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La última puerta grande de Antoñete

No hacía tanto que el maestro Chenel había pisado la sala Alcalá de Las Ventas. No tanto. Nada cuando hablamos de recuerdos. En esta sala, la vip de la plaza de Madrid, se llevaban a cabo las tertulias para el Plus después del festejo.

Madrid- No hacía tanto que Antoñete retomó de nuevo su sitio ante las cámaras. Lo hizo para ver a la cantera, su mayor preocupación, en el certamen de novilladas o en las dos sin caballos de Moralzarzal... Ayer, la sala Alcalá se convirtió en un improvisado velatorio ante el cuerpo ya sin vida del maestro. Regresaba al lugar donde vivió, donde se fraguó su infinita afición y al albero al que hubo de regresar una y otra vez. Ayer, como si se tratara de una peregrinación hasta acabar penitente con el féretro, pasaron a verle sus compañeros, los toreros, sus amigos y multitud de aficionados anónimos que en algún lugar, quién sabe el momento, se habían abandonado ante el fragor de Chenel. Un canto callado ya al torero y a su personalidad.

El féretro en volandas
Pasadas las cuatro de la tarde, la capilla ardiente abierta desde antes de las diez, se pidió un momento de intimidad para la familia. Minutos después, la siguiente imagen culminaría la leyenda de un torero de época, o una época del toreo. Sus siete hijos portaban el féretro ayudados por compañeros, el que fuera banderillero suyo El Boni, Manuel Caballero y una larga lista de nombres que se sumarían detrás. Entre palmas y cantos desgarrados a la Fiesta, a Chenel, «viva el toreo» o «viva Antoñete» nos encaminamos desde los pasillos de la Monumental hasta la misma Puerta Grande. El arco dorado que atravesó en su trayectoria, esa puerta grande pura simbología de desvelos. La lluvia daba una tregua. Mínima. Pero se abría paso el féretro camino de la calle de Alcalá con el cielo azul. Se iba el torero. Torero de Madrid.
Antoñete estuvo acompañado por su profesión y por las dependencias de la plaza pasaron a decirle adiós multitud de toreros. El primero en llegar, y quedarse hasta el final, fue Curro Vázquez. En el transcurso del día no faltaron Enrique Ponce, Cayetano, Juan Mora, Luis Miguel Encabo, Alberto Aguilar, Iván Vicente, Javier Castaño y su hermano Damián, Miguel Abellán, Fernando Robleño, Javier Vázquez, Antonio Sánchez Puerto, Rafael de Julia, Palomo Linares, Sergio Aguilar, Eduardo Gallo, Julio Aparicio padre e hijo, Antonio Ferrera, Curro Díaz, Rafaelillo, Sergio Marín, Victoriano Valencia, Javier Conde, Cristina Sánchez y su marido Alejandro Da Silva, David Mora, Iván Fandiño, Morenito de Aranda, Víctor Puerto, Frascuelo, Manuel Vidrié, Sergio Vegas, el maestro colombiano César Rincón, Manolo Sánchez, José Antonio y Tomás Campuzano, Jaime Ostos y Víctor de la Serna, entre otros muchos.
Su amigo el cineasta Agustín Díaz Llanes tampoco faltó, ni Caco Senante, ni los empresario José Luis Lozano, Tomás Entero y Nacho Lloret o los ganaderos Adolfo Martín y Jiménez Pasquau. José María Cano, Cristina Tárrega, Jaime Urrutia, Ramón García, Remedín Gago, la mujer de Manolo Vázquez y Adolfo Suárez Illana también pasaron por la sala Alcalá de la Monumental. Y de las ausencias, que las hubo, ellos sabrán.

Esperanza Aguirre, Ignacio González, Pedro Antonio Martín Marín y Carlos Abella acompañaron a la familia del diestro. Ni sus siete hijos, con el pequeño Marco Antonio de 12 años a la cabeza, ni su ejemplar mujer Karina, ni el equipo de Canal Plus de Manolo Molés se separaron del torero, que fue enterrado en el madrileño cementerio de La Almudena. La última puerta grande de Chenel se nos antojó inmensa. Y tristísima. Sus pulmones no aguantaron, su leyenda sí.

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Aguirre entrega la Gran Cruz del Dos de Mayo
La presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, entregó a Karina, la mujer de Antoñete, la Gran Cruz del Dos de Mayo, justo antes de que sus hijos y compañeros de profesión sacaran el féretro del maestro por última por la puerta grande de Las Ventas