Mejor solos que mal acompañados

La comedia de John Hughes es, en realidad, un filme tremendamente melancólico sobre la bondad de los extraños

Mejor solos que mal acompañados
Mejor solos que mal acompañados

El título original de esta peculiar «buddy movie» («Aviones, trenes y automóviles») excluye todo elemento humano de su médula ósea, como si su objetivo fuera hacer una apología, infantil por lo literal, de los medios de transporte que logran poner en movimiento nuestras emociones. El filme de John Hughes, que en España conocemos como «Mejor solo que mal acompañado» (se notan las gotas de sudor del creativo encargado de traducir un título que de buen seguro le pareció de lo menos comercial), es el «Ciudadano Kane» de las películas de colegas (o de colegas que aún no saben que lo serán): parece una reescritura en forma de «road movie» de «La extraña pareja», en la medida en que Steve Martin y John Candy representan dos extremos opuestos que invierten todo su tiempo en hacerse la vida imposible, en un caso sin querer. La película se sitúa en el fuera de campo de ese título maquinal, casi propio de un cuadro futurista: lo que no está, lo que hay que crear, es lo humano.

Lo que parece una comedia de contrarios, con Neal (Martin), ejecutivo publicitario pegado a su agenda de contactos, y Del (Candy), viajante de comercio que vende anillas de cortinas de baño y que daría su vida por gustar, es una película tremendamente melancólica sobre la bondad de los extraños. Hughes, que tenía previsto hacer su «opus magnum» con este «Mejor solo…» –rodó material para un montaje de tres horas que, por supuesto, se topó con el entrecejo arrugado de los estudios–, estaba interesado por la dinámica que genera la fricción entre un hombre que quiere disfrazar su soledad con el deseo de estar solo y un hombre al que la soledad le da pánico. En el largo viaje que los lleva desde Manhattan a Chicago durante los dos días previos a Acción de Gracias, Neal y Del acaban compartiendo cama en una roñosa habitación de motel: es el momento de intimidad entre dos hombres más auténtico de buena parte del cine comercial hetero facturado en los ochenta. Cuando ambos se dan cuenta de que han dormido abrazados como amantes, ponen los pies en la tierra hablando del último partido de los Bears, no vaya a ser que su virilidad quede ultrajada demasiado tiempo.

La habilidad para deconstruir estereotipos y encontrarles el corazón que Hughes mostró en su inteligente revisión del cine adolescente tomaba carta de naturaleza en su primera película adulta, una comedia de humillación que se ofrecía al público como falso artefacto de cine de consumo y familiar cuando en realidad era un ensayo sobre la tolerancia como forma de relacionarse con el mundo, aunque ese mundo sea un vendedor que no para de contar anécdotas que no tienen ni puñetera gracia.


El Hughes protegido
El pasado 6 de agosto se cumplió el primer aniversario de la prematura muerte de John Hughes cuando tenía sesenta años. El artista que mejor supo entender la angustia «teenager» en la era Ronald Reagan, el astuto productor y guionista que lanzó la efímera carrera de Macaulay Culkin («Solo en casa»), el hombre que sopló las dieciséis velas de Molly Ringwald («El club de los cinco»), otro prodigio adolescente, era un individuo introvertido y con tendencia a la reclusión, y que, desde los noventa, coincidiendo con el declive de su carrera, había decidido no conceder entrevistas. Fue el empollón de su generación, un cómico sensible que hizo un cine expansivo, fresco y coloquial para esconder su rostro más tímido y desconfiado.