Un caníbal erudito con máscara

La Razón
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En la galería de malvados de ficción contemporáneos, Hannibal Lecter es la máxima figura en el «hit parade» del terror. Hay que bucear en la novela gótica para encontrar otra de su magnitud: el conde Drácula. Un ser maléfico dotado aún de los poderes ultraterrenales de Lucifer. Pues sólo mediante una combinación de ajos, cruces, agua bendita y estacas se podía acabar con su poder infernal de muerto viviente. Hannibal Lecter, el Caníbal, es su más directo heredero. Ambos asesinos sedientos de sangre metaforizan por igual la represión sexual. El asesino en serie creado por Thomas Harris es un trasunto estético del prosaico criminal que mata metódicamente y vuelve a su casa con su mujer como el personaje de Charles Chaplin, «Monsieur Verdoux» (1947), inspirado en el famoso asesino en serie Landru. Es ese giro esteticista del personaje del Dr. Hannibal Lecter el que convierte a este «serial killer» en un fascinante modelo para los imitadores posteriores a su aparición en «El dragón rojo» (1981) y su consagración con «El silencio de los corderos» (1988). Sin embargo, sería en su adaptación al cine por Jonathan Demme cuando el sociópata psiquiatra adquiriese dimensiones míticas. El filme está repleto de toques estéticos novedosos, un ritmo inquietante y una forma de afrontar el cine de psicópatas muy estilizada, alejada del realismo documental de «Piscosis» (1960), «El estrangulador de Boston» (1968) y «Henry: retrato de un asesino» (1986). Pero nada hubiera sido distinto sin la aterradora máscara en forma de hocico con la que neutralizan las ansias caníbales del psiquiatra asesino. Esa máscara fue el elemento que redondeó la imaginería siniestra del personaje. En ella se superponen las míticas máscaras del folletín: el fantasma de la ópera, la máscara de hierro y la de los psico-killers reciente del cine de terror: la de Michael Myers en «La noche de Halloween» (1978); la de Jason Voorhees en «Viernes 13» (1982) y la de Ghostface en «Scream» (1981), basada en «El grito» de Munch. Pero la de Lecter adquiere una dimensión aterradora por las connotaciones caníbales del personaje, maniatado con la camisa de fuerza e inmovilizado con esa máscara siniestra en su desoladora indefensión, como un moderno Frankestein. Y tras ella los ojos de Anthony Hopkins, interpretando al elegante doctor Lecter, de porte aristocrático y con su obscena forma de mover la lengua al encararse con la agente del FBI que encarna Jodie Foster. Su erudición y su refinamiento completaron el personaje de Lecter, prototipo del sociópata y modelizador del asesino en serie. Sin embargo, la sola imagen de la máscara bozal es suficiente para el reconocimiento mítico del asesino en serie más famoso del cine.