De momento, sólo exigencias en el vacío

Pedro Sánchez no ha variado un ápice su estrategia de acorralamiento del Partido Popular, a quien exige un cheque en blanco bajo pena de deslealtad

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, se invistió ayer del papel de estadista para reclamar apoyo social, unidad política y respaldo empresarial para hacer frente a la enorme tarea que, sin duda, tiene por delante. Estrictamente hablando, no parece que fuera necesario, salvo a los efectos de una propaganda gubernamental sin mayor alcance. Ni las grandes empresas ni las pymes ni, también, los sindicatos precisan de tales arengas, puesto que a lo largo de esta terrible crisis han puesto, con las excepciones que se quieran alegar, lo mejor de sí mismos y han contribuido en lo posible, desde el trabajo, la inversión y la negociación a paliar los daños sufridos por la economía española.

Tal vez, se habrán recibido con alivio las seguridades presidenciales de que se mantendrá la estabilidad política y que el Gobierno de coalición está dispuesto a renunciar, forzado por las circunstancias, a los maximalismos ideológicos de su programa político, que, no conviene olvidarlo, pretendía unos Presupuestos sociales expansivos, sobre la base de un incremento sensible de la presión fiscal, que recaería sobre el tejido empresarial y financiero, por supuesto, pero, también, sobre las clases medias. Ahora, en una advertencia inequívoca hacia su socio populista, ese proyecto debe dejar paso a unas cuentas públicas en la línea inversora que marca la Unión Europea y que, de llevarse a cabo, puede suponer un gran salto en la modernización de nuestra economía, precisamente en los campos de las tecnologías de la comunicación y de las energías renovables, donde nuestras grandes empresas son ya punteras. Sin embargo, y sin pretender establecer especulaciones sobre cómo traducirá el líder de Unidas Podemos, Pablo Iglesias, ese cambio de orientación política, insistimos en que forzado, la cuestión primordial, la que interesa al conjunto de los españoles, sigue pendiendo en el vacío más absoluto.

Porque, más allá, de reclamar unidad, como quien exige un cheque en blanco al resto de las fuerzas parlamentarias, más allá de escenificar, pretendidamente o no, ese prejuicio tan arraigado en la izquierda progresista que vincula a «los grandes del Ibex» con la derecha española, el presidente del Gobierno sigue sin presentar un proyecto presupuestario sobre el que se pueda, siquiera, comenzar a hablar. Exigencias, pues, en ese mismo vacío. Puede intuirse que, tras marcar como prioritario un proceso de cohesión territorial, Pedro Sánchez da por perdido el apoyo de los separatistas catalanes, pero, al mismo tiempo, no ha variado un ápice su estrategia de acorralamiento del Partido Popular, que o presta sus escaños o deberá cargar con el sambenito de la deslealtad a los españoles. Mero maniqueísmo que, poco a poco, pierde la eficacia buscada. A este respecto, nuestra posición editorial no ha cambiado. Creemos, como la mayoría de los ciudadanos, que es conveniente para los intereses generales que se establezca un gran acuerdo político entre los dos grandes formaciones parlamentarias. Consideramos que los próximos Presupuestos Generales del Estado deben ser de centro y alejarse de extremos partidistas.

También, que el Partido Popular debe abrirse a cualquier propuesta negociadora, pero siempre y cuando ésta responda a una lógica económica y esté planteada desde la racionalidad política. Por lo demás, mantenemos que la responsabilidad de sacar adelante las cuentas públicas corresponde fundamentalmente a quien ejerce el Poder Ejecutivo, que no es otro que el líder socialista Pedro Sánchez. Su fracaso no será endosable a otros. Ni a la oposición ni, tampoco, a sus socios de investidura, cuyas agendas políticas siempre han sido diáfanas. Es mucho lo que se juega España y ya sólo nos queda reclamar del Gobierno que, de una vez, explique cuáles son los proyectos para los que reclama tanta unidad.