
Sandringham
El exilio silencioso del príncipe Andrés y los lujos a los que no quiere renunciar
Carlos III culmina su estrategia de distanciamiento con un traslado blindado y lleno de condiciones en la campiña de Norfolk

Carlos III ha terminado profundamente cansado de su hermano menor, Andrés Mountbatten-Windsor. El actual monarca sabe que, cuando se escriban las crónicas definitivas de su reinado, uno de los capítulos más espinosos será el del que fuera duque de York. La sombra de su relación con Jeffrey Epstein no solo le costó los títulos y honores militares, sino también su expulsión práctica de la vida institucional británica. El favorito de la difunta reina se convirtió en un problema de Estado.
El descontento del soberano no es únicamente familiar: es reputacional. Buena parte de la opinión pública británica considera que Buckingham Palace protegió durante demasiado tiempo a Andrés. De ahí que el ultimátum fuera firme. A sus 65 años, el expríncipe ha abandonado finalmente Royal Lodge, su residencia durante dos décadas, una mansión de 40 hectáreas cuyo alquiler -y mantenimiento- nunca asumió personalmente. Allí vivía también su exesposa, Sarah Ferguson, igualmente salpicada por viejas amistades incómodas.
Retiro monástico
El destino provisional es Wood Farm, en la finca de Sandringham. Un retiro discreto, casi monástico, elegido en su día por Isabel II cuando deseaba escapar del protocolo. Blindado contra curiosos, prensa y drones, el enclave parece diseñado para materializar una suerte de damnatio memoriae contemporánea: existir, pero lejos de la vista pública.

Wood Farm, además, guarda ecos más amables del pasado. Allí, la reina compartía estancia y mesa con sus adorados corgis. El chef Darren McGrady relató cómo el servicio debía esquivar a los perros mientras servía los platos. Dos de aquellos canes, Muick y Sandy, quedaron bajo el cuidado de Andrés y Sarah tras la muerte de Isabel II. También ellos formarán parte del nuevo capítulo en Marsh Farm.

Porque el traslado definitivo será a esta propiedad costera en Norfolk, a tres kilómetros de Sandringham House. No tendrá las dimensiones de Royal Lodge, pero sí algo innegociable para el hermano del rey: cuadras propias. Apasionado de la equitación, Andrés ha trasladado allí su yeguada. Fue precisamente a caballo, junto a su nieta Sienna, como se le vio recientemente en Windsor, en una imagen improbable en su nuevo entorno.
Marsh Farm está siendo redecorada y modernizada a su gusto. Se han instalado vallas perimetrales, reforzado la exclusión aérea y elevado los estándares de seguridad. La proximidad con la residencia privada del rey garantiza, además, un blindaje indirecto. El aislamiento será casi absoluto.
No todo son ventajas: la zona está catalogada como área con riesgo de inundaciones y se ha detectado actividad de control de plagas. Detalles poco regios para quien pasó de palacio a granja -aunque en una finca de más de 8.000 hectáreas-. Entre las últimas exigencias del expríncipe, la instalación de Sky TV, cuyo coste mensual ronda las 60 libras. Un pequeño lujo doméstico que plantea una pregunta incómoda: ¿quién paga ahora la factura?
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