de Benjamin de Britten. Voces: Jacques Imbrailo, Toby Spence, Brindley Sherratt, etc. Coro y orquesta titulares del Teatro Real. Director de escena: Deborah Warner. Director musical: Ivor Bolton. Teatro Real. Madrid, 31-I-2017.

Nunca olvidaré una crítica sobre un espectáculo en la Ópera de Viena publicada en el diario entonces más influyente: un gran espacio en blanco en el que, tras la ficha, sólo figuraba una pregunta «¿Por qué?». El crítico resumía todo en dos palabras y su editor se atrevió a publicarlo así. Hoy día, con la escasez de papel, sería impensable, pero a mí me habría gustado hacer algo parecido respecto al «Billy Budd» ofrecido por el Teatro Real en coproducción con París, Roma y Helsinki. Escribiría solamente «Si usted de verdad ama la ópera, porque comprende que ésta en arte total, y la música de Britten no le da miedo, no lo dude: No se puede perder este espectáculo».

Dicho lo cual, también hay que añadir que nunca llueve a gusto de todos y en el descanso, tras noventa minutos de función, hubo bastantes deserciones y algunos comentarios inapropiados como «aquí no vengo a ver suciedades», ya que en el escenario no hubo suciedad alguna. Aunque el teatro, como casi todos, jueguen con imágenes homoeróticas para atraer clientela, no lo hace la puesta en escena ni el propio Britten. Cierto es que ese extenso primer acto puede resultar algo duro musical y teatralmente a algunos espectadores, ya que casi todo en él es preparación ambiental y psicológica a lo que llegará después, pero los que huyeron se arrepentirían de no haber presenciado el impresionante inicio del segundo acto al prepararse la batalla entre «El Indomable» y un barco enemigo o el zarandeo de la tripulación a los oficiales en amago de motín al final, escenas en las que foso y escenario se aúnan como en pocas obras.

Esta ópera, que prácticamente se estrenaba en Madrid tras su paso hace años por Barcelona (1975) y Bilbao (2009), y esta producción son la gran apuesta de Matabosch para la temporada y ha dado completamente en diana. Un enorme escenario aparentemente vacío, pero lleno de complejidad técnica, simula a la perfección el barco del libreto y la cárcel en la que parecen encerradas belleza, bondad y justicia en un ambiente claustrofóbico y violento. Se hallan bien delimitados los mundos del poder y los oprimidos, los de arriba y abajo, gracias al uso de las plataformas que simulan las cubiertas y bodegas del barco y que se balancean como si las meciese el mar. Allí se desarrolla la trama que ideó Melville y que desarrollaron Forster y Crozier para un Britten que no se atrevió –como tampoco en la para mí superior «Peter Grimes» y sí algo más en «Muerte en Venecia»– a extenderse en el tema de la homofobia que tanto le interesaba y preocupaba por razones obvias. La ambigüedad del maestro de armas apenas se vislumbra y su deseo de destrozar a Budd va más por la envidia que por el deseo sexual insatisfecho. La obra está lejos de «Querelle» de Fassbinder o del «Maurice» del mismo libretista Forster y plantea algo mucho más amplio que la homoerótica; es la lucha entre el bien y el mal, la injusticia en nombre de la ley y, quizá, lo remarque más de lo necesario a fin de apartarse del contenido sexual. De hecho, permítaseme el atrevimiento, la ópera acabaría mucho mejor tras el arioso de Budd en su mazmorra esperando la muerte. Ese momento llega poco después del silencioso encuentro entre él y el capitán, cuando éste ha de explicarle que puede el mal sobre el bien y que va a morir injustamente, pero Britten cede las palabras a los acordes de la orquesta. No sólo Billy es tartamudo. El citado arioso, con la siempre inspirada iluminación sugiriendo el rayo de luna, llega a emocionar hasta nublar la visión y esta emoción se difumina en todo el pretendidamente filosófico alegato posterior. Gana espectacularidad, pero pierde intimidad e intensidad. Algo de esto es lo que podría achacarse a la espléndida producción, dirigida también estupendamente por Deborah Warner, si quisiera sacarse algún defecto, pero ayuda enormemente a incorporar al público a un repertorio al que no se encuentra habituado y esto cuenta y mucho a la hora de programar.

Impecables los apartados vocales y orquestales. Dúctil el Budd de Jacques Imbrailo, sólido el Vere de Toby Spence especialmente en su monólogo sobre la injusticia y contundente el Claggart de Brindley Sherratt, así como el resto de unos cantantes que han de ser actores en este tipo de obras. El coro del Real es una joya, porque aúna calidad vocal al cometido teatral. Ivor Bolton demuestra que no sólo es un gran director haendeliano, sino también en un repertorio como éste, consiguiendo que la Sinfónica suene en una de sus mejores noches. Pitó la flauta –lo escribo tanto por el resultado de la representación como por la intervención del solista de este instrumento– y el público ovacionó con un entusiasmo no frecuente en la primera del Real y, lo que también es importante, sin la menor discriminación. Todo bien hecho, preciso y redondo. ¡Enhorabuena! Termino como empecé: no se lo pierdan.