Phil Trim: «No soy ni voy a ser un juguete roto»

Cantante

Para situarlo en el mapa de los recuerdos, para explicar quién es, tienes que decirle al chaval: mira, ese «segurata» negro que ves ahí, con su uniforme y tal, cantaba uno de los más grandes éxitos de los 70, aquello de «oh mami, oh mami, oh mami blue, oh mami blue...». Si eres bueno entonando y si el chaval ha escuchado alguna versión reciente, quizá lo coja a la primera, si no, nada, date por perdido, porque tampoco le va a sonar ni una nota de «Con su blanca palidez» y mucho menos aquella buena pieza de soul que Phil Trim (de él hablamos) dedicó a Martin Luther King cuando en el 68 fue asesinado en Memphis, «Oh, Señor, por qué Señor».

–A los 13 años ya tenía su propia banda en Trinidad y Tobago, su tierra.

–Tocábamos con los bidones de gasolina que dejaron los americanos en la II Guerra Mundial. Los convertíamos en tambores caribeños golpeándolos con grandes piedras para modular la chapa y conseguir sonidos distintos. Juegos de niños pobres, de negros buscadores de sonidos. Luego pasé a la Trinidad Steel Band, que era una especie de embajada volante del turismo de Trinidad.

–Y con esa banda llegó a España en los 60...

–Sí, para ser teloneros de Los Beatles en Madrid y Barcelona. Hablaba con John Lennon en los camerinos. Me preguntaba cómo era el público español y yo le decía que no tenía ni idea, que acababa de llegar; le preocupaba ver tanta policía, la tensión, el ambiente enrarecido...

Antes, Phil y su banda habían actuado con Duke Ellington, Frank Sinatra, Elvis Presley, Ray Charles, Shirley McLaine, en Berlín, Japón, Filipinas, Singapur, Egipto, Roma...Vueltas y vueltas. En el 67 se crean los Pop Tops, que antes eran Los Tifones, y Phil es el vocalista. Tocan en salas y empiezan a ser algo tras quedar segundos en el Festival de Conjuntos de León. En Pamplona actúan en traje de baño (sin decorado de palmeras ni de playa) y los navarros les persiguen al grito de «¡a la piscina los maricones!». En el 71 llega su gran éxito, «Mami Blue», que fue número uno en casi todo el mundo, «pero como éramos siete a repartir, no tocábamos a mucho; lo máximo que llegamos a cobrar por actuación fue 100.000 pesetas; bueno, daba para vivir alegremente y pasearme por la Gran Vía con un viejo mustang que me compré; nadie se hizo rico».

–Y en el 75 se disuelven los Pop Tops. ¿Por qué?

–Lo de siempre: cada uno quería seguir su camino en solitario. Nadie triunfó. Bueno, sólo Ray Gómez, el guitarrista, que tiene una escuela en Nueva York y allí es muy conocido.

–Y usted se fue con el grupo Alcatraz...

–Fueron cinco hermosos años; los músicos eran geniales y tocábamos en muchos y buenos sitios. Mucho éxito y poco dinero. Otra vez éramos muchos a repartir. Ahora sí que me hubiera hecho rico, pero entonces sólo se hacían ricos Julio Iglesias o Raphael, los que iban solos. Las estrellas.

No verán en la modesta habitación sus viejos discos ni sus viejas fotos. «Los hijos se lo han llevado todo». Tiene cinco, y cinco nietos y una bisnieta, que viven en Suiza y Suecia; los ve en Navidad. Tuvo tres mujeres, la primera de Trinidad, luego una suiza y después una sueca. Ahora está solo. «Es más cómodo, no te controla nadie; llevo doce años así, ya me he acostumbrado a la soledad». Phil es un tipo que sonríe mucho y nunca pide nada, como si al que ha sido pobre de pequeño le costara menos volver a la austeridad a la vejez. «Siempre he sido feliz porque me conformo con poco, a veces con muy poco».

–Algunos verán en usted un juguete roto, el tópico.

–No soy ni voy a ser un juguete roto. Trabajo de guarda de seguridad en el Círculo de Bellas Artes. Está bien, no es un trabajo duro. También hago muebles y compongo. Si quisiera, podría empezar de nuevo en la música, pero no lo veo claro. Tengo 73 años. La vida me ha tratado bien, no me puedo quejar. Además, ¿para qué sirve quejarse? No he llorado por pasar de cantante a guarda de seguridad porque nunca me he considerado una estrella, sólo un hombre que cantaba. Siempre he sido humilde.

Así, más o menos, se resume una vida. Phil vivió intensamente la música por todo el mundo, con grupos mejores y peores, y un día se sintió cansado y lo dejó. Una vez, en París, probó la coca y se puso a morir. «Nunca más». De todos los amigos que tuvo –muchos– sólo dos le echaron una mano, uno de ellos, Alfonso Arteseros. «Así es la vida, y yo acepto la vida como llega». Tiene la nacionalidad española desde hace un año. No ha sufrido desplantes racistas. «Bueno, sólo en una ocasión; paseaba por la Gran Vía con una chica blanca y una señora mayor se paró y mirándola a ella dijo: «Con la cantidad de chicos blancos guapos que hay, mira que salir con un negro...». Envejece bien, me dice, porque no cree que es viejo. «Además, a los negros se nos nota menos la edad».