Azúcar y sangre

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Con las naturales y consabidas excepciones, por lo general los hombres y las mujeres se unen por la misma razón por la que tarde o temprano muchos de ellos se separan: el sexo. Al cabo de un tiempo de relación en pareja, a muchas mujeres les parece excesivo el sexo que poco antes les sabía a poco. El caso es que mientras ellos aprietan el acelerador, ellas pierden velocidad. Descubren entonces que su sexualidad tiene ritmos distintos y un desarrollo peculiar. Eso significa que si se acuestan el miércoles en la misma cama, él disfruta como un loco esa noche y ella tiene su orgasmo el viernes, seguramente mientras él arrastra en su oficina el lento tanteo de la contabilidad. ¿Se puede tener un orgasmo simultáneo con media hora de autobús entre ambos? Puede que sí, que sea posible, pero sólo en el caso de que se le llame orgasmo simultáneo al que un hombre y su pareja tienen con dos semanas de diferencia en la misma estación del año. Según la doctrina matrimonial de la vieja escuela, el hombre casado era feliz si su mujer cocinaba bien, tenía la casa limpia y planchaba a tiempo sus camisas. El tiempo se ha encargado de demostrar que eso era mentira. Los hombres casados no tardan en descubrir que el orden doméstico es enemigo directo de los placeres y que la plancha es un impedimento sexual de primer orden. Ya no quieren compartir su vida con la mujer que ordena su ropa, sino recuperar a la que desplanchaba sus camisas cuando se abrazaban. De estas cosas hablo a menudo con la veterana escritora Kate Sinclair cuando me tomo un fin de semana en su casa de la costa. Sus fracasos sentimentales le han dado una visión de los hombres descontaminada de los prejuicios feministas que tanto daño le hicieron en el pasado. Fue ella quien una tarde me confesó como cosa propia el arrepentimiento que muestran en su obra narrativa la mayoría de sus personajes femeninos: «Me educaron en una visión romántica de la relación con los hombres y no consideraba decente que me sedujesen sin traerme flores en su mano. ¡Bobadas, cielo! Me gustaba que me dijesen cosas bonitas y que se apartasen a mi paso. Decía mi madre que de las manos de un hombre sólo hay que tocar sus regalos. ¡Qué idiota fui, Al! Ahora me doy cuenta de que los hombres elegantes que te abren las puertas para que pases delante son menos excitantes que aquellos otros que se plantan frente a ti y te cortan la retirada. ¿Sabes qué te digo, viejo amigo? Te digo que a mi edad te das cuenta de que los hombres que merecen tu amor son por lo general los mismos que en determinado momento merecen también tu desprecio. Y eso es así, cielo, porque el azúcar de un beso es más fácil de olvidar que la sangre de su mordisco».