Glenn Close lleva los pantalones

San Sebastián homenajeó a la actriz, que recibió ayer el Premio Donostia, y proyectó «Albert Nobbs», un filme que protagoniza y produce y que ya suena a nominación a ese Oscar que tanto se le resiste

El director Rodrigo García entrega, ayer, el  premio Donostia a Glenn Close, quien lo agradeció hablando de cine y de la necesidad de amor entre las personas
El director Rodrigo García entrega, ayer, el premio Donostia a Glenn Close, quien lo agradeció hablando de cine y de la necesidad de amor entre las personas

¿Qué ocurriría si llegara al final de esta crónica sin haber leído el nombre de Meryl Streep, la rivalísima de la homenajeada? No nos lo perdonarían. Y esta vez con doble motivo, pues el filme que presenta Glenn Close en San Sebastián, «Albert Nobbs» está concebido desde el principio por y para la nominación a mejor actriz en los Oscar; pero, además, el Premio Donostia a toda su carrera fue otorgado a la protagonista de «Los puentes de Madison» hace dos años. Entonces, la sala de prensa colgó el cartel de no hay billetes para escuchar a la británica e incluso hubo lista de espera; esta vez, apenas se registró media entrada. En aquella ocasión, la prensa, siempre rocosa, salió con la sonrisa tonta de las ocasiones únicas. Pero también debemos reconocer que la Streep interpretó el papel de diva adorable, incluso se valió de la demagogia: llegó a declarar que se compraría casa en San Sebastián si Obama no ganaba las elecciones

Cinco nominaciones
La Close se lo tomó con mucha más naturalidad: repitió que estaba cansada, por eso no era capaz de retener la segunda pregunta cuando había varias en la misma tanda, mostró su disgusto con los Oscar y, aunque recuerda positivamente el único rodaje que compartieron, «La casa de los espíritus», no tuvo problemas en reconocer que «Meryl Streep y yo no somos grandes amigas, pero siento gran respeto por ella». Al hablar de su maldición con los Oscar se mostró más reticente, pero admitió que «sería maravilloso que me nominaran, hace mucho tiempo que no me nominan». Concretamente, desde 1988, gracias a la condesa de «Las amistades peligrosas». Se fue de vacío como en cuatro ocasiones anteriores: «Atracción fatal» (1987), «El mejor» (1984), «Reencuentro» (1983) y «El mundo según Garp» (1982). Nada que ver con las quince que ha sufrido Streep –perdonen, de nuevo, la comparación–, aunque ella ha saboreado dos veces el éxito.

Aguerrida, como siempre, volvió a criticar a Hollywood porque después de los 34 años condenan a las mujeres a papeles secundarios. Este asunto le valió para argumentar que, en realidad, los personajes que ha interpretado no son tan malvados como piensa el público: «El único verdaderamente malo fue Cruela Deville, el resto eran mujeres que sobreviven en un mundo de hombres».

Productora, guionista y protagonista, Glenn Close hizo de la adaptación cinematográfica de «Albert Nobbs» su caballo de batalla particular. Desde que subió este cuento a los escenarios de Broadway, hace más de 29 años, Close tenía claro que quería convertirlo en una película. Y lo consiguió. Eso sí, mucho tiempo después del que hubiera deseado, aunque logró mantener su independencia con respecto a una industria que no siempre la ha tratado como una intérprete de su talla merece. Ahora está satisfecha de que, como ella dice, «ni un penique ha salido de Hollywood para esta película. Fue surrealista llegar hasta aquí. Hemos tardado 15 años en hacerla, perdimos la oportunidad, y después seguimos intentándolo. Los productores nunca dejamos de creer en que saldría adelante».

Disfrazada de hombre
Aunque «Albert Nobbs» es un trabajo que será bien recibido en Estados Unidos, todo en él tiene un halo profundamente europeo: de coproducción anglo-irlandesa y guión con la colaboración del novelista John Banville, por el hotel en el que trabaja Nobbs transita una comparsa de personajes secundarios en la tradición de Dickens y Wilde que acompañan al protagonista en su lucha por hacerse un sitio en la sociedad machista y conservadora de la época. Fingir ser un hombre es la única forma que esta mujer sencilla e ingenua concibe para alcanzar su sueño: dejar de ser pobre y tener una vida convencional que, sin embargo, nunca más pasará por volver a ser una mujer: «Nobbs es una historia sobre la supervivencia. Hay muchas personas que son invisibles, viven alejadas de la sociedad y no disfrutan de ningún derecho. Albert es un pobre inocente que vive por un sueño».

En esta lucha minuciosa y paciente, el personaje de Nobbs, dirigido por Rodrigo García, ahonda en una reflexión sobre la importancia de la identidad de las personas para encajar en la sociedad y en uno mismo, circunstancias no muy lejanas de las que puede vivir en Hollywood una actriz madura. Ni ahora, ni antes, cuando cargaba con su hija en los rodajes desde que decidió ser madre soltera, como ayer rememoró haciendo balance de su carrera, Close se ha rendido a la ausencia de ofertas. En aquellos momentos que no han llegado, las busca, arriesgando su dinero, como en esta ocasión, o en el de la aplaudida serie «Damages» («Daños y prejuicios»), que protagoniza y donde no tiene reparos en modificar los guiones para afilar las tramas. Una mujer de carácter que nunca lo esconde.


Mirada fija y rostro envejecido
El atractivo, hipnótico o grotesco según la escena, de este personaje reside en la pretensión de Close de parecer un hombre, no de serlo. Es decir, estamos ante una mujer que interpreta a un hombre, un hecho que la película hace evidente desde un principio. El rictus serio de mirada fija, casi hierática, que despliega la actriz (sólo en los momentos íntimos podemos atisbar con más claridad la verdadera expresión de Close) unido al envejecimiento facial, clave en la caracterización, constituyen buena parte de la interpretación de Nobbs, camarero de un hotel de la clase alta irlandesa en el que compartiará residencia con otros sirvientes, como el que interpreta Mia Wasikowska, o con un vizconde, encarnado por Jonathan Rhys Meyers.



Las carreras de Álex de la Iglesia
Si algo es preciado en cualquier festival es el tiempo, pues un certamen, al fin y al cabo, no es otra cosa que una contrareloj cinematográfica en diez etapas. Por eso, tanto los acreditados como el público de San Sebastián, que madruga los fines de semana para hacer sesión doble a las nueve y a las doce, valoran sobremanera la puntualidad. Ayer, en el pase oficial al mediodía de «Take This Waltz», de Sarah Polley (en la imagen), hubo cerca de diez minutos de retraso. Al cabo de los cuales aparecieron corriendo por el pasillo Álex de la Iglesia y el resto de los miembros del jurado. Después se disculparon mediante una nota, pues la película que habían visto anteriormente duró más de lo que había comunicado la distribuidora. Así que, finalmente, llegaron a ver el triángulo «indie» que propone la Polley en su segundo filme, en el que la huella de Isabel Coixet, de la que ha sido actriz fetiche, sigue siendo innegable. Ahora, el abucheo del público, a pesar de la disculpa, se lo llevaron puesto.