Terrorismo

Víctimas colaterales de etarras culpables

Muchos españoles murieron a manos de la banda mafiosa por el hecho de "pasar por allí"

María Luisa Sánchez Ortega
María Luisa Sánchez Ortega Mapadeltderror

Víctimas colaterales. A ETA no le importaba nada si alguna persona, ajena a los objetivos que perseguía, moría como consecuencia de las bombas que colocaba. Los hijos de los guardias civiles no entraban en esta calificación, porque los terroristas, tan “magnánimos ellos, habían advertido de que no debían vivir a sus padres. El mundo al revés. Que unos individuos que forman parte de la escoria humana les digan a unos servidores del orden lo que tienen que hacer y cómo deben vivir.

Lo de las víctimas colaterales ocurrió varias veces y ETA decía que había avisado con anterioridad (Hipercor), cuando los únicos culpables eran los terroristas por colocar las bombas. No es el caso que nos ocupa, no avisaron, ya que uno de los objetivos era una patrulla policial.

Ocurrió tal día como hoy de 1987. ETA colocó un artefacto en el concesionario Renault de Muelle de Marzana, de Bilbao. Hacia las 22.40 horas, cuando María Luisa Sánchez Ortega regresaba a casa tras concluir su jornada laboral, la explosión le alcanzó de lleno al pasar junto al concesionario. Sufrió la amputación de ambas piernas, heridas graves en el pubis, los globos oculares y las costillas. Murió sobre la una y veinte de la mañana cuando era intervenida en el hospital de Basurto. Su trabajo como limpiadora era el único sustento de su familia porque su marido estaba enfermo y sus hijos en paro.

La tarde del 19 de febrero de 1992, un comando de ETA estacionó un coche cargado con 25 kilos de explosivos en el cruce de La Albericia, en la Avenida de los Deportes de Santander, un punto de paso habitual de patrulla del Cuerpo Nacional de Policía. A las 18.15 horas, cuando una furgoneta policial atravesaba la zona, los terroristas accionaron el dispositivo detonador y una gran explosión interrumpió el tráfico. La onda expansiva alcanzó al joven Antonio Ricondo Somoza, que conducía en el sentido contrario de la vía y murió cinco días después del atentado, y al matrimonio formado por Eutimio Gómez Gómez y Julia Ríos Rioz, que paseaba por la calle y fallecieron al instante. Dejaron dos huérfanos en época de estudios.

La furgoneta resultó dañada y los agentes heridos de gravedad, y otras 18 personas sufrieron heridas leves. Los etarras Ignacio Recarte Ibarra, Luis Ángel Galarza Quirce y Dolores López Resina fueron condenados como autores materiales del crimen y Francisco Múgica Garmendia, alias “Pakito”, como autor intelectual. Le quedaban pocas semanas para ser detenido en la operación de Bidart, junto a “Fiti” y “Txelis”.

Antonio Ricondo Somoza se había licenciado en Ciencias Químicas. En el momento en que fue asesinado se dirigía a cerrar un contrato para la empresa de su padre –un directivo que había tenido que abandonar el País Vasco por amenazas de ETA–, y se iba a casar ese mismo verano. Una ambulancia trasladó a Antonio al hospital, donde estuvo ingresado en coma. Su familia decidió mantenerlo con vida de forma artificial para poder donar sus órganos.

En el caso Ricardo Tejero, director del Banco Central, asesinado tal día como hoy de 1985, fueron directaamente a por él. Bajaba cada mañana al garaje de su casa para coger el coche y dirigirse a su trabajo. Dos miembros de ETA que se hicieron pasar por policías engañaron al vigilante de seguridad del edificio y lo encerraron en un lavabo. Después, esperaron en la puerta del ascensor a que bajara Tejero, a quien, nada más salir, le pegaron dos tiros en la nuca que le causaron la muerte en el acto. El portero bajó al garaje al saltar la alarma y se encontró con el cuerpo del directivo.