«''Velvet'' es un poco como las pelis de Audrey de los 60»

Aitana Sánchez-Gijón, actriz

Aitana Sánchez-Gijón

El rostro de Aitana Sánchez-Gijón no ha perdido ni un ápice de su reconocido atractivo con los años. En la barrera de los cuarenta mediados, sique siendo una de nuestras actrices más bellas. Mirada verde musgo, pómulos esculpidos por la naturaleza, sonrisa misteriosa y curvas definidas podían ser suficientes armas como para conquistar pantallas y escenarios; pero Aitana, además, posee la extraordinaria capacidad de dejar de ser una atormentada Regenta para convertirse en la romántica compañera de Keanu Reeves, en «Un paseo por las nubes», o en la provocativa «Gata sobre el tejado de zinc», de un día para otro, sin perder credibilidad. Cito tres de sus más recordadas interpretaciones porque me sería imposible nombrar todas las que ha llevado a cabo, con maestría, en cine, teatro y televisión, aquí o fuera de España, desde aquel lejano 1986 en el que apareciera por primera vez en la gran pantalla («Romanza final», de José María Forqué), casi al tiempo que se estrenaba sobre las tablas («La gran pirueta» de José Luis Alonso).

Series de calidad

Ahora, después de unos cuantos años dedicada en cuerpo y alma al teatro, regresa a la ficción televisiva con «Velvet», una serie en la que, por obra y gracia de la ficción, pasa de ser madre de unos hijos de 10 y 12 años, que son los suyos de la vida real, a tener otros de veintipico. «Así, es. Pero ya en mi última serie televisiva, ''Los ochenta'', yo tenía 38 y la actriz que hacía de hija mía ¡31! Ahora podría tener más sentido porque, en la época que representamos, las mujeres eran madres muy jóvenes». Le pregunto qué tal se lleva eso de estar en el lado de las «mayores» y me dice riéndose a carcajadas: «Fatal». Vamos, que le importa un bledo. Que lo que le apetece es trabajar en una serie de calidad como ésta y más en unos tiempos en los que hacerlo en el cine parece complicado: «Más que complicado, casi imposible, porque la industria está muy destruida, muy apaleada y muy vapuleada por todos los flancos y cada vez se hacen menos películas y en peores condiciones. Yo espero que, tarde o temprano, haya una reacción por parte de las políticas del Gobierno, a la ley de mecenazgo, del IVA, la cuestión del ''pirateo''... Nosotros vamos a seguir contando historias como podamos y como nos dejen, aunque sea en una plaza pública o juntándote con tres amigos con una cámara en tu casa. Eso se seguirá haciendo. La pregunta es: ¿podremos continuar viviendo de ello?». Hablamos un poco del «malditismo» que ella cree que tiene que ver con un tipo de Prensa y para nada con la gente de la calle, que, piensa, quiere a los actores españoles y sigue sus series y sus películas, y aunque no las vea en el cine, acaba devorándolas en televisión, y cuando sale, como siempre, el asunto de las subvenciones, casi me fulmina con la mirada: «El partido que está en el poder recibe más subvenciones públicas que todo el cine español junto... Y los tomates, los zapatos... Empresas de cualquier tipo reciben o pueden optar a ayudas estatales cumpliendo una serie de requisitos. Nosotros somos una industria más».

Me parece que le ha salido el recuerdo reivindicativo de la directora de la Academia que fue un día, pero cuando le pregunto si volvería, me asegura que no: «Es como cuando te toca ser presidente de la comunidad de vecinos. Es un ratito y luego ya pasa al siguiente. No. Ya pasé mi momento. Y fue duro también porque tuve que lidiar con muchos frentes y no me lo esperaba». Llevamos un buen rato hablando y aún no nos hemos centrado en «Velvet» y eso que es el día de la presentación. Aitana está espectacular vestida de negro y repleta de entusiasmo. Le pregunto qué tiene la serie para que la haya elegido y esté tan contenta: «Es que es muy bonita, te lo digo de verdad. Para mí es un poco como las pelis de los años 60 que hacía Audrey, ¿no? Evidentemente, salvando las distancias, porque son obras maestras muchas de ellas y nosotros estamos haciendo televisión y no me quiero comparar; pero sí hay algo de ese perfume, de ese brillo, de este bienestar que te produce ver esas películas de esa época. Ese glamour, ese que te importe lo que les pase a los personajes y que quieras que les vaya bien y les ocurran cosas buenas...Que luego no sucede todo el rato, claro. Pero las tramas románticas de amor, el sentido del humor y el drama creo que hacen que haya un buen equilibrio. La ambientación, la música y la cuidada realización son otros de los elementos que destaca Aitana después de mencionar a sus compañeros. «El reparto es hermoso. Toda esa generación joven que viene pisando fuerte ¡Y que son todos guapos!... Tengo complicidad con todos, pero quizá especialmente con Maxi Iglesias, que es el más joven y hace de mi hijo y se le ve hambriento por aprender, por conocer». No es raro que todos quieran aprovechar la sabiduría de Aitana. O la de veteranía de José Sacristán. «Ambos hemos hecho poca televisión –dice Aitana– y estoy feliz de poder coincidir con él».

Antes la televisión iba por detrás del cine en la ficción; ahora, o se hace en televisión o no se hace. Y pasa como con el teatro, que no se paga como antes, sino bastante peor.... «No te voy a decir lo que gano de menos con respecto a lo que hice hace diez años, pero sí, se nota. Afortunadamente sigue siendo un buen sueldo, pero ni sombra de lo que era. Y los actores, como todas las personas, además de trabajos intermitentes, también tenemos hijos, hipotecas...». Pero hoy no es día de personas, sino de personajes. Así que dejo a Aitana convertida en la estricta y llena de secretos doña Blanca, la responsable del equipo de costureras de la serie. Un papel que, nunca mejor dicho, borda al hilo de la narración.

Personal e intransferible

Aitana Sánchez-Gijón nació en Roma en 1968. Está casada, tiene dos hijos de los que se enorgullece, se arrepiente de bastantes cosas pero «no te puedes quedar enganchado en ellas», y asegura perdonar, pero no olvidar. A una isla desierta se llevaría a su familia. Se confiesa comilona, amante del buen vino, la pasta, la tortilla de patata y, sobre todo, del jamón de jabugo. Sus hijos la hacen reír mucho, llora con el dolor de la gente a la que quiere y entre sus manías tiene «la de dormir agarrada a la almohada, lo que tiene frito a mi chico, porque es como una barrera...Y es sólo una de ellas. ¡Cada vez tengo más!». No puede contar el sueño que se le repite, que es erótico, naturalmente. De mayor «quiero seguir siendo actriz hasta que no me aguanten las piernas», y si volviera a nacer, sería intérprete.