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El lienzo delicado de Luis Noronha

Se presenta un libro del pintor luso en el Museo Vieira da Silva de Lisboa 

Una tela blanca y una bola metálica pendiente de un hilo finísimo sobre fondo negro. Con esta imagen se presenta el libro que el jueves vio la luz en la Fundación Arpad Szenes-Vieira da Silva de Lisboa y que reúne una parte muy representativa de la obra de Luis Noronha da Costa (Lisboa, 1942), uno de los nombres clave de la segunda mitad de siglo del arte portugués. El título del volumen no puede ser más sugerente, «A imagem elegante». El artista, que vive en Estoril, trabaja en su garaje, preferentemente por la tarde, cuando cae la luz. La casa mira al mar, es blanca, un punto solitaria. Allí tiene espacio, el suyo y que necesita para que sus cuadros pasen de la tela a la vida. Noronha no utiliza el pincel, sino una pistola «porque con ella proyectas y gracias a esa manera de pintar puedo crear mis perspectivas y consigo un nivel de geometría que no lograría de otra manera», dice.

Cubierto con mascarilla
El formato de sus obras varía: hay telas enormes; otras poseen un tamaño más pequeño, más manejable, descansan sobre un caballete mientras Noronha dispara con su mano derecha los azules y grises sobre la tela, en forma de cuadrados, en forma de rectángulos. «Utilizo una mascarilla la mayoría de las veces», explica, mientras se prepara para recibir el homenaje del mundo del arte luso a quien es uno de sus máximos exponentes vivos.

Christian Domínguez, que es quien ha escrito el texto del catálogo, asegura que sus obras «son un holograma de pintura»: «Parece que se escaparan de la obra y que estuvieran en otro espacio», comenta el pintor. También hay en su obra una cercanía con el mundo irreal que se toca con el surrealismo. Y con el cine: «Mi obra es bastante cinematográfica y en ella existen referencias claras al universo de Alfred Hitchcock, un maestro», explica. ¿Su película preferida? Responde sin dudarlo: «‘‘Vértigo'', con la espléndida Kim Novak y James Stewart. Ella era una mujer maravillosa». Y habla, entonces, de otras mujeres, de rostros femeninos que pueblan sus cuadros y que se hacen forma a través de la tela. De unos contornos intuidos en vez de pintados, de unas siluetas que se desdibujan y recuerdan y tienen ecos más que leves de Edward Hopper, a quien parece homenajear en alguno de los lienzos que guarda este libro de sobria portada.

Confiesa el artista que no está muy al tanto del último arte portugués, pero sabe que su obra es una referencia dentro del panorama luso. Noronha no ha militado en movimientos ni corrientes artísticas, aunque por edad pertenezca a una generación en la que han militado artistas como Paula Rego. Podría decirse que su arte empieza y acaba en él, en un artista que es capaz de presentar el mundo real con un halo imposible, difuminado con la fuerza de una pistola. En noviembre una selección de su obra, alrededor de cincuenta piezas, viajará al nuevo museo Colección Gerardo Rueda en la localidad portuguesa de Matosinhos, donde se abrirá este centro de arte que quiere convertirse en epicentro dinamizador del arte. Maestro junto a maestro, pues.

Nietzsche y Kim Novak
Su obra está presente en importantes colecciones y los museos más representativos han acogido sus creaciones tanto en muestras individuales como en exposiciones colectivas. Luis Noronha da Costa (en la imagen) lo sabe, pero da la sensación de que prefiere transitar casi de puntillas, como dejando la algarabía de los oropeles para otros, y eso que se lo podría permitir mucho más que esos otros este cineasta, arquitecto y artista, interesado por la filosofía y por el universo de Nietzsche, con lienzos poblados de cuadrados y contornos que se difuminan. Sus mujeres podrían ser una y cien veces la imagen de Kim Novak. Él, aunque sea a través del teléfono, asiente y deja escapar una sonrisa cuando se le hace este comentario. Y un suspiro también.
 

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