Un «Stabat Mater» a plúmbeo medio gas

Temporada del Teatro Real. Obras de Mercadante y Rossini. Solistas: J. Di Giacomo, A. Hallenberg, I. Jordi, D. Ulyanov. Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real. Director: R. Palumbo. Madrid, 14-XI-2013.

La Razón
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Los efectos de la crisis se hacen sentir aún más en nuestras salas, pero en el caso del Teatro Real hay que añadir a ella la desafección que han provocado las programaciones de las últimas temporadas diseñadas por Mortier con el apoyo total de la comisión ejecutiva del teatro. Cuando el público se aleja de un teatro es difícil volver a recuperarlo, aunque sea para un concierto tan atractivo sobre el papel como el aquí comentado. Las 630 butacas sin vender son significativas y, a día de hoy, quedan otras tantas para le repetición, a pesar de haberse ofrecido a los abonados el 2x1. Lo abría una obra poco escuchada de Mercadante, que hilaba muy bien con la segunda parte; no en vano se trataba de la «Sinfonia su temi dello Stabat Mater del celebre Rossini». En ella se escuchan casi todos los temas que aparecerán en la partitura que al de Pésaro le encargase en España el diácono Manuel Fernández Varela y que se estrenase en el Convento de San Felipe el Real de Madrid. Tras esta fantasía –lo que en realidad es– vino una lectura de la «Sinfonía 104, Londres» sin la ligereza que precisa, en una especie de Haydn pasado por Londres y Treviso.

El plato fuerte lo componía el citado «Stabat Mater», una obra religiosa que Rossini escribió con sus mejores armas operísticas. He de reconocer que pocas veces Renato Palumbo me convence del todo y ésta no fue una de ellas. Sin duda, era fácil percibir un trabajo serio con la orquesta y el coro en todas las piezas del programa, pero la versión resultó plúmbea y, por momentos, ruidosa. Ello perjudicó a Ismael Jordi, enganchado a posteriori y cuya voz no es adecuada para la obra, sin que su habitual buen gusto y musicalidad compensasen el limitado volumen. El omnipresente bajo Dmitry Ulyanov, totalmente fuera de estilo, parecía estar cantando al Gran Inquisidor y la soprano Julianna Di Giacomo luchaba calante con la destemplanza. La clase de Ann Hallenberg resultaba la excepción en un cuarteto inapropiado y descompensado.