
Monarquía
María Cristina de Bélgica, la princesa desaparecida, rompe su silencio
Hija del rey Leopoldo III, arrastra una biografía lacerante forjada en la distancia y el desarraigo. Ahora, una carta enviada a Point de Vue confirma que su decisión es irrevocable: seguirá fiel al retiro que eligió

La historia de María Cristina de Bélgica, hija del rey Leopoldo III de Bélgica, parecería salida de cualquiera de esos cuentos de los Hermanos Grimm y de Charles Perrault que usaban la desdicha como motor narrativo. En lugar de hechizo o encantamiento, lo que hubo es una necesidad imperiosa de huir del palacio y el silencio como forma redención. Ahora lo ha roto, sin que ello signifique, ni mucho menos, un regreso triunfal al palacio. El desenlace llega en forma de carta a la revista Point de Vue.
Con el sello "Su Alteza Real"
Tras casi dos décadas sin pronunciarse públicamente, una carta manuscrita en papel color crema, encabezada por una corona y el tratamiento de "Su Alteza Real", ha devuelto su nombre a la actualidad. Dirigida a esta publicación francesa, «la misiva es breve y firme: "Cuanto más tiempo pasa, más me retiro de la vida social". No pretende reabrir viejas heridas. Simplemente confirma su firme decisión del retiro.
Hija del rey Leopoldo III de Bélgica y de su segunda esposa, Lilian de Réthy, María Cristina nació en 1951 en el seno de una familia controvertida. Es hermana del rey Alberto II de Bélgica y del fallecido Balduino de Bélgica, hijos del primer matrimonio de su padre con la reina Astrid, así como del príncipe Alexandre y de la princesa María Esmeralda, nacidos del segundo enlace.
Creció en el castillo de Argenteuil, en Waterloo, en un ambiente empañado por la política y las tensiones familiares. Con el paso de los años, los vínculos con sus medio hermanos se debilitaron hasta casi desaparecer. En su autobiografía "La Brisure" (2004), evocó una infancia demasiado exigente y con muchas carencias afectivas, especialmente en su relación con su madre. "Nunca fui lo bastante buena", escribió. En esas memorias también relató la agresión sexual sufrida en la adolescencia a manos de un primo, episodio que, según su versión, fue silenciado en el entorno familiar. Décadas después, afirma sentirse interpelada por los debates abiertos tras el caso Epstein que le ratifican que con frecuencia "las víctimas son tratadas como culpables".
Matrimonio forzoso
A comienzos de los años ochenta, enviada a Canadá por decisión de sus padres, encontró en la distancia una forma de emancipación. Ante la amenaza de retirada del pasaporte, contrajo matrimonio con un pianista canadiense homosexual, unión que más tarde se disolvería con el apoyo financiero de su hermano Balduino. Posteriormente rehízo su vida junto a Jean-Paul Gourgues, con quien se casó en 1989 en Los Ángeles.
La muerte de Leopoldo III en 1983 motivó un regreso fugaz a Bélgica. Presentó sus respetos y partió antes del funeral. Desde entonces, sus apariciones públicas fueron contadas. En 2001 concedió una entrevista en la que reconocía dificultades económicas y el temor a no poder afrontar gastos médicos. Paradójicamente, pese a la distancia afectiva, sus hermanos intervinieron en momentos clave. Balduino financió su divorcio y Alberto II facilitó que recibiera una asignación mensual tras mediar con su madre.
Su vida actual
Tras años de residencia en Canadá y Estados Unidos (Toronto, Las Vegas o San Diego) se instaló definitivamente en Sequim, en el estado de Washington. Allí adquirió una vivienda discreta con tres dormitorios y se dedicó al voluntariado en un centro de fauna salvaje, volcando su energía en la protección de aves rapaces y en la defensa del medio natural. Quienes la han tratado en esta etapa la describen como una mujer sensible, reservada y determinada a preservar su independencia.
Hoy vive lejos del protocolo y de las expectativas dinásticas. Conserva el tratamiento que le corresponde por nacimiento, pero ha renunciado a la vida pública. "Mi vida es muy sencilla", resume. Su carta es la confirmación: la princesa desaparecida desea seguir siéndolo.
Lilian de Réthy, una madre bajo sospecha
Para comprender el trasfondo familiar de María Cristina es necesario detenerse en la figura de su madre, Lilian de Réthy, nacida Mary Lilian Baels en 1916, en Londres, en el seno de una familia belga acomodada. Su padre, político, ejerció funciones gubernativas en Bélgica, y su educación fue británica.
Conoció al rey Leopoldo III de Bélgica tras la muerte de la reina Astrid, primera esposa del monarca y figura profundamente querida por el pueblo. En plena ocupación alemana, la relación entre Leopoldo y Lilian se estrechó hasta desembocar en un doble matrimonio secreto en 1941, celebrado sin conocimiento del gobierno belga, lo que suscitó una fuerte polémica institucional. Embarazada en el momento de la boda, Lilian recibió el título de princesa de Réthy, pero nunca fue proclamada reina.
La situación política agravó la situación. Leopoldo III fue acusado de haber mantenido una actitud ambigua durante la ocupación nazi, lo que desembocó, tras la guerra, en la llamada "cuestión real" y finalmente en su abdicación en 1951 en favor de su hijo Balduino. La figura de Lilian quedó asociada a ese periodo convulso. Fue objeto de críticas persistentes y de rumores que dañaron su reputación pública, entre ellos insinuaciones de una relación impropia con su hijastro Balduino, nunca demostradas pero ampliamente difundidas en la prensa de la época.
Tras la abdicación, el matrimonio se retiró al dominio de Argenteuil. Lilian cultivó una vida activa en el ámbito cultural y científico, apoyando iniciativas médicas y acompañando a Leopoldo en sus intereses por la investigación y las expediciones. Sin embargo, su relación con parte de la familia y con la opinión pública belga siguió siendo compleja.
En 2004, la publicación de las memorias de su hija María Cristina reavivó el debate sobre su carácter y su papel en la intimidad familiar. Lilian había fallecido dos años antes, en 2002. Para algunos, fue una mujer ambiciosa y poco comprendida; para otros, una figura injustamente juzgada en un contexto político extremadamente delicado. Su legado permanece inseparable de la crisis monárquica de mediados del siglo XX en Bélgica.
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