Historia
El monasterio gallego que fue un imperio medieval y hoy sobrevive entre ruinas y leyendas
Pasó de dominar un vasto territorio a ser abandonado tras la Desamortización y resistir como uno de los conjuntos monásticos más evocadores de Galicia

Hay algunos lugares en los que el bosque, casi sin querer, parece esconder secretos de otro tiempo; espacios en los que la piedra emite silencios muy sonoros y los muros cuentan historias que mezclan poder, religión y decadencia. Puede ser el caso, por ejemplo, del monasterio de Santa María de Melón, que se alza desde hace siglos en el municipio ourensano del mismo nombre, en plena comarca de O Ribeiro.
Un templo que en el que hoy sus dependencias son ruinas románticas y su iglesia funciona como templo parroquial. Durante siglos, no obstante, fue un auténtico señorío eclesiástico, con granjas, celdas, caballerizas, bodegas y un dominio territorial que se extendía incluso hasta Ribadavia. Su historia es la de un ascenso fulgurante, un poder casi feudal y una caída abrupta que todavía puede escucharse entre sus arcos góticos.
Donaciones reales
Los orígenes del monasterio están rodeados de cierta bruma documental. Según diversas crónicas, su fundación se sitúa en torno a 1142, vinculada a la orden del Císter y a una donación atribuida al rey Alfonso VII. Sin embargo, otros estudios apuntan a una carta de donación de la condesa Doña Fruela en 1158 como primera referencia fiable.
También se ha planteado la posibilidad de que la comunidad original estuviese en Bárcena y que entre 1155 y 1159 se produjese un traslado o integración en Melón. El primer documento sólido data de 1159 y menciona a Giraldo como abad de Melón, quien ya había figurado previamente como abad de Bárcena.
Sea cual sea su génesis exacta, lo cierto es que el monasterio pronto consolidó su patrimonio gracias a donaciones reales, aportaciones de la nobleza local y adquisiciones propias. En apenas unas décadas acumulaba ya diversas granjas y propiedades bajo su control.
El poder monástico
Durante la Edad Media, Santa María de Melón no fue solo un centro espiritual. Fue también un actor económico y político de primer orden. Su territorio creció hasta abarcar amplias zonas del entorno y su influencia se dejó sentir sobre la población local.
Las fuentes apuntan a una relación tensa con los vecinos, sometidos a una fuerte presión fiscal y a cargas que generaron malestar. Ese poder, sin embargo, comenzó a erosionarse a partir del siglo XV, cuando los grandes señores feudales fueron imponiendo su autoridad en la zona.
En el siglo XVI, el monasterio se integró en la Confederación Cisterciense de Castilla, en el marco de una reforma que pretendía reforzar la observancia de la regla. Aquella etapa trajo modificaciones arquitectónicas y una reorganización interna que modernizó el cenobio sin alterar su esencia cisterciense.
Dos claustros y decenas de celdas
Las descripciones históricas permiten imaginar la magnitud del conjunto. El monasterio contaba con dos claustros y una organización interna propia de una gran comunidad monástica.

En el claustro reglar se disponían la cocina, el refectorio, el coro, la sala capitular, el dormitorio, la biblioteca y el calefactorio con acceso al archivo. El dormitorio alto albergaba veintitrés celdas y el bajo trece más las seis del noviciado.
En el claustro principal se extendían paneras, caballerizas, bodegas —incluida una pequeña estancia donde se guardaba el vinagre—, celdas para oficiales y huéspedes, dependencias para criados y balcones voladizos en las celdas abaciales. La dimensión funcional del complejo revela una auténtica microciudad monástica.
Arquitectónicamente, la iglesia conserva planta de cruz latina, con dos capillas en el ábside y una girola de grandes columnas. La cabecera medieval, datada entre los siglos XII y XIII, es uno de los elementos más valiosos que han llegado hasta nuestros días. Sobre el cruce de las naves se eleva una torre de cuerpo rectangular, y la capilla de enterramiento imita modelos como el del Monasterio de Oseira.
Desamortización, saqueos y abandono
El golpe definitivo llegó en el siglo XIX. En 1835, con la Desamortización de Mendizábal, el monasterio fue suprimido y exclaustrado. Poco después pasó a manos de particulares y comenzó su demolición parcial para reutilizar los materiales en otras construcciones. La venta de piedra y elementos decorativos agravó el deterioro.
En 1885 parte de la iglesia quedó en ruinas. Solo la cabecera medieval logró sobrevivir y transformarse en iglesia parroquial, manteniendo así un hilo de continuidad con su pasado.
Ya en el siglo XXI, el abandono era evidente. En 2008 apenas unos puntales sostenían lo que quedaba en pie, mientras los saqueos y el expolio habían dejado una huella profunda. Desde entonces, se han sucedido intervenciones parciales para consolidar las estructuras y frenar su deterioro.

Declarado Bien de Interés Cultural y Monumento Histórico Artístico desde 1931, el conjunto sigue siendo visitable. Pasear entre sus arcos góticos, contemplar el antiguo palomar o recorrer los restos del claustro permite reconstruir mentalmente lo que fue uno de los grandes centros cistercienses de Galicia.
En una tierra donde los monasterios forman parte del paisaje y de la identidad, Santa María de Melón encarna la dualidad entre esplendor y ruina. Fue poder y riqueza antes de convertirse en una especie de memoria pétrea. Uno de esos lugares que obligan a detener el paso y escuchar la historia que se oculta tras sus muros.